Tanques contra EE.UU.

Roberto Fonseca [email protected]

Intentábamos celebrar año nuevo en familia, en una casa en Poneloya, cuando la radio empezó a emitir el escandaloso pipiripipí de última hora, que antecedía desde hacía años las malas noticias. Era 29 de diciembre de 1989, una hora antes de la medianoche y del instante en que la luna provoca un cambio súbito de las mareas.

Daniel Ortega, acompañado de su hermano Humberto, de Tomás Borge y de Miguel D´Escoto Brockman, anunciaba que tropas norteamericanas habían allanado la residencia del embajador nicaragüense en Panamá, Antenor Ferrey, y por tanto “habían violado la soberanía nacional”.

En consecuencia, el gobierno respondería enérgicamente, valiéndose del principio diplomático de “reciprocidad”. El fantasma de una guerra contra Estados Unidos, entonces, se posó sobre la mente y los corazones de miles de nicaragüenses, que para ese entonces estábamos exhaustos de una década de guerra. La paz, una vez más, parecía irse de entre las manos.

TANQUES Y BLINDADOS AL REDEDOR DE LA EMBUSA

Llegaron haciendo un ruido ensordecedor, uno detrás de otro, provocando una algarabía entre los manifestantes sandinistas, congregados frente a la Embajada de Estados Unidos, en Carretera Sur. “Aquí, allá, el yanqui morirá”, coreaban unos, mientras otros gritaban, “Viva Sandino”. Era el 21 de diciembre de 1989, doce horas después de la invasión norteamericana en Panamá.

Aquella era una “demostración de fuerza” sin precedentes por parte del gobierno sandinista. Los tanques y blindados empezaron a ubicarse de acuerdo a las órdenes superiores, rodeando la sede diplomática por sus cuatro costados, frente a la mirada atónita de sus funcionarios, que en pequeños grupos salieron a observar la movilización militar. Mientras tanto, los guardias de seguridad, visiblemente asustados, cerraron el inmenso portón de hierro de la puerta de entrada.

“Ahora sí van a ver lo que es cajeta”, gritó alguien entre la multitud de manifestantes, dirigiéndose a las instalaciones de la sede diplomática norteamericana. Yo tomaba nota en mi libreta de periodista, deseando no perder ningún instante y experimentando una serie de sentimientos entremezclados. Patriotismo, temor, cansancio.

A pocos metros de los muros de la Embusa, en los cuatro costados, se ubicaron los blindados. Pude identificar los tanques ligeros anfibios PT-76, de origen soviético, provistos de un cañón de 76 milímetros. También vehículos blindados BRDM-2 y BTR-60, que se usaban para misiones de reconocimiento y traslado de tropas, pero que estaban dotados de ametralladoras. Además ubicaron piezas de artillería antiaérea.

“Ahí permanecerán, hasta que las tropas interventoras quiten el cerco”, dijo Miguel D´Escoto Brockman, el Canciller sandinista, en conferencia de prensa, refiriéndose a la presencia de tropas norteamericanas frente a la sede nicaragüense en Panamá, donde varios funcionarios permanecían refugiados.

De esa forma, culminaba la movilización de blindados, tanques y artillería, que los mandos denominaron “Puño de Acero”, en respuesta a la invasión a Panamá. Managua, igual que la sede norteamericana, estaba rodeada en todos sus costados, pero de tanques soviéticos T-55, los cuales pesaban 36 toneladas métricas y estaban dotados de un cañón de 100 milímetros. En términos de técnica militar, aquéllos eran los más poderosos en Centroamérica.

EXPULSIONES Y A UN PELO DE LA GUERRA

La comparecencia de Ortega, junto a su hermano, Borge y D´Escoto Brockman, la noche del 29 de diciembre de 1989, fue el clímax de la peor crisis política que vivió el país en la última década.

Daniel Ortega anunció en primer lugar la expulsión de veinte diplomáticos estadounidenses acreditados en Nicaragua, fijando sólo en quince el número de funcionarios que quedarían en la Embajada americana. Al frente de la misma quedaba Richard Leonard. Los expulsados tenían 72 horas para salir del país.

En segundo lugar, ordenaba a las autoridades norteamericanas que “compactaran” a la mayoría del personal de servicio y de administración que laboraba en la Embajada de Estados Unidos, ya que disminuiría de 300 a 100 empleados, paradójicamente, mayoritariamente nicaragüenses.

“Estados Unidos va a pagar caro el atropello”, dijo el canciller D´Escoto Brockman en lenguaje nada diplomático.

El forcejeo con la administración Bush venía en aumento. Tres días antes, en una carta enviada a James Baker III, Secretario de Estado de los Estados Unidos, D´Escoto Brockman le había informado que Nicaragua no permitirá el aterrizaje, ni el sobrevuelo, del avión mensual de abastecimiento destinado para el personal de la Embusa, hasta que se permitiera el vuelo de regreso de dos aeronaves de Aeronica estacionadas en Panamá: un AN-32 de carga y un Boeing 707.

Luego, el 27 de diciembre de 1989, la Comandancia del EPS publicó un comunicado que le puso la tapa al pomo. “Las unidades de tropas especiales y de destino especial continuarán puntualizando con los mandos inmediatos superiores, los planes y misiones secretas a ejecutar frente a una invasión yanqui”, decía en una de sus partes. Entre esas misiones estaban, por supuesto, objetivos norteamericanos dentro y fuera del país.

Irónicamente, días después de esa crisis política-militar con Estados Unidos, la firma encuestadora ECO dio a luz pública su última encuesta, llevada a cabo entre el 18 y 22 de diciembre, en los días de la invasión a Panamá, en la cual “aumentaba” la tendencia del voto favorable al sandinismo. “¿Quién cree que va a ganar las elecciones?”, preguntaron y supuestamente 56.4 por ciento respondió que el sandinismo. Fue al revés. Casi con esa cifra ganó Violeta Barrios de Chamorro, candidata de la UNO.  

Editorial
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