“Piccola” radiografía

Donald Chamorro

Los últimos sucesos en el sector cultura nos muestran cuán ausentes están los gestores, administradores e intelectuales que trabajan y reflexionan sobre la problemática artística.

Es cierto que es un desastre este recorte presupuestario que daña aún más la capacidad de formulación y acción cultural, pero esto es sólo una parte del período desastroso e involutivo que hemos vivido desde hace años el arte y los artistas.

¿Quién se hizo eco cuando decidieron sacar las escuelas de arte del local que ocupaban desde los 70 en la Colonia Dambach y esta colonia para qué sirve a la cultura hoy? ¿No es grave la situación penosa en la que se encuentran desde hace buen tiempo las escuelas nacionales de arte en términos de base material, de estudios, medios, presupuestos, etc.? ¿El salario [entre 800 y 1,500 córdobas al mes] de los especialistas que imparten cada clase es decoroso? ¿Qué voces se escucharon cuando la administración cultural alegremente decidió despedir al director del Coro Nacional con el cual se fueron todos los coristas? ¿Fue inteligente deshacerse de un coro que le costaba al INC sólo el salario de 1,600 córdobas al mes [del director] y formar otro [hasta hoy este nuevo coro, ¿cuántas presentaciones ha hecho?] que de entrada cuesta 5,000 córdobas al mes el salario del nuevo director? ¿Cuánta alarma ha causado en estos años el despido injustificado y torpe de tantos profesionales con altísima y experiencia de este sector tan especializado, traumatizando la capacidad creativa y de aporte y perdiendo el capital de nuestra inteligencia artística? ¿Cuántos personajes de la cultura nacional y funcionarios del INC se pronunciaron en franca condena por el despilfarro, el abuso descarado y la descapitalización de la base material [equipos de audio, toda clase de instrumentos, CD, libros, etc.] que realizó César Prado cuando era director de la Escuela Nacional de Música y coordinador de todas las escuelas de arte?

Yo estoy claro que los artistas tenemos una cuota de responsabilidad en todo esto por no estar debidamente organizados y no haber podido presionar para que se asuma la responsabilidad por el desarrollo cultural y aún por nuestras necesidades; además, el problema no es sólo el último recorte presupuestario. ¡No! Es la falta de voluntad política para invertir en cultura, es la ausencia de una visión donde se mire el arte como un sector productivo, lo que nos ha conducido a estar huérfanos de políticas de desarrollo. El problema, pienso, es que la actual Dirección del INC desarrolló un “Activismo Cultural” agravado por un modo de trabajo voluntarioso y artesanal.

¿O será que es suficiente el diploma de un organismo internacional entregado al Estado de Nicaragua por un patrimonio de todos y una medalla de mecenas entregadas en nombre de qué y de quiénes, para decirse que ha hecho cultura?

Esta crisis es algo que inevitablemente se miraba venir al INC; en unos años, cuando se abran los archivos de la historia musical, se va a ver el daño que se infligió, los errores cometidos y los responsables, funcionarios que han sido dañinos, que han generado tantos vacíos con sus atropellos que ahora caen en sus propios agujeros.

¿Quién puede olvidar el trato hosco con que los artistas han sido tratados, como sus empleados y no como quienes le acompañaron en su responsabilidad? Ese estilo de Dirección no permitió la profesionalización de las disciplinas artísticas. (¿Cuántos seminarios, clínicas, pasantías, intercambios etc. se han dado?), ni la dotación de la infraestructura necesaria para el desarrollo y modernización cultural; es más, fue un muro, una tapia, algo que Dios quiera no vuelva nunca más.

Finalmente claro, que no es bueno un recorte al INC, ojalá que incluso le den un presupuesto mayor para que el arte y los artistas podamos abrazar a Nicaragua toda con “nuestro entero corazón” en un abrazo de nueva vida”, “por un año, una década, siglo y milenio, de verdad, buenos y nuevos para todos”.

El autor es músico  

Editorial
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