Adolfo Bonilla
Hoy 10 de agosto de 2001 se cumple el 26 aniversario de la partida de este mundo terrenal del Dr. Manuel Morales Peralta, mejor conocido en su tiempo como Manolo Morales. La generación actual de Nicaragua desconoce quién era este personaje. Se oye mencionar su nombre porque hay un hospital en Managua al que aún identifican con su nombre, y por esa razón se cree que era médico; pero no, entre otras cosas, él era abogado, y si los empleados de la salud de la década de los 80 bautizaron ese nosocomio con su apelativo no es tanto porque allí murió, sino por haber sido el incomparable asesor jurídico de las grandes luchas de los trabajadores hospitalarios del primer lustro de los años 70.
Fue una ironía truculenta de las circunstancias, que por su total entrega a la causa de los empleados del sector salud haya sufrido el hostigamiento de las autoridades castrenses de la dictadura somocista, y que a la vez haya sido en los mismos nosocomios –por cuyo mejoramiento integral luchaba denodada y desinteresadamente– donde le negaron criminalmente asistencia médica. No lo mataron por comisión, sino que por omisión. Tenía en ese momento 35 años de edad.
Manolo fue maestro de juventudes (catedrático de la Universidad Centroamericana), ejemplo vivo para las nuevas generaciones, testimonio vivificante de fe, de espíritu cristiano (teofánico), de pensamiento y de acción (socialcristiano doctrinario). Fue un modelo de sencillez, pureza, cordialidad, lealtad, integridad, probidad, generosidad e incorruptibilidad. Luchó sincera y honestamente por el bien común, demostrando de forma diáfana su rectitud y su inigualable amor al prójimo, a los pobres, a su Patria. Difícil es describir a Manolo en su dimensión plena porque las palabras se quedan enanas. Su disposición y capacidad de entrega a las causas nobles ha sido pocas veces vista en esta tierra tropical.
Por algo es que a esta distancia en el tiempo, hay muchas personas de su época que lo recuerdan con afecto y admiración. Por ejemplo, el Dr. Napoleón Chow dice que “Manolo dejó una impresionante estela de buena voluntad y de cariño en su breve paso por la historia”.
En la Misa de Cuerpo Presente del 10 de agosto de 1975, el arzobispo de Managua (ahora Cardenal) Miguel Obando y Bravo, dijo en su sentida homilía: “El recuerdo que de él guardamos no está deformado por la emoción, y si ahora se nos aparece grande es porque fue grande. Fue un buen cristiano. Puso su existencia al servicio de sus semejantes; no vivió para sí mismo, sino para sus conciudadanos”.
El que escribe esta reseña es autor de una pequeña biografía del Dr. Morales, la cual el Instituto Nicaragüense de Cultura se había comprometido a publicar, pero después de más de dos años de espera esa institución devolvió el original, comunicando que se decidió no editarla. Es una lástima que no se le dé suficiente importancia a la divulgación de biografías de celebridades históricas nacionales que sirvan de ilustración y ejemplo a las nuevas generaciones. Caso curioso, el diario LA PRENSA publicó la presentación del libro (a cargo del profesor Guillermo Rothschuh Tablada) y la obra misma permanece inédita. Así es Nicaragua.
Resulta relativamente fácil elogiar a Manolo ahora que tanto hace falta un dirigente político de su talla en este vasto desierto en que se encuentra la nación, donde es notoria la ausencia de algún oasis poblado de dirigentes de incuestionable honestidad, de auténtico carisma y de genuina solidaridad humana.
*El autor es periodista