Hugo Ramón García
Si queremos que la democracia se consolide, es decir que se mantenga con carácter permanente, es poderosamente necesario que los nicaragüenses sepamos defender el voto promoviéndolo a su favor con las mecánicas de trabajo que se requieren indispensablemente para tales efectos.
Debemos entender que sólo la democracia tiene la capacidad suficiente para llevar adelante a este país y no mantenerlo ahogado en el subdesarrollo como trágicamente sucedió en la década de los años 80, en que el pueblo masivamente le tocó vivir en sus lánguidas carnes la situación más calamitosa y paupérrima que la historia recuerda y registra en sus interesantes páginas.
Las posibilidades de avanzar en la reconstrucción socio-económica y moral de Nicaragua están en el camino. En el camino que tenemos que recorrer los que abogamos por un país verticalmente ordenado donde el imperio de la razón se anteponga a las prácticas del abuso que mucho daño han ocasionado infligiéndole a la sociedad un estado de cosas inadmisibles, pero que con tan mala suerte se han dado porque en la década pasada la influencia de otras “potencias” como Cuba llenaron de sangre el suelo patrio.
La democracia no puede correr riesgos. El hecho de conservarla implica desde luego muchas responsabilidades y esas tareas no pueden echarse a perder por una inmadurez cívica que se tiene que superar bajo los efectos de una recta intención que responda a los dictámenes de la conciencia que en este aspecto es la principal impulsora para asumir los derechos y obligaciones que le competen al hombre como individuo, y como ser pensante.
De la manera en que sepamos defender el voto, en esa misma forma estaremos contribuyendo a consolidar la democracia, usando como argumento la necesidad que el país tiene de mantenerse en una etapa de ordenamiento lógico. La democracia se deriva del término: “demos pueblo, cratos poderes”, es decir que el poder emana del pueblo, y como este último es fuente de poder, únicamente a él le corresponde por legítimo mandato consolidar la democracia y usar los métodos requeridos para que también se institucionalice y pueda Nicaragua alcanzar el fruto de sus vitales conquistas por las cuales luchan las mayorías ciudadanas.
No seamos apáticos a la búsqueda de imprimirle al país la democracia que hay que profundizar. Hagamos a un lado los odios, asperezas y divisiones, y dejemos de ser portadores de necias teorías que mucho inciden en la pérdida de la democracia y sus valores.
Escojamos el camino viable para Nicaragua, y los nicaragüenses. Elijamos lo que mejor conviene a la Patria, y bajo el amparo de su Bandera Azul y Blanco, cumplamos como ciudadanos lo que la democracia demanda de nosotros en el diario afán de heredarle a las presentes, y futuras generaciones una República que tenga por lema el imperio de la ley, y por código la exacta aplicación de la justicia.
* El autor de este artículo es Periodista.