Después de mí el diluvio

Manuel J. Aguilar Trujillo

Todos aquellos que conocemos, aunque sea por la pasta, la historia de Francia, recordamos esta frase, Apres mois le déluge, en castellano, “Después de mí el diluvio”, proferida por el monarca francés Luis XIV, El Rey Sol, cuando uno de sus cortesanos se atrevió a advertirle sobre las terribles consecuencias que acarrearía al país la extrema penuria que, debido a los excesivos gastos de la corte y del rey mismo se abatía sobre Francia y en especial en el campesinado, reducido a los últimos extremos de miseria a grado tal, que careciendo de recursos para adquirir animales que halasen el arado, se veían obligados a uncirse ellos, sus mujeres, hijos e hijas, para así conseguir las magras cosechas con que apenas subsistían y engañaban el hambre.

Al escuchar tales palabras, este rey, ensoberbecido exclamó: Apres mois le déluge, sin sospechar siquiera que, en efecto el diluvio llegaría, arrasando todo a su paso (El reinado del terror) hasta la milenaria monarquía, con la muerte en la guillotina de lo más granado de la ciega nobleza de Francia, incluso su sucesor, el infortunado Luis XVI y su esposa María Antonieta, víctimas todos ellos de sus propios desaciertos y los de sus mayores.

Todo lo anterior me ha venido a la mente, contemplando lo que actualmente está sucediendo en mi querida Nicaragua, cuando sus políticos, desde el primer levantamiento el 16 de enero de 1823 del “Tuerto Ordóñez” a la fecha, y con muy pocas y notables excepciones, en una alocada arrebatiña por el poder, han dejado a un lado los sagrados intereses de la patria, teniendo como única mira y norte de sus ambiciones, el lucro y provecho personal, viendo el pueblo incrédulo, cómo se despilfarra el erario, usándolo como suyo aunque sin el cuidado con que se maneja el propio, viendo incrédulos e indignados, cómo se anda de la ceca a la meca, en lujosas comitivas, paseando unas veces otras mendigando para que se perdone la gigantesca deuda pública, que esos mismos políticos han contribuido, en forma más que generosa y entusiasta, a aumentar hasta llegar a proporciones astronómicas.

La única fórmula para enriquecer el país, es muy sencilla, empobrecer la política, porque, eso de encontrar políticos probos, que los hay aunque muy pocos, es tarea, seria y difícil.

Que nuestra Santa Patrona, la Virgen de la Inmaculada Concepción de María, tenga piedad de sus hijos y por ende de nuestra querida Nicaragua.

Apres nous le déluge!!

El autor es nicaragüense, reside en El Salvador.  

Editorial
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