Entre las numerosas personas y organizaciones que participan en el movimiento internacional contra la globalización -como se le llama ahora al progreso económico, científico y técnico- hay desde respetables intelectuales y personalidades de izquierda, tales como el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, y la escritora Susan George, hasta los pandilleros que protagonizaron los graves actos de vandalismo durante las recientes protestas en Génova, Italia.
Pero el hecho de que el liderazgo de la lucha contra la globalización lo ejerzan personajes y grupos de extrema izquierda, no significa que sus críticas y demandas fundamentales sean incorrectas o que deban ser rechazadas de plano. Además, echar en un mismo saco a todas las personas y organizaciones que se oponen a la globalización equivale a dejar en manos de la extrema izquierda política e intelectual las justas demandas de promover una distribución más equitativa de los logros del progreso económico, comercial y científico-técnico.
En realidad, los sectores democráticos deberían ser los más interesados en lograr que se hagan ajustes sustanciales a los procesos de globalización, a fin de que sus efectos beneficiosos sean aprovechados por la mayor parte de la gente en todas partes del mundo y no sólo por las personas ricas y los habitantes de los países altamente desarrollados, como ocurre hasta ahora.
A este respecto es atendible el planteamiento principal del movimiento internacional contra la globalización, de gravar con un impuesto especial –la Tasa Tobin- las transacciones financieras mundiales de carácter especulativo, para crear “un fondo internacional destinado a reducir las desigualdades entre el Norte y el Sur, teniendo en cuenta que la ayuda oficial al desarrollo disminuye año tras año”, según lo ha explicado la señora Susan George.
Como es sabido, a ese pretendido impuesto a las transacciones financieras internacionales de carácter especulativo se le conoce como la “Tasa Tobin”, porque fue propuesto -en 1972- por el profesor de la Universidad de Yale, James Tobin, Premio Nobel de Economía en 1981, quien asegura que con sólo el 0,1% de los movimientos financieros internacionales se podría recaudar unos 166.000 millones de dólares anuales, o sea el doble de la suma que se necesita anualmente para erradicar la pobreza extrema en el mundo, en sólo tres años.
Recientemente, para hacer más atractiva la propuesta de la Tasa Tobin, la señora Susan George propuso que los beneficios de dicho impuesto no sean entregados de manera igualitaria a todos los países pobres y atrasados, sino sólo a los que tengan sistemas democráticos de economía y gobierno y que, además, garanticen la participación de los ciudadanos mediante las organizaciones de la sociedad civil. Y propone también George que los fondos de la Tasa Tobin sean gestionados por un organismo internacional con suficiente credibilidad, que según ella podrían ser la Unesco o la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Ahora bien, la adopción y aplicación de la Tasa Tobin sólo sería posible mediante un acuerdo internacional que comprometa por lo menos a los 8 países más desarrollados del mundo, pero hasta ahora ninguno de éstos la acepta porque consideran que es imposible determinar qué movimientos de capitales son esencialmente especulativos, y porque un impuesto como ése provocaría que los grandes capitales se desplacen hacia los llamados paraísos fiscales. Sin embargo, atendiendo a tales objeciones el Primer Ministro de Francia, Leonel Jospin -quien desde 1995 ha venido promoviendo la Tasa Tobin entre los países de la Comunidad Europea-, ha sugerido cambiarla por un impuesto extraordinario a las ventas internacionales de armas, de las que un 80% corresponden a Estados Unidos, Inglaterra y a la misma Francia.
Como sea, lo importante es que poco a poco se están creando las condiciones apropiadas para aplicar medidas que permitan hacer de la globalización un proceso más ventajoso para los países pobres. Y que esta pelea comienzan a darla también los sectores democráticos, no sólo los movimientos extremistas de izquierda y derecha, pues, como ha dicho el ex presidente de la Comisión Europea, el dirigente católico francés Jacques Delors: “Rebelarse contra el actual desequilibrio internacional es sacrosanto. Pero rompiendo escaparates no se construye una alternativa. Es tiempo de propuestas”.