Fernando Caldera Azmitia*
No tembló en Managua, no cayeron rayos, ni el cielo se puso rojo, no hubo lluvia de piedras, ni el Lago de Managua se abrió, ni inundó la ciudad, el Mitch no volvió a aparecer. Simplemente murió el Viejo León, mi padre. La tarde de su entierro cayó una lluvia suave, tal parece que Dios, por fin, derramó unas lágrimas de tristeza, diciéndonos: “Los acompaño en su dolor”.
Mi Viejo se nos marchó cansado, después de batallar arduamente por la vida, el Viejo León se fue y nos dejó un inmenso vacío, imposible de llenar. Así como yo llevo la semilla de su vida en mi existencia, él tiene un poco de mi muerte en su ataúd, algo de mí murió con él, así como al nacer tuve algo de él.
Octavio Caldera conoció la cárcel y la tortura a los 21 años, por quemar un cuadro de Somoza en el Paraninfo de la Universidad de León, cuando ser antisomocista era considerado pecado mortal en Nicaragua, por ello es señalado por Gregorio Selser, el conocido historiador de Sandino, como uno de los precursores de la lucha antisomocista en la era posterior a Sandino.
Fue también del primer contingente de nicaragüenses que Somoza mandó al exilio, fue expulsado a Costa Rica, y el gobierno tico de aquel entonces congraciándose con el somocismo, lo echó hacia Panamá, cruzando la frontera precipitadamente, llegó después de muchos sacrificios a Guatemala, lugar donde logró que lo acogieran.
Mi padre es el hombre que por sus ideales y sus principios renunció a la comodidad y sufrió la cárcel, torturas, exilios, la pérdida de sus seres queridos, la paz y la tranquilidad en la mayor parte de su vida. Se requerirían muchas páginas para exponer su compleja biografía, y no pretendo convertirme en su biógrafo, simplemente me queda decir que vivió y luchó por una sociedad más justa, más democrática; que luchó por derrotar la pobreza y la miseria.
Ahora que los apologistas de la democracia del voto, celebran con entusiasmo, como si esto fuera la panacea contra el hambre, el analfabetismo, el desempleo y la pobreza, pienso en mi padre, el que nunca fue engañado por esos falsos profetas.
Él opinaba: “Si no se construye una sociedad en la que realmente se den pasos concretos para resolver los graves problemas de la democracia, ¡no hay democracia! La institucionalización de la democracia en nuestra sociedad sólo será posible creando verdaderos espacios de participación ciudadana y no a la hora del voto electorero”.
Si el Estado y la sociedad no trabajan para resolver legítimamente los problemas de la pobreza y la desigualdad, no estaremos resolviendo a fondo los problemas de la verdadera democracia, así veía las cosas ese anciano enfermo de 84 años, que, agotándosele la vida, seguía preocupado por los asuntos de la nación, con el mismo fervor de aquellos 21 años cuando cayó preso la primera vez.
Por eso mi padre opinaba de cara a estas elecciones, que ningún candidato por sí solo tenía la solución de los problemas de Nicaragua; que sin un acuerdo cobijado con espíritu de nación —con plena participación de todos los sectores— era imposible progresar; que si no se deponían las posiciones de fuerzas y los mezquinos intereses personales y partidarios era imposible el consenso de nación.
Esos eran los principios morales y éticos, que nos heredó a sus hijos este León cansado, quienes trataremos con orgullo de llevar a lo largo de nuestras vidas el legado impecable de un padre ejemplar que, siempre amó a sus hijos y los atendió en el transcurso de sus batallas.
Murió de manera sencilla, tal como fuera su vida, distanciándose claramente de la ambición desmedida y de la opulencia, nunca aspiró a más que proveerse de los recursos necesarios para proteger a su familia y educar a sus hijos.
Ese es nuestro legado, esa es nuestra hermosa herencia, nada material, principios morales, éticos y dignidad, orgullosos de la sangre, orgullosos del Viejo, orgullosos y afortunados de haber tenido y conocido un padre como él, orgullosos de llevar su apellido y su ejemplo por el resto de nuestros días.
No tembló Managua, sólo tembló mi voz y mis lágrimas al caer con su partida, una mañana sombría y triste, que gritaba en silencio: “¡El Viejo León ha muerto! Y nos ha dejado solos, con un inmenso vacío y una eterna melancolía”.
Paz para Octavio Caldera Noguera, mi padre.
* Ex Director de la Policía Nacional