Eduardo Enrí[email protected]
Aquí algo anda mal. Bueno, mucho anda mal, pero en el caso de las más recientes privatizaciones es obvio que algo no está funcionando. Y no es el escaso interés que despiertan nuestras empresas estatales, de las cuales ya sólo se está vendiendo el “cacaste”. El problema es más de fondo, de concepto.
Aquí se ha tratado de resolver un problema de ineficiencia y privilegios con la privatización de los monopolios. Eso no resuelve nada.
Me explico. Desde 1980, el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan —odiado por unos y amado por otros en Nicaragua— inició una corriente mundial en contra de las empresas estatales, que según dicen los ideólogos liberales (los de verdad como el viejo Ronald, no los que se ponen una camisa roja y ya) se debe a que esas empresas no tienen competencia, y, por lo tanto, se convierten en monstruos ineficientes que devoran el presupuesto del Estado que los subsidia, y encima dan un pésimo servicio a la ciudadanía.
¿El remedio? La receta uniforme ha sido deshacerse de esas empresas. Privatizarlas, entregárselas a los privados para que “la mano invisible del Mercado” que descubrió Adam Smith se encargara de poner todo en su lugar.
Eso porque nos han metido en la cabeza que el pecado mortal es tener empresas estatales. Que esas empresas son garantía de abusos, corrupción, ineficiencia y gastos. Mentiras.
Sí, mentiras, y lo que estoy diciendo no es ninguna herejía antiliberal. ¿Cuántos de ustedes saben que las empresas que estaban compitiendo para “privatizar” Enitel son, en realidad, empresas públicas?
El Estado francés es dueño del 55.1 por ciento de France Telecom, según el reporte de diciembre de 2000. Y la empresa que finalmente se quedó con nuestra compañía de teléfonos, la sueca Telia Swedtel AB, es en un 70.6 por ciento estatal. Estos dos monstruos de las telecomunicaciones mundiales son prueba viva de que ser una empresa estatal no es sinónimo de todo lo malo que en negocios se pueda imaginar.
La pregunta es: ¿cómo es posible que nuestra Enitel se encuentre en quiebra si es la única empresa que ofrece el servicio telefónico fijo, y si los abonados se atrasan un mes inmediatamente les cortan el servicio? Es imposible que una empresa así tenga mora, porque si el pobre abonado se quiere reconectar, antes tiene que pagar el mes que debe, más la reconexión. Eso, sin mencionar que la empresa cobra lo que le da la gana.
Entonces, con todas esas ventajas, ¿por qué a los franceses y a los suecos les funcionan las empresas estatales y a nosotros no? No es porque ellos sean cheles y nosotros morenitos. Es porque allá funcionan dos cosas que garantizan que la mano invisible del Mercado no tenga ataduras.
Esas empresas funcionan en un mercado donde hay docenas de otras empresas que ofrecen el mismo servicio, y, además, funcionan en un ambiente en que todo mundo está claro de lo que dicen las leyes y confían en las autoridades y las instituciones correspondientes para resolver algún diferendo. O sea, hay libre competencia y seguridad jurídica e institucional. Allá ningún ministro o juez o funcionario decide las cosas porque le da la gana, sin pagar las consecuencias.
Aquí hemos agarrado el rábano por las hojas y nos hemos tragado el cuento de que las empresas estatales son malas y que las empresas privatizadas son la panacea; y con ello lo que hemos logrado es privatizar los monopolios estatales y dejarlos operando en un ambiente jurídico e institucional sujeto a los caprichos de la billetera o el poder político.
Mientras aquí no cambiemos esas dos realidades, los usuarios y Nicaragua vamos a quedar en las mismas, sometidos a los abusos y las ineficiencias que garantizan los monopolios, sean privados o estatales.
* El autor es periodista.