Israel Kontorovsky
Nos ha tocado vivir épocas de profundos cambios políticos, lo dogmático de ayer ha quedado sepultado para siempre por el excepticismo, o mejor aún, se revisa con una actitud crítica.
Hemos asistido al derrumbamiento de los más viejos partidos políticos de la historia, el partido comunista de la URSS y el PRI de México. Mi maestro el doctor Salvador López Antuñano decía que el PRI no era una maquinaria política diseñada para alcanzar democráticamente el poder y desde allí dirigir el país a la prosperidad, sino que más bien estaba diseñada para consolidarse en el poder ganando elecciones a cualquier precio, valiéndose de cuanta artimaña estuviera al alcance, copiando el corporativismo nazi, instaurando el absolutismo sexenal, estimulando el clientelismo político, en medio de una corruptela inenarrable. Más temprano que tarde México podrá desembarazarse de esta plaga, me decía el maestro López Antuñano, y ambos fuimos testigos de ello. Hoy el PRI revisa sus enseñanzas del Colegio de México, pero tal parece que en Nicaragua quiere renacer esta vieja escuela que enseñaba a disfrazarse de institucionalidad, para mediante mentiras y medias verdades, afianzarse en el poder.
No es necesariamente cierto que los “grandes” partidos son la mejor opción para los votantes. De hecho los partidos más grandes en Nicaragua están desprestigiados por el autoritarismo y la corrupción. No sin motivo un importante candidato se quejaba, no hace mucho, de los Montesinos criollos.
Las obras hablan más que las palabras. En los últimos cinco años ha habido un despojo sistemático de pequeños propietarios quebrados. Somos el tercer país más corrupto de América. Es cierto que ha habido obras de infraestructura, pero parafraseando al doctor León Núñez, para robar sin que se note mucho hay que hacer algo.
Nos ha tocado pues, viajar involuntariamente en un tren desenfrenado conducido por un maquinista suicida que viaja atropellando a diestra y siniestra, con vagones de lujo adelante y vagones de tercera atrás, atestado de pasajeros empobrecidos y desnutridos, en estos vagones se escapan las pestilencias de los servicios higiénicos.
Aspirar a un país más justo, más igualitario y más estable, con estos antecedentes y creer que ya casi lo hemos conseguido, significa la pérdida del contacto con la realidad, o una mala fe perniciosa. A Dios gracias habrá conciencias que no se venden y que no confunden lealtad con sumisión y complicidad. Habrá quienes pensemos que siempre seremos más amigos de la verdad. Tenemos derecho a aspirar a una verdadera democracia, con poderes del estado independientes del sultán de turno, en donde quede atrás el nepotismo y la compra de conciencias, y la corrupción deje de ser un lastre que haga naufragar nuestras esperanzas. Esa opción existe, y confiamos en que a la hora íntima del voto ciudadano los legítimos deseos de una vida mejor hagan descarrilar el ferrocarril de pesadilla.
El autor es directivo nacional del P.L.D.