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Ir tras el “sueño americano” de tener trabajo y ganar suficiente dinero para llevar una vida de comodidad, le ha costado la vida a muchos centroamericanos, nicaragüenses incluidos, de los que ni siquiera se sabe dónde quedaron y sus familias sólo pueden decir que desaparecieron después de emprender el viaje, indocumentados, hacia Estados Unidos.
La pobreza y las injusticias que se observan en nuestros países, empujan a mucha gente a sacrificarse y apostar su vida por un sueño. Se sacrifican primero para pagar a los traficantes, los llamados “coyotes”, y luego se exponen a la muerte cruzando ríos violentos o desiertos extensos, donde los traficantes suelen abandonarlos.
Sabemos que muchos han logrado llegar a la meta y consiguen el trabajo ansiado, bien o mal pagado, con el que solventan la alimentación de los familiares que dejaron, lo que les hace sentir mejor aún en medio de la intranquilidad de vivir ocultos, temiendo que en cualquier momento los deporten.
Lo que desconocemos es la cantidad que ha muerto en el intento de realizar ese sueño, porque en el desierto de Sonora, que se prolonga en Arizona, Estados Unidos, con frecuencia hallan osamentas de mujeres, hombres y niños, sin poder precisar cuántos han corrido esa suerte y de dónde venían.
Las estadísticas del gobierno de Estados Unidos indican que durante el año fiscal del 2000 (cierra en septiembre) murieron 161 indocumentados y en lo que va del año fiscal 2001 han muerto 118. Esta cifra no incluye los 14 cadáveres que fueron encontrados la semana antepasada en la zona desértica de Yuma.
Pero el problema principal no está allá, en Estados Unidos, sino en nuestros países donde gran parte de la población tiene dificultades para sobrevivir, porque carecen de empleo o ganan poco, además de la desesperanza que les provoca la corrupción y la mala distribución de la riqueza que frena la mejoría económica nacional.
Es obvio que para economías en crisis, como la de Nicaragua, los migrantes han significado un alivio porque mandan cientos de millones de dólares en remesas. Según el periódico The New York Times, los inmigrantes radicados en Estados Unidos enviaron el año pasado unos 20 mil millones de dólares a sus familiares en América Latina y la región del Caribe.
No obstante, un país no puede depender siempre de las remesas y Nicaragua tiene que buscar cómo atraer más inversión, para que haya más empleo y menos personas queriendo emigrar. Un obstáculo para lograrlo es la corrupción y la justicia poco transparente que alejan las buenas inversiones y ensombrecen más el futuro a los pobres que al no poder vivir bien aquí optan, decepcionados, por el “sueño americano”, aunque para esto tengan que endeudarse o vender su casa y poner su vida en manos de un “coyote” inescrupuloso.