Terrorismo brutal

Los increíblemente brutales actos de terrorismo ocurridos ayer por la mañana en las ciudades estadounidenses de Nueva York y Washington D.C. han conmovido al mundo entero. Al momento de escribir este comentario editorial —pocas horas después de ocurridos esos espantosos eventos— no se conocía todavía la cantidad de víctimas, ni el móvil y la identidad de los autores intelectuales y materiales del mismo. Las preguntas que había eran muchas y las respuestas eran prácticamente inexistentes.

Una cosa, sin embargo, era cierta ayer, lo es hoy, y lo será por siempre: ninguna causa o motivación política, religiosa, étnica, ni de cualquier otra índole, puede justificar actos terroristas de ninguna clase y magnitud.

El terrorismo, o sea, el acto indiscriminado de violencia para dominar mediante el terror, es contrario a la democracia y a toda forma de convivencia humana civilizada. Hay varias definiciones de terrorismo. La jurídica que, lo define como “actos de violencia en contra de personas, la libertad, la propiedad, la seguridad común, la tranquilidad pública, los poderes públicos y el orden constitucional o contra la administración pública” (Diccionario Jurídico de Manuel Osorio). La definición militar lo describe como “actos de violencia, destinados a infundir terror por medio de la eliminación de personas. Crea un estado físico y espiritual que prepara a la población para su captación y conquista y facilita su dominación. El terrorismo tiene un objetivo aparente y sin mayor sentido en sí mismo, como es la difusión del miedo, pero su finalidad real es sojuzgar al pueblo a través de la aplicación de un metodología activa y esencialmente torturante”. Pero bajo cualquier definición posible, el terrorismo repugna a la naturaleza humana y debe ser condenado por cualquier persona que abrigue un mínimo de sentimientos humanitarios en su corazón.

El terrorismo no es nuevo en la historia, pero en los tiempos modernos, con los extraordinarios avances tecnológicos logrados, adquiere posibilidades incalculables. Las Torres Gemelas de Nueva York, que hasta hace unos pocos años eran los edificios más altos del mundo, colapsaron poco tiempo después que dos aviones comerciales secuestrados por terroristas y convertidos en virtuales misiles, fueron impactados contra ellas.

Muchos países de distintas partes del mundo, entre ellos España y Colombia, han experimentado recientemente el incremento del terrible flagelo del terrorismo. La organización terrorista vasca ETA ha hecho explotar coches bombas que han matado a gran cantidad de civiles españoles. Desalmados narcotraficantes en Colombia han hecho lo mismo. Uno de los peores actos de terror, hasta ahora, era el que ocurrió el 21 de diciembre de 1988, cuando el vuelo 103 de Pan Am explotó y se estrelló sobre la ciudad de Lockerbie, Escocia. Todos los 224 pasajeros y los 15 tripulantes murieron en el acto criminal, más 11 personas en tierra. La investigación dictaminó que la explosión fue provocada por una bomba colocada en el avión por dos personas, al parecer miembros de un grupo terrorista árabe ligado con Libia.

El ataque terrorista perpetrado ayer contra Estados Unidos tiene una enorme trascendencia para el mundo libre y civilizado. En estos momentos es aún imposible determinar sus posibles efectos, pero no cabe duda que tendrá grandes implicaciones sociales, políticas, económicas, geopolíticas, y, muy posiblemente, militares. El ataque fue bien planificado y no pudo ser detectado por los organismos de seguridad estadounidenses. No podemos llamarnos a engaño. Estados Unidos es el país que en las últimas décadas ha hecho grandes sacrificios para preservar al mundo libre de totalitarismos. Los enemigos de la libertad son sus enemigos, y no cesarán de atacarlo, porque lo que éstos atacan no es sólo un país, sino la idea misma de libertad y de civilización occidental.

En Nicaragua no podemos andar con ambages en relación al terrorismo. Este debe ser condenado enérgicamente por el gobierno y por cada ciudadano nicaragüense amante de la paz, de la libertad y la democracia. Quienes en nuestro país cultivan y defienden su amistad con líderes y gobiernos que promueven el terrorismo mundial, deben reconsiderar su posición. Y la ciudadanía debe tomar muy en cuenta lo que ellos decidan. Todos los nicaragüenses debemos decir no al terrorismo y sí a la democracia y a la vida civilizada.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí