Los indecisos deciden ahora

Douglas [email protected]

A los candidatos, liberal y sandinista, sólo les queda la opción de atraer a los electores indecisos, para buscar el desempate y tratar de ganar la Presidencia de la República en primera vuelta el cuatro de noviembre próximo.

Lograr esos votos es lo difícil, porque quien hoy está indeciso quizás considere que ninguno de los candidatos vale la pena, duda mucho de que cumplan las promesas o de ninguna manera le interesan las elecciones, convencido de que son intrascendentes para su futuro personal.

Es posible, sin embargo, que parte de los indecisos se inclinen a última hora a favor del candidato liberal Enrique Bolaños, considerándolo una opción menos incierta que la del sandinista Daniel Ortega, quien se ha dedicado a pedir perdón por sus errores de los años 80 y a ofrecer “la tierra prometida”.

¿Qué es la tierra prometida? Según la simbología sandinista, parece algo tan subjetivo como “los ríos de leche y miel” de que hablaron a principios de la década de los 80 y que fueron disfrutados por muy pocas personas, si alguna vez existieron.

Hoy, muchos nicaragüenses, por consecuencia de los conflictos y penurias que padecieron en los años 80, más algunas decepciones posteriores, han dejado de creer en esa poesía y buscan soluciones reales a problemas palpables, como el desempleo, el hambre y la delincuencia.

Sólo escuchar la palabra promesa puede ser motivo de sospecha para un sector del electorado, porque si hacen un balance de las experiencias archivadas en su memoria, lo más probable es que obtengan un saldo negativo, con más promesas que cumplimientos y eso es suficiente para ser escéptico ante una nueva elección presidencial.

Por eso la última encuesta de la empresa M&R muestra que un 17.6 por ciento de los electores se debaten en la indecisión o se niegan a votar.

Bolaños lleva sobre sus espaldas una carga de corrupción pesada, que le ha heredado el presidente Arnoldo Alemán y tal vez su promesa más válida sea terminar con la descomposición de la administración pública, lo que abriría la posibilidad de que el dinero del Estado, donado o recaudado con impuestos, sea bien invertido a favor de la ciudadanía.

De hecho ninguno de los dos candidatos podría realizar cambios económicos trascendentes a corto plazo, porque el país produce poco y debe mucho y, por tanto, está obligado a someterse a los ajustes que le indican los organismos financieros internacionales.

Lo urgente, aunque parezca poco, es contener las fugas de dinero y las malas inversiones públicas que suelen hacerse por populismo o corrupción. Es elemental para que funcione cualquier plan contra la pobreza y los nicaragüenses en general recuperaríamos la confianza en el futuro, una razón para querer elegir después.  

Editorial
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