Israel Benavides
Entender claramente los sucesos y disponer de las herramientas analíticas adecuadas permite desarrollar modelos eficientes para pronosticar el futuro. El asunto es que los modelos teóricos utilizados para proyectar el futuro están sustentados en una serie de supuestos que no son nada reales y que simplifican extraordinariamente los problemas sin afectar significativamente a la respuesta.
El arte del pensamiento científico ya sea en política o en economía, está en saber qué supuestos debemos postular. En economía, por ejemplo, una reducción del precio altera las ventas, bajo el supuesto que los precios de los bienes sustitutivos que vende la competencia no cambian.
Así que, si queremos analizar cuál será el comportamiento del electorado nicaragüense de aquí al cinco de noviembre, necesariamente nos vemos obligados a utilizar como método de análisis los supuestos simplificadores que son muy populares en las ciencias económicas.
Partamos, por ejemplo, de los insumos proporcionados por la encuesta de abril de CID-Gallup. Aquella encuesta reflejó un empate entre liberales y conservadores, pues ambos captaron un segmento de mercado del 21 por ciento cada uno; en tanto que el candidato sandinista aún no superaba su propia curva de posibilidades de producción. La sumatoria del segmento indeciso era igual al 32 por ciento, siendo también un elemento que llama la atención el alto porcentaje de opinión negativa hacia el candidato sandinista Daniel Ortega.
Utilizando como única premisa la encuesta, podemos decir que el voto activo (compuesto por el segmento que opinó positivamente por uno de los tres candidatos, el 68 por ciento) refleja una tendencia muy clara. El próximo presidente de Nicaragua podría ser Daniel Ortega, bajo los siguientes supuestos simplificadores: (1) Que la estrategia de mercadotecnia política de los partidos sea tal que no afecte en nada la estructura de la oferta del voto activo (es decir que el 68 por ciento que “votó” no cambie su “conducta de consumo”). (2) Que la estrategia de mercadotecnia política divida al codiciado segmento indeciso que según la encuesta es del 32 por ciento en tres partes iguales. (3) Que no se formara ninguna alianza entre liberales y conservadores.
Pero bajemos de este mundo imaginario a un mundo mucho más real, las encuestas han reflejado en diversas oportunidades que el político con mayor porcentaje de opinión negativa es Daniel Ortega. En este sentido hemos de suponer que sólo una estrategia de mercadotecnia política que logre neutralizar la opinión negativa y genere confianza en algunos sectores cuya incertidumbre es elevadísima, podría elevar el techo electoral del candidato sandinista. De lo contrario, corre el riesgo de sufrir su tercera derrota, o en el mejor caso pasar a una segunda vuelta, lo que no es muy promisorio para el FSLN, pues está demostrado que la derecha es propensa a las alianzas en segunda vuelta para no permitir un triunfo izquierdista.
En particular creo que un triunfo en primera vuelta por cualquiera de los tres contendientes garantizaría un parlamento mucho más plural, pues la diferencia de votos entre el primero, segundo y tercer lugar sería tan pequeña (basado en la encuesta), que nadie tendría la mayoría absoluta en la Asamblea y las decisiones serían tomadas en un ambiente de consenso.
En otro orden, creo sinceramente que sería lamentable una alianza libero-conservadora porque definitivamente enterraría la pluralidad, triunfaría sin duda el liberalismo pero el partido conservador desaparecería para siempre del mapa político. Aún más, liberales y sandinistas tendrían de nuevo la oportunidad de formar un duopolio político que perpetuaría el pacto libero-sandinista que tanto daño le ha causado a nuestra incipiente democracia. Creo, por último, que las alianzas cuya filosofía es la exclusión de una fuerza política atentan contra la democracia y la pluralidad en todos sus contornos.
* El autor es director de la Escuela de Comercio Internacional y Economía de la UCC.