Prisioneros del pasado

Según el antiguo líder demócrata cristiano y ex Contralor General de la República pero ahora candidato vicepresidencial del Frente Sandinista, ingeniero Agustín Jarquín Anaya, los nicaragüenses, para no seguir siendo “prisioneros del pasado” deberían votar en las elecciones de noviembre por el regreso al poder del FSLN.

Jarquín hizo ese singular planteamiento el lunes 28 de mayo en la Asamblea Sandinista que proclamó oficialmente su candidatura vicepresidencial. Un día después, el martes 29 de mayo, Jarquín aseguró en un programa de televisión que el regreso al poder del FSLN es lo que más conviene a los empresarios privados nicaragüenses. Y esa misma noche, el candidato presidencial sandinista, Daniel Ortega, se reunió con el opulento y emblemático empresario Carlos Pellas, en la residencia de este último, aunque ninguno de los dos informó al público lo que conversaron y convinieron, si es que algo acordaron.

Por otro lado, pero en el mismo orden, los sandinistas del FSLN han hecho saber de manera extraoficial que planean proponer a destacados exponentes del sector privado nicaragüense, inclusive miembros del actual gobierno liberal, para que ocupen cargos en el próximo gabinete gubernamental, en el caso de que Ortega gane las elecciones. De manera que el FSLN propondría, por ejemplo, que el doctor Noel Ramírez continúe como presidente del Banco Central, que don Augusto Navarro siga como titular del Ministerio de Agricultura y que el doctor Jaime Incer Barquero se haga cargo de la protección de los bosques y demás recursos naturales.

Algunos analistas políticos califican como muy inteligente y audaz esta estrategia de imagen y relaciones públicas del FSLN. Sin embargo, el mismo Daniel Ortega, en el kilométrico discurso tipo Fidel Castro que pronunció en la Asamblea Sandinista del 28 de mayo, criticó la estabilidad macroeconómica y el bajo índice de inflación que hay ahora en el país, vislumbró que si vuelve a tomar el poder de nuevo incrementaría el gasto público y por lo tanto la emisión monetaria inorgánica, habló de una economía de mercado “humanizada” por la intervención estatal, y propuso el establecimiento de un sistema político de “control popular” de la democracia, sin dudas algo como lo que existe en Libia bajo la tiranía de Muammar Gadafi, a quien por cierto Ortega acaba de visitar y reiterarle su amistad y adhesión política.

Por otro lado, el hecho de que Daniel Ortega y el FSLN prometan desarrollo económico y bienestar social, democracia participativa, respeto a la propiedad y al capital, participación en el gobierno de conspicuos miembros del sector privado, relaciones amistosas con Estados Unidos, etcétera, no es ninguna novedad. En realidad, el Programa de Gobierno de Reconstrucción Nacional con que el FSLN tomó el poder en 1979, así como el Estatuto Fundamental y el Estatuto de Derechos y Garantías de los Nicaragüenses, eran documentos impecablemente democráticos. Y en la primera etapa de aquel gobierno sandinista participaron como miembros de la Junta de Gobierno, ministros y otros altos cargos, personalidades del sector privado tan relevantes como Violeta B. de Chamorro, Alfonso Robelo (miembros de la JGRN); Manuel José Torres, Ministro de Agricultura; Noel Rivas Gasteazoro, Ministro de Economía, y el coronel ex GN Bernardino Larios, Ministro de Defensa.

De manera que las nuevas promesas y enamoramientos del FSLN a empresarios privados y personalidades democráticas no hacen al FSLN y a Daniel Ortega distintos de lo que fueron cuando estuvieron en el poder e impusieron una dictadura totalitaria. Pues, como es bien sabido, a los partidos políticos lo mismo que a las personas se le juzga por lo que hacen y por lo que hicieron, o por sus rectificaciones evidentes y convincentes, no por lo que prometen ni por lo que dicen de ellos mismos.

En realidad, con su renuencia a cambiar de verdad, como cambiaron los ex partidos marxistas-leninistas de los desaparecidos estados comunistas de Europa Oriental; con su empecinamiento en mantener al frente del partido, en los cargos públicos y en las principales candidaturas a los mismos líderes represivos de los años ochenta; con la repetición de los discursos populistas de los años ochenta, etc., son los sandinistas del FSLN quienes se mantienen patéticamente prisioneros del pasado, de su propio pasado.  

Editorial
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