Joaquín Abasalón Pastora
Un acuerdo geopolítico entre Washington y Beijing amputó el derecho de Taiwan de estar representada en las Naciones Unidas. La exclusión de la República Libre de China obedeció a la estrategia de ponerle un adversario poderoso a la otrora Unión Soviética. Sin embargo la argumentación prevalece a pesar de que se disolvieron las repúblicas socialistas.
Veintitrés millones de ciudadanos chinos quedaron en estado de mudez, imposibilitados de contar con una delegación que votase por ellos en el seno de la ONU.
Beijing califica despectivamente a Taiwan como una provincia más de la superficie continental. Y lo afirma valiéndose únicamente de sus caprichos de potencia terrestre y humana por ser uno de los países con mayor muestrario geográfico y poblacional. Lo afirma sabiendo que la República Libre de China (Taiwan) cuenta con su propio gobierno libremente electo, su propia Constitución, incluso sus amigos, en la cartera de relaciones exteriores, son diferentes. No hay entonces donde perderse. Por lo tanto Taiwan no podrá ser nunca una provincia. El sostenimiento de lo contrario es sólo una burda alteración de la realidad para escamotear el derecho de representación de veintitrés millones de almas dinámicas que han hecho todo lo imposible por acreditarse como el décimo séptimo país con más alta economía a nivel mundial, como el décimo quinto país con superior comercio en el mundo, como octavo país de inversión mundial, tercero en la redondez como exportador de tecnología informática.
¿Será posible que una corporación soberana de semejantes credenciales no reúna los requisitos para ingresar con voz y voto a las Naciones Unidas? Si otras áreas ignoradas en el “Mapamundi” como Kiribati y Andorra son parte de la susodicha ecumenicidad ¿por qué no Taiwan?
Viendo la situación por el lado del respeto a los derechos humanos, esta República según el reporte mundial compilado por la Freedom House de Nueva York, Taiwan y el Japón son las partes asiáticas donde con más holgura se tocan las campanas de la libertad. Otra razón sumada al derecho de ser incluida.
Demostrada está por donde se le mire la soberanía de lo que inexplicablemente —sólo por apartarla— recibe cargos de dependencia. La única diferencia está en que es pequeña. Pero esa proporción se desmaya ante las reales demostraciones de superación que palmariamente exhibe desde su pequeñez territorial sin cupo para el vacío, pues toda la isla está habitada por edificios altos y caminantes que no se cansan de trabajar. El mayor mérito lucido por David cuando venció a Goliat no fue disponer de corpulencia.
Más de medio siglo tienen las dos oblicuas fajas de Oriente de vivir así, compartiendo destinos separados con la incursión de alguna bravata en los traslapes coyunturales en los cuales los misiles bailan en las tablas del verbo. Pero es parte del estilo. Cada vez que Taiwan va a elegir a un nuevo gobierno surge la amenaza. Después las aguas vuelven a su nivel y la “vida sigue igual”. Estuvimos en la campaña electoral en Taiwan. Se hizo rutina en los visitantes oír las iras de la vecindad.
Manifestamos la opinión personal de decir de las Naciones Unidas donde se cruzan argumentos tantas razas, que es el epicentro de la burocracia donde millones de dólares entran y salen del vientre de cemento.
Aún así es la sede donde se discuten las gracias y desgracias del mundo, razón por la cual a la peticionaria incansable —Taiwan— le corresponde el derecho de pertenecer.
El autor es periodista