Ariel Montoya*
Los calificativos del profesor andrés pérez baltodano, en los que hace referencia al comportamiento de la clase política nacional (la llama “Pandilla”), albergan, además del tono pesimista, una equivocada percepción sobre la misma, subestimando el peso y la influencia social, así como la especificidad histórica de la nación nicaragüense, en la que tanto el poder del partido y la solemnidad del caudillo —o el líder— continúan a la vanguardia de las grandes decisiones.
No voy a traer a colación la afirmación aristotélica de que todo hombre es un animal político (en nuestro país también la exaltación provinciana sostiene que todo nicaragüense es un animal poético), sin embargo, tratar de deslegitimar la actividad de los partidos mayoritarios nicaragüenses, comparándolas con las pandillas antisociales, conlleva un desacierto sin precedentes, independientemente de sus abultados errores.
El que haya caudillos y líderes en el país no significa que no tengamos partidos políticos, grandes por cierto, capaces de conglomerar el sentido brujular de la identidad política luego de la ruptura del bipartidismo libero-conservador en 1979.
Más allá de las crisis históricas, ideológicas o circunstanciales de estos partidos mayoritarios (el Liberal Constitucionalista y el Frente Sandinista), y más allá de la aceptación electoral de los mismos, son estructuras sólidas con una concepción propia del mundo, una praxis y una teoría; el hecho de que haya elementos irregulares incontrolados que se constituyan temporalmente en fuerzas agresivas o contrarias a los principios de la ética y del bien común, son hechos que no significan necesariamente la negación de los partidos políticos y sus necesarias reivindicaciones.
Por otra parte, el que el liberalismo sea laico, respetuoso y tolerante de las otras religiones no implica que deba ser necesariamente enemigo del catolicismo. Porque, afirmar lo contrario sería situarse en plena Revolución Francesa, en la época del terror revolucionario cuando se perseguía a los curas y se confiscaban los bienes de la Iglesia. Eso corresponde a épocas pasadas. En la actualidad, en el liberalismo social remozado del mundo moderno, hay liberales, e incluso masones, que van a misa, etc… El mismo Mussolini, el creador del fascismo, mantuvo buenas relaciones con el Vaticano, estableciendo un Concordato. Esa idea de que el liberalismo debe estar en lucha permanente con la religión es una concepción desfasada de la realidad sociopolítica actual; lo malo sería, en todo caso, que las decisiones políticas y sociales dependan del veredicto de la Jerarquía Eclesiástica.
La política, como quería Locke, no debe ser otra cosa sino el buen sentido aplicado a la moral. Y esta máxima, en definitiva, es la que sigue y persigue un partido como el liberal con un candidato de lujo como Enrique Bolaños, de cara en la actualidad a las próximas elecciones nacionales. Hombre moderado, tolerante y fundamentalmente ético, que sabe que los experimentos pragmáticos en el campo de la economía, significan también una revolución; no en su sentido traumático y tenebroso, sino en la esfera del cambio profundo y gradual. Bolaños, a quien el Partido Liberal ha escogido por su calidad moral y humana, así como por ser un conocedor del programa liberal, sabe que, como decía el pensador francés Rivarol: “El genio de la política consiste, no en crear, sino en conservar; no en cambiar sino en fijar”. En cuanto al partido del Frente Sandinista, es inconcebible no configurarlo desde un rumbo estratégico administrativo, sea como oposición o como gobierno, en el dudoso caso de que llegara a ganar las elecciones.
Ya Enrique Guzmán en el siglo pasado había usado el término de pandilleros, para referirse a cierta clase política de la época, enfrascada en tamborileos señoriales. A un siglo de distancia, es inconcebible continuar manejando este tipo de retóricas analíticas sobre su funcionamiento, puesto que mientras siga poseyendo el liderazgo vertebral del desarrollo identitario de la nación, continuará arrojando cenizas y esperanzas, según los elementos dedicados a la política, esa misma que Rivarol definía como la Esfinge de la fábula: que devora a quienes no adivinan sus enigmas.
* Escritor y periodista. Director de la Revista Decenio