Mario Ruiz C.
Somos por lo general y por supuesto con las excepciones del caso, descorteses, tendemos a desatender las normas mínimas de educación.
En la vía pública casi todos, dentro del bus, taxi, automóvil o a pie, lanzamos bolsas, papeles, latas o vidrios a la calle, playas, lagos, ríos y parques, sin importarnos un comino si ensuciamos la vía pública o lesionamos a alguien. Si por algún motivo un conductor detiene su vehículo, inmediatamente se produce un sonar de bocinas que molestan nuestros oídos, dando la impresión que la puntualidad es estrictamente acatada y el tiempo es altamente apreciado.
Vociferamos improperios en caso se cometa una mala maniobra de algún conductor inexperto, sin respetar edad, sexo o tamaño.
Buses y taxis compiten en la ciudad al igual que en una pista de carrera, a vista y paciencia de las autoridades, que además interrumpen el tránsito en las calles más transitadas al solicitar documentos en plena vía a los conductores, y éstos sin respetar ruta e itinerario establecido, ni valorar las vidas humanas que están a su cargo y responsabilidad como transporte colectivo.
En vez de fomentar y auspiciar medios alternativos de transporte y proteger la contaminación ambiental; nos llevamos de encuentro al ciclista y al peatón que va rumbo a su centro de estudio o trabajo, por falta de aceras y vías propias.
Despreciamos la más mínima norma de urbanidad, al no contestar la correspondencia que recibimos y no responder las llamadas telefónicas que nos hacen; tradición y hábito que trasladamos a la función pública y omitimos responder las demandas del ciudadano, a pesar que en el último caso ya no se trata de buenos modales, sino una obligación.
La importancia y fortaleza que concede la forma cortés de expresarse y aún con los grandotes, nos la muestra la anécdota del famoso pianista Liszt quien daba un recital al Zar de Rusia, mientras éste no cesaba de charlar, impaciente Liszt concluyó de repente su recital y ante la angustia de la reacción del soberano, cuando éste se dirigió al músico requiriéndole el porqué había dejado de tocar, Liszt le respondió: cuando vuestra Majestad Imperial habla, todo el mundo debe callar. La respuesta fue una sabia lección al poderoso, pero muy cortés.
Una historia confrontativa y guerrera, todavía nos inhibe concebir la fuerza de la cortesía y la vemos todavía como sinónimo de debilidad y sometimiento, puede sin embargo ser más fuerte y persuasiva que un ejército.
El autor es jurísta