Fernando Centeno
Cada vez que circulamos en vehículo o caminamos por las ya deterioradas calles de nuestra capital nos exponemos no sólo a ser víctimas del desenfreno de quienes conducen en forma irresponsable, sino que también a los cada día más peligrosos gases contaminantes que expelen los escapes de las chatarras que circulan sin ningún tipo de restricción.
Este peligro se cierne más directamente sobre los centenares de vendedores, muchos de ellos menores de edad que se ganan el sustento en los semáforos, paradas y terminales de buses o en otros sitios de afluencia vehicular, o bien en los ordenadores de tránsito cuyos pulmones, al igual que los de los vendedores, reciben los desechos tóxicos.
Un reciente estudio reveló que los capitalinos estamos más expuestos a estos gases, en especial al dióxido de nitrógeno (NO2), el monóxido de carbono y el ozono, que superan en forma significativa los valores guías establecidos internacionalmente.
Estas concentraciones aumentan considerablemente entre octubre y abril, durante la estación seca, lo cual constituye un serio factor de riesgo para la salud.
Si a esto sumamos el abuso en las bocinas de taxistas y buseros, que violan flagrantemente las leyes de Tránsito y las leyes ambientales, nos encontramos que la anarquía continúa expresándose en el deterioro de nuestro ambiente, por lo que se hace cada vez más necesario priorizar una agenda ambiental que lleve a primer plano los problemas que afectan a la ciudad, que en el caso de Managua lo constituyen entre otros la basura, la contaminación en las calles, el ruido y contra los cuales muy poco o nada se hace por el cumplimiento de las leyes vigentes.
La Ley del Ambiente y su Reglamento se encuentra vigente desde 1996, estableciendo plazos, por cierto ya vencidos, sobre el control de emisiones vehiculares, los cuales, y pareciera una burla, se aplican a los vehículos nuevos, y no a los usados.
¿Cómo estarán los pulmones de aquellas personas que permanecen casi quince horas recibiendo grandes cantidades de gases, partículas y vapores, así como soportando un ambiente cargado de ruidos y basura?
No hay que pretender que con sólo la aplicación de las leyes se termina con este problema. Hace falta una solución más integral que incluya una mejor calidad de los combustibles, incentivos para quienes mantengan sus unidades de transporte en buen estado, mejores calles y carreteras, un tránsito más ordenado, una mejor educación vial y una mayor responsabilidad de los organismos encargados de controlar el ruido y las emisiones de gases contaminantes.
Es responsabilidad también de los medios de comunicación difundir sobre el peligro que conlleva el aspirar durante horas los gases del tráfico vehicular, y soportar el exceso de ruido de las bocinas estridentes, así como la necesidad de promover leyes que no sólo se encarguen de penalizar, sino de promover e incentivar el buen manejo de nuestros recursos y ayudar a combatir la contaminación.
Este es el momento cuando hay nuevas autoridades edilicias y se desarrolla un proceso electoral nacional, de impulsar una agenda ambiental para incluir estos temas en las propuestas de los futuros gobernantes y diputados, a fin de promover y aprobar leyes que protejan una nación cada vez más vulnerable a los desastres naturales por el poco control de sus recursos y lograr una mayor participación ciudadana en la discusión de las mismas.
La necesidad de un verdadero ordenamiento territorial, la elaboración de políticas nacionales por sector, destinar recursos financieros para la aplicación de las leyes, un mayor impulso al ecoturismo, el desarrollo de una forestería sostenible, un mejor aprovechamiento de las fuentes alternas de energía, una campaña sostenida contra el problema de la basura. En fin, son numerosos los temas que deben formar parte de una agenda ambiental que nos permitan con una nueva visión de nación, salir del deterioro ambiental que estamos viviendo.
* El autor es periodista, directivo de APCAN.