Ofelia Padilla de Meza*
Día a día a través de LA PRENSA y otros medios escritos de información, vía Internet nos trasladamos a Nicaragua; sufrimos por el dolor de tantos nicaragüenses, nos indignamos por los actos de corrupción dejando más empobrecido al país, otrora uno de los más prósperos de América Latina. Gozamos con el espíritu humorístico del nicaragüense, como cuando se refieren a “Los Lilas”, nombre derivado de LILA T., esa mujer modelo de moralidad, mezcla de sencillez y grandeza, esposa del candidato presidencial, Ing. Enrique Bolaños.
En fin, esta diaria lectura de los periódicos de Nicaragua se nos ha convertido casi en una adicción, en un medio de ir a Nicaragua, sin hacerlo físicamente.
Venido al caso, recientemente leímos en LA PRENSA un artículo del Sr. Roberto Fonseca L., con gran calidad narrativa, sobre la casa del Lic. Jaime Morales y surgió a nuestra mente el despojo que sufrimos mi esposo, Federico Meza y yo, de nuestra casa en la 3ª calle, también del Reparto Pereira de Managua; la que habíamos hecho con mucho esfuerzo y pagado durante 13 años con el producto de nuestro trabajo honesto, y que fue regalada (vendida en cuatrocientos dólares) por el Banco de la Vivienda de Nicaragua bajo la ley de “La Piñata”, a la Sra. Daniela Duarte Córdoba, militante sandinista.
Los sandinistas piden perdón por el mal que nos hicieron, y nosotros se los otorgamos; comprendemos que Nicaragua necesita la reconciliación de sus hijos, y estamos anuentes a ello; pero, ¡cómo olvidar! Cómo olvidar la casa donde crecieron mis hijos y donde pasé los mejores años de mi vida. Cómo olvidar cuando estaba en Guatemala con mi esposo convaleciente de una cirugía mayor, y en mi casa fue entregada una nota de confiscación en nombre del Gobierno Sandinista.
Cómo olvidar el sacrificio hecho para salir adelante, para educar a mis hijos; lo que logramos con mucho esfuerzo y la ayuda de Dios, después de haber perdido todo lo hecho en veinte años de trabajar honestamente para el Gobierno Liberal, y habiendo salido pobres del país, por lo cual, dicho sea de paso, sentimos inmenso orgullo.
Cuando se pide perdón se resarce debidamente el daño causado. El Gobierno de Nicaragua ha reconocido la injusticia, pero, ahondándola, nos ofrece en “compensación” papeles con ínfimo valor (Bonos del Gobierno), que no hemos aceptado, porque la casa, conforme a derecho, es nuestra; y la propiedad es sagrada, como lo es el Registro de la Propiedad donde consta su legítima adquisición y la inconstitucional confiscación. Calidad de sagrada que siempre ha tenido la propiedad, y que ahora, pretendiendo aplicarla a su favor, reconocen quienes despojaron a sus legítimos dueños.
Nicaragua necesita perdón y además olvido; pero, ¿cómo olvidar si no se resarce el daño causado? ¿Si no se hace justicia? No queremos albergar para siempre los sentimientos expresados en las últimas palabras de un verso, cuyo autor desconocemos, y que reza:
Entre el perdón y el olvido
hay una inmensa distancia
puede perdonar la ofensa
pero olvidarla, ¡jamás!
La autora es abogada, reside en Estados Unidos