Laissez faire, laissez passer

Jorge Salaverry*

Vincent de Gournay, economista francés del Siglo XVIII, y uno de los precursores de la escuela fisiocrática —opuesta al intervencionismo estatal en los asuntos económicos— hizo de la frase “laissez faire, laissez passer” (“dejar hacer, dejar pasar”) su expresión favorita. Muchos atribuyen a de Gournay la paternidad de la locución, pero otros creen que la misma se originó mucho antes, en una conversación entre Jean-Baptiste Colbert, ministro de Finanzas de Luis XIV, y un grupo de comerciantes e industriales franceses desesperados ante la grave situación económica provocada por la asfixiante intervención estatal en la economía. Colbert le pidió a los hombres de negocios que le dijeran qué podía hacer por ellos. Uno de los empresarios se adelantó y dijo: “Señor, solamente déjenos hacer”.

De seguro que la insistente curiosidad que he observado en mucha gente por conocer lo que hará el futuro gobierno es lo que me ha hecho recordar esa anécdota. Sin embargo, creo que la pregunta verdaderamente importante no es qué hará el próximo gobierno, sino qué es lo que ese gobierno nos permitirá hacer a los ciudadanos, incluyendo, por supuesto, a los empresarios. La pregunta sería irrelevante si el triunfo de don Enrique Bolaños estuviese asegurado, pero no lo está, y ante la posibilidad de un triunfo de Daniel Ortega, la pregunta adquiere importancia cósmica, porque todos sabemos que el Estado en manos del señor Ortega es tan peligroso como una pistola Mágnum 44 en manos de un niño.

Lo anterior lo comprobamos cuando fue Presidente. Recordemos cómo el Estado eliminó la iniciativa individual, arrinconó a los empresarios y se metió en todo; hasta en los salones de belleza. El calamitoso resultado de ese intervencionismo es de sobra conocido: un doloroso retroceso económico de 40 años. “Las circunstancias han cambiado”, dicen ahora los sandinistas, como si algunas “ineluctables circunstancias”, cuando tuvieron el poder político, hubiesen sido las culpables de la imposición del retrógrado y fútil sistema socialista. Ese cuento ni ellos se lo creen. Todos sabemos que dicho sistema, además de haber sido cuidadosamente deliberado, planificado, y decidido, fue impuesto con la inevitable brutalidad que requiere la implementación de todo aquello que el cuerpo social rechaza naturalmente.

Pero las ideas liberales triunfaron en Nicaragua y en el mundo entero, y por eso, ni a Ortega ni al más antediluviano de los sandinistas se les escucha —por ahora— despotricar abiertamente contra el mercado, contra los empresarios, o contra la competencia, pero dejan al descubierto sus verdaderos sentimientos antimercado, antiempresario y anticompetencia, cuando atacan lo que ellos y todos los enemigos de la sociedad libre llaman “neoliberalismo”.

El liberalismo es una doctrina política que le concede un valor fundamental al individuo. Y cuando se respeta al individuo se respeta su libertad individual, lo que hace inevitable la iniciativa privada, y, consecuentemente, la actividad empresarial, el funcionamiento del mercado y la vida armónica, ya que el mercado no es más que la libertad de los humanos de producir, intercambiar y consumir libremente, sin coacción ni impedimento por parte del Estado. El resultado de todo ello es la libertad y el progreso económico y social. Los socialistas, por el contrario —como bien decía el economista Frédéric Bastiat hace 150 años— “creen que la gente es materia prima, sujetos a ser moldeados en combinaciones sociales”. Cuando se tiene tal concepción del individuo no puede haber respeto a la libertad individual, y, por ende, a la iniciativa privada. Sin iniciativa privada no puede haber verdadera actividad empresarial, y, sin ésta, no puede haber ni libertad ni progreso. El Estado suplanta al individuo y la represión se hace inevitable.

No es por casualidad que los sandinistas —adoradores del socialismo— sean unos obsesionados de la “organización”. La organización es para ellos el mecanismo ideal para coartar la libertad individual de las personas. Los “planificadores sociales”, armados del poder del Estado, se dedican primero a “organizar” a la gente y luego a asignarle “tareas” conforme a lo que los mismos “planificadores” deciden. ¡Adiós libertad!

Qué premonitoria y oportuna me pareció una frase del discurso pronunciado por el señor Marcos Mayorga Lacayo, Presidente de la Cámara de Comercio, durante la celebración del Día del Empresario este sábado pasado. Dijo: “Los empresarios le decimos a la nación: tenemos gente maravillosa, tenemos un país agradecido al Todopoderoso, y tenemos gente emprendedora, talentosa y original. Solamente déjennos ser y hacer”.

En el futuro esa hermosa frase podría —Dios no lo quiera— llegar a ser una demanda desesperada y angustiante. De nuestro voto depende.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la UTM.
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