¿Qué es el hombre? ¿Qué somos realmente?

Conrado Godoy*

Cuando el gran filósofo y político inglés Francis Bacon escribió que “Los hombres no son animales erectos, sino dioses inmortales”, aún no le había tocado vivir la vorágine que la corte de Isabel le tenía preparada, que acabaría con su carrera y le haría llegar a la conclusión de que los hombres —y particularmente los cortesanos— no son ningunos dioses, sino simples mortales, egoístas, vanidosos y taimados, “verdaderos discípulos de Maquiavelo”, como diría tiempo después el famoso canciller.

Pero… ¿qué es el hombre realmente? El filósofo Jean Paul Sartre piensa que el hombre es “un error de la naturaleza, una criatura mal hecha, una pasión inútil”. Sin embargo, su creación debe tener algún sentido. ¿Cuál es? Y ¿cuál es el fin de su vida? Durante siglos, los más grandes pensadores se han hecho esta pregunta, para la que aún no encuentran respuesta. Los existencialistas creen que el enigma jamás será resuelto y que el hombre será por siempre una cuestión trágica para sí mismo. Otros, siguiendo a Platón, creen que debe haber una solución, y que la misma consiste en que el hombre, de alguna manera, alcance lo infinito. Ahora bien, siguiendo esta teoría, es fácil suponer que en la vida terrena no podrá lograrlo, de manera que si existe tal solución deberá buscarla en el más allá, fuera de este mundo. Muchos filósofos admiten la inmortalidad del alma, pero aunque ésta sea demostrable, tampoco la inmortalidad nos ofrece una respuesta, porque es imposible ver cómo el hombre alcanza en la otra vida la infinito. Platón dice sobre el tema, que la respuesta al problema sólo puede darla un dios. Pero éste ya no es el campo de la filosofía sino de la religión. El pensamiento filosófico nos lleva aquí a un límite, en el que el hombre observa impotente la obscuridad de lo inaccesible, imposible de aclarar mediante el juicio racional.

Examinemos ahora algunos aspectos menos abstractos de nuestra naturaleza física y corporal. El hombre es un animal, y, ciertamente, el menos dotado de todos. Sin embargo, se ha convertido en amo y señor de la naturaleza, cambiando todo a su gusto y antojo, extirpando especies peligrosas y poniendo en cautiverio a otras, convirtiéndolas en criados domésticos. Biológicamente, es inexplicable que este pequeño ser que casi no ve ni oye, que apenas tiene olfato, no corre velozmente, y cuya fuerza comparablemente es ridícula, se haya impuesto de tal manera a todo el mundo animal, dominándolo y aprovechándose de él a su más amplio capricho. Tampoco cabe la posibilidad de su extinción, y más bien se teme que pueda multiplicarse en exceso.

¿Cómo es esto posible? La respuesta todos la conocemos. El hombre cuenta con un arma terriblemente poderosa: la inteligencia. El hombre es incomparablemente más inteligente que cualquier otro animal, aun el más alto en la escala zoológica. Ello explica su hegemonía sobre la Tierra. No obstante, no siempre el hombre utiliza su inteligencia en provecho de su propia especie. Con mortíferas armas que él mismo construye hace la guerra y se autoextermina sin compasión. Tal vez algún día se hagan realidad los anhelos del célebre pensador británico y el hombre pueda aprender la lección más noble de todas: no luchar contra sí mismo sino sólo hacer la guerra contra los obstáculos que la naturaleza opone a su triunfo.

* El autor es periodista  

Editorial
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