El discurso que el embajador Lino Gutiérrez —Subsecretario de Estado Adjunto de Estados Unidos para Asuntos del Hemisferio Occidental— pronunció el viernes de la semana pasada ante la Cámara de Comercio Nicaragüense-Americana (AMCHAM), produjo entre los políticos de Nicaragua sentimientos dobles y reacciones encontradas. Y no podía ser de otra manera.
Como es sabido, en su discurso —que fue publicado íntegro por LA PRENSA el domingo recién pasado— el conspicuo funcionario norteamericano expresó categóricamente las reservas de su Gobierno ante el posible regreso del FSLN al poder, y definió las condiciones a las que los sandinistas tendrían que ajustarse si ganaran las elecciones de noviembre próximo y quisieran tener “relaciones excelentes” con Estados Unidos. De modo muy significativo, el embajador Gutiérrez concluyó su discurso ante AMCHAM asegurando “al pueblo de Nicaragua que no les hemos olvidado y que no los abandonaremos”.
Por supuesto que el discurso de Gutiérrez alegró a los políticos antisandinistas, particularmente a los liberales constitucionalistas que interpretaron la alocución del funcionario norteamericano como un espaldarazo al candidato oficialista Enrique Bolaños. Y por otro lado, las palabras del embajador Gutiérrez molestaron a los sandinistas y sus partidarios, que reaccionaron con indignación contra lo que calificaron como “intervencionismo yanqui” en la política interna de Nicaragua. Algunos sandinistas inclusive compararon el mensaje de Lino Gutiérrez con la “Nota Knox”, o sea la histórica notificación del Secretario de Estado Philander Knox al Encargado de Negocios de Nicaragua en Washington, Felipe Serrano, en diciembre de 1909, de que Estados Unidos ya no tenía confianza en el Gobierno de Zelaya, lo que provocó la caída de la dictadura zelayista.
Pero lo que dijo el embajador Gutiérrez el viernes pasado no fue nada novedoso. Lo que él señaló de los sandinistas sin mencionarlos por su nombre, es lo mismo y hasta menos que lo que piensan y dicen explícitamente muchos nicaragüenses -más de la mitad de la población- que sienten temor ante el posible regreso del FSLN al poder, y que temen por la simple y sencilla razón de que los dirigentes sandinistas, aunque mucho digan que han cambiado, son los mismos que impusieron la dictadura totalitaria de los años ochenta, crearon el MINT y la DGSE y violaron masivamente los derechos humanos, confiscaron la propiedad privada y destruyeron la economía nacional, persiguieron a los jóvenes por el servicio militar y a los religiosos que no se plegaban a la revolución, suprimieron la libertad de expresión y de prensa, se adhirieron a aventuras internacionales revolucionarias, etcétera.
La verdad es que aunque durante su gobierno el FSLN hiciera cosas buenas para una parte de los nicaragüenses —precisamente la que todavía lo apoya-—, lo más importante es que los sandinistas causaron mucho daño a la mayor parte de la población. De modo que el FSLN inspira y seguirá inspirando temor a la mayoría de los nicaragüenses e inquietudes a la comunidad internacional, porque además nada indica que hubiera cambiado como lo hicieron los ex partidos marxistas-leninistas de los extintos estados comunistas de Europa Oriental, que abjuraron de la ideología totalitaria y se convirtieron en socialdemócratas, echaron de sus filas a los principales violadores de derechos humanos y dieron pruebas fehacientes de su adhesión a los principios y normas de la democracia.
En realidad, calificar como intervencionista el discurso del Subsecretario de Estado Adjunto es hipocresía política. Si el ex embajador Gutiérrez hubiese dicho que el Gobierno de Estados Unidos confía plenamente en el FSLN y que si vuelve al poder lo apoyará de manera incondicional, ningún sandinista hubiera calificado sus palabras como intervencionistas y más bien las habrían aplaudido hasta el delirio. Y en ese caso, hubieran sido los liberales constitucionalistas, a la cabeza el mismo Presidente Alemán, quienes habrían condenado por intervencionista a Gutiérrez, como lo han hecho con los embajadores extranjeros que critican la corrupción en el gobierno de Nicaragua.
Lo realmente triste de esta historia es que tengan que venir los extranjeros a decirnos qué es lo correcto que debemos hacer los nicaragüenses, tanto en la economía como en la política, siendo que nosotros muy bien lo sabemos pero no lo hacemos por múltiples motivos, ante todo por el empecinamiento de los caciques políticos locales.