A pesar que mucho se habla sobre hermandad centroamericana, y que los expertos internacionales explican convincentemente que los pequeños países de Centroamérica sólo podrían aprovechar las ventajas de la globalización si unieran sus recursos y esfuerzos, lo que se hace en la realidad es profundizar las diferencias y debilitar las precarias instituciones de integración que aún sobreviven.
Tal es el caso de la Corte Centroamericana de Justicia (CCJ), cuyas últimas resoluciones han sido menospreciadas por los gobiernos de Honduras y Nicaragua. El primero, porque se negó a acatar la resolución de la CCJ que mandó suspender la ratificación del tratado hondureño-colombiano de límites marítimos –que perjudica los intereses territoriales nicaragüenses–; y el segundo, o sea el Gobierno de Nicaragua, que ha desacatado la resolución de la misma Corte de suspender el impuesto extraordinario de 35% a las importaciones procedentes de Honduras.
Más recientemente, las relaciones entre Nicaragua y Honduras se han deteriorado aún más por las mutuas denuncias de actitudes hostiles recíprocas, a pesar que los dos gobiernos convinieron en pedir y aceptar la mediación de la Organización de Estados Americanos (OEA) para distender la situación fronteriza y facilitar la solución pacífica de las diferencias entre ambos países.
Sobre todos esos acontecimientos ha informado LA PRENSA de manera oportuna y detallada, de conformidad con la función esencial de un periodismo libre que es informar al público en forma veraz, objetiva e imparcial, presentando los puntos de vista de las dos partes involucradas en el problema.
Es verdaderamente lamentable este conflicto entre los gobiernos de Nicaragua y Honduras, que se debería resolver de acuerdo con las normas del derecho internacional que exigen arreglar pacíficamente los litigios entre las naciones sobre la base del reconocimiento y respeto a lo que legítimamente le corresponde a cada país. Lo cual es más imperativo para naciones que además de ser vecinas tienen origen, tradiciones y destino común, y que están moralmente obligadas a resolver sus diferencias en el espíritu de la hermandad que legaron los próceres de la independencia y de la fundación de nuestras pequeñas repúblicas centroamericanas.
Los medios de comunicación no deben atizar los conflictos internacionales ni asumir posiciones chovinistas que fomenten el odio entre las naciones, mucho menos entre las que son vecinas y hermanas. Más bien deben contribuir a la solución pacífica de los conflictos, lo que se facilita con una información objetiva, balanceada y veraz que es la esencia de la comunicación y la base de la comprensión y la convivencia pacífica entre las personas y los pueblos.
Como en casi todas las naciones fronterizas, entre Nicaragua y Honduras hay problemas que tienen profundas raíces históricas y complejos aspectos económicos, políticos y jurídicos. Y en el caso de la crisis actual, es evidente que fue provocada por el gobierno de Honduras al ratificar, a fines de 1999, un tratado de fronteras marítimas con Colombia que fue suscrito en 1986, en el que se reconoce a la parte colombiana derecho territorial hasta el paralelo 17, o sea dentro de aguas jurisdiccionales de Nicaragua. De esa manera, Honduras cedió a Colombia 132,000 km2 de territorio marítimo nicaragüense y ratificó la pretendida soberanía colombiana sobre las islas de San Andrés y Providencia, la que no es reconocida por Nicaragua porque se basa en un tratado –el Bárcenas Meneses-Esguerra– que el país fue obligado a firmar cuando estaba sometido a la ocupación militar extranjera, y, por lo tanto, carecía de facultades para negociar y contraer obligaciones internacionales.
Extrañamente el gobierno de Honduras ratificó su tratado con Colombia sabiendo que era una deslealtad con Nicaragua, y faltando a su deber de solidaridad con la nación vecina y hermana que reclama con toda justicia la abrogación de un tratado espurio y contrario a las normas y principios del derecho internacional.
Pero no es echando leña al fuego del conflicto ni alimentando el odio entre los pueblos hermanos que se puede resolver justamente este conflicto. Hay que esperar el pronunciamiento de la Corte Internacional de Justicia, que tiene en sus manos el caso. Y ojalá que cuando se produzca el fallo de dicha Corte, las partes hondureña y nicaragüense no lo desacaten como lo han hecho con los fallos de la Corte Centroamericana de Justicia.