Opresión a la vista

Jorge Salaverry*

Con frecuencia escucho a algunos conductores de programas televisivos pedirle a los partidos políticos que presenten sus programas de gobierno para saber “a qué atenernos” si uno de ellos llegara a gobernar. Debo confesar que esas solicitudes me causan risa, porque asumen que por el contenido de un documento es posible anticipar la actuación real de un partido una vez que el mismo alcanzara el poder. Lamentablemente, esas peticiones denotan un alto grado de ingenuidad que resulta fácil de comprobar. Tomemos como ejemplo el documento que el Frente Sandinista hizo público el lunes pasado y que contiene los lineamientos programáticos que supuestamente inspirarían las acciones de otro gobierno frentista.

Dice el documento, que si la mayoría lo decide a través de un plebiscito, se convocará a una Asamblea Nacional Constituyente, que “…será la encargada del… montaje del nuevo régimen político de carácter parlamentario”. ¿De carácter parlamentario? ¡De ninguna manera!, se encargó de aclarar el mandamás del Frente Sandinista y candidato a la Presidencia, señor Daniel Ortega. (Una vez más —recordando lo cierto que es que el papel aguanta todo— me tuve que reír al ver confirmada mi desconfianza en los “programas de gobierno”). Ortega mismo se encargó de demostrar que dicho documento no es más que papel mojado, o sea, falso, inútil y no creíble.

En declaraciones a los medios de comunicación ese mismo día, el candidato frentista dijo que no se trata de cambiar un sistema presidencialista por uno parlamentario “porque la gente no confía en el parlamento”. De lo que se trata, dijo, es de “ir a todos los municipios y de organizar ahí a los diferentes sectores de la sociedad”. Debo confesar que en un instante mi risa se congeló y se transformó en profunda preocupación cuando escuché las pretensiones “organizativas” de Don Daniel. La palabra organización, en la mente de un socialista como él, toma un significado muy particular y altamente peligroso. Para él, y para los que piensan como él, organizar es sólo otra manera de abogar por la supresión de la libertad.

Como dice Robert Michels en su famosa obra “Los partidos políticos”, los socialistas son “los más fanáticos entre todos los partidarios de la idea de la organización”. No es extraño entonces escuchar a Fidel Castro en su visita a Venezuela en octubre del año pasado decirle al Presidente Hugo Chávez: “Chávez, tú lo que tienes que hacer aquí es organizar a las mujeres, a los campesinos, a los…”. El concepto de organización en la mentalidad socialista es sinónimo de control, de opresión, de falta de libertad individual. Equivale a sustituir la libre iniciativa personal, que encierra un enorme potencial de generación de riqueza para todos, por la esclerótica rigidez de organizaciones burocráticas que responden a lineamientos partidistas y que ahogan toda posibilidad de lograr progreso y bienestar, salvo, claro está, para quienes controlan esas organizaciones.

Lo más importante aquí es tomar en cuenta que nada de eso es nuevo. Fue precisamente lo que el sandinismo hizo en el pasado y lo que haría nuevamente bajo un nuevo disfraz si volviera al poder. El Frente Sandinista, que tiene una mentalidad socialista, ha probado ser enemigo de la libertad individual. De ahí su fanatismo por la organización.

Pero más falsa no puede sonar la oposición de Ortega al sistema presidencialista. Basta recordar que cuando él era Presidente de la República y su partido tenía el control absoluto del poder político, fue cuando, en 1986, se elaboró una nueva Constitución que creó el sistema más presidencialista de la historia de Nicaragua. Pretende ahora el señor Ortega ignorar y olvidar que fue necesaria una profunda reforma constitucional en 1995 —a la que él se opuso vehementemente— para reducir significativamente el poder omnímodo con que él y su partido habían dotado a la Presidencia.

No hay que engañarse. Lo que Ortega y el sandinismo buscarían desde el poder sería la elaboración de una nueva Constitución Política populista y demagógica —como la que logró Chávez en Venezuela— que les permitiera concentrar en la persona de Ortega todo el poder y la capacidad de tomar decisiones bajo la apariencia de un falso poder decisorio en la población.

Anticipo desde ya aquellas manifestaciones públicas en las que Ortega justificaría sus decisiones populistas “preguntándole” a los “sectores organizados” aquellas preguntas que llevan implícita la respuesta deseada. Eso significaría un retorno a los horrores del pasado, la muerte de la libertad individual, y el fin de toda posibilidad de lograr que Nicaragua progrese y se desarrolle. ¡Qué horror!

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa
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