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Todos temblábamos por el frío intenso que se colaba por las rendijas de la covacha. Dormíamos con la ropa mojada, sobre aquellos “cajones” de madera, que servían de dormitorios a los cortadores tradicionales de café. Había leído sobre ellos, pero nunca los había visto de cerca, y, mucho menos, había dormido en ellos. Hasta entonces: noviembre de 1979, en la hacienda “La Fundadora”.
Nos habían ubicado en un galerón oscuro, completamente cerrado, piso de madera, desde donde se dibujaba a lo lejos la hermosa casa-hacienda de la otrora “Compañía Agropecuaria La Fundadora, S.A.”, inscrita entre el patrimonio Somoza, desde 1957, con el No. 1478 en el Registro Mercantil.
Nosotros, un pequeño grupo de jóvenes sandinistas que trabajábamos en el sector occidental de Managua, sobre todo en Ciudad Sandino y Bello Amanecer, llegamos allá para participar voluntariamente en los cortes de café. Pensábamos que así, durmiendo sobre un duro tablón de madera, comiendo “frijoles en bala” con tortilla, y tosiendo lastimosamente adentro de aquellos “cajones”, saldría el “hombre nuevo” que pregonaba la Revolución Sandinista.
En ese entonces, apenas cuatro meses después del derrocamiento de “Tacho” Somoza, todo parecía posible, alcanzable, sobre todo para esa generación de muchachos como yo, entre los 17 y 18 años. Queríamos poner a prueba nuestras convicciones, nuestros ideales, por ello andábamos de “rigiosos”, participando en jornadas voluntarias en el café, la caña de azúcar o en el algodón.
“Hay que ser como el Che”, decíamos, parafraseando el lema de los Pioneros de Cuba que reza: “Seremos como el Che”. Sin embargo, equivocadamente, creíamos que sólo nosotros, los militantes de base, estábamos obligados a alcanzar su “estatura revolucionaria”.
Pensábamos que la dirigencia, en vista de su trayectoria, no tenía por qué hacerlo. Ni debían hacerlo. Creíamos ciegamente que estaban inoculados contra los virus del somocismo. Es decir, contra el abuso de poder, el militarismo, el enriquecimiento ilícito, el tráfico de influencias y el latrocinio. Al fin y al cabo, decíamos, ellos seguían el sendero trazado por los caídos. Ellos vivían como los santos.
LA “CAJA FUERTE”
En la habitación de Daniel Ortega, en la residencia que ocupa cerca de El Carmen, hay dos detalles curiosos. Uno, un ropero inmenso, al que llaman “La Farmacia”, pues está abarrotado de medicamentos de todo tipo, desde naturales hasta químicos, para conservar la “vejentud” del dirigente.
El otro detalle, una caja fuerte, incrustada en la habitación, donde resguarda títulos de propiedad, acciones al portador y, sobre todo, miles de dólares en efectivo. “Si algo me pasa, ya saben, esto está aquí”, dijo a un miembro de la familia, poco antes de las elecciones de 1990. Sin embargo, hoy día, once años después, la “caja fuerte” parece haber crecido, en proporción a los bienes que guarda celosamente.
“Necesito que me ayudés a ordenar estos papeles”, se asegura que le dijo Daniel Ortega a un abogado sandinista, cuyas oficinas están localizadas en el Camino de Oriente. El tipo dicen que se quedó boquiabierto, pues era una habitación en forma de bodega, de varios metros cuadrados, repleta –igual que “La Farmacia”– de títulos de propiedades. Rurales y urbanas.
– “Déme un par de semanas”, le dijo.
– A Ortega pareció no gustarle mucho el plazo. “Pero eso sí, nada puede salir de aquí”, le advirtió.
PIÑATAS PARA TODOS LOS GUSTOS
Casi me orino de la risa, cuando me topé con el titular de LA PRENSA. “Revolución no es piñata”, rezaba la edición del 13 de octubre de 1979, en gran tamaño, días antes de la jornada voluntaria de café en “La Fundadora”. El antetítulo enfatizaba: “Enérgica advertencia del EPS”.
Yo no sé cuándo empezó la piñata, aunque ex funcionarios sandinistas refieren que se diseñó en la antigua Casa de Gobierno, en las oficinas del Presidente y del Vicepresidente de la República. Horas después del 25 de febrero de 1990. Se afirma que fue una encerrona y ahí estaban presentes miembros del gabinete y representantes del FSLN en el exterior, entre ellos un poderoso banquero.
Se dieron orientaciones para sacar “cash” de la bodega del Banco Central de Nicaragua (BCN) y conformar un grupo numeroso de abogados, para legalizar a “toda máquina” miles de propiedades urbanas y rurales en poder de cuadros sandinistas y en manos del Estado.
Gracias a esa movida, a la “generosidad” de la Revolución, varios amigos que vivían en los “palomeros” del barrio San Antonio, de la vieja Managua, pasaron a residir al lujoso Planetarium, donde en los años ochenta sólo había embajadas, consulados y casas de protocolo.
Asimismo, cambiaron de manos y de dueños, un sinnúmero de propiedades urbanas y rurales, que estaban bajo la administración del Ministerio del Interior, del Sistema Penitenciario, de la Seguridad del Estado, del Ejército, del Ministerio de Agricultura, de la Presidencia, del Banco de la Vivienda, en fin, de todo el aparato estatal.
Esa “piñata”, aunque no seamos partícipes, le ha costado al país más de 650 millones de dólares, hasta la fecha. Y aún faltan miles por indemnizarse.