En esta época que nos toca vivir, difícilmente existe un día que no esté dedicado a la conmemoración de algo o de alguien. Muchas de esas conmemoraciones, sin embargo, pasan desapercibidas para la mayoría de nosotros. No ocurre así con el día que hoy celebramos: el Día de la Madre.
Esta celebración que tuvo su origen moderno en el Estado de West Virginia en los Estados Unidos a principios del siglo pasado, se extendió rápidamente por todos los demás Estados de la unión norteamericana, y, casi simultáneamente, por el resto del mundo. No es, como muchos creen, una creación de los comerciantes para aumentar sus ventas, sino que fue la iniciativa muy personal de una mujer, Anna Jarvis, quien sufrió mucho por la temprana pérdida de su madre. La señora Jarvis observó que algunos niños no demostraban por sus madres el debido aprecio mientras ellas estaban en vida, y consideró que la dedicación de un día específico para honrarlas estimularía el respeto por los padres y fortalecería los lazos familiares.
En este día, por lo tanto, es raro el hijo o hija que no haga hasta lo imposible por demostrarle de una manera especial a la autora de sus días el amor y agradecimiento que sienten por ella. Quienes tienen posibilidades económicas le regalarán algo, y por eso vemos que este día concita una gran actividad comercial. Las tiendas hacen ofertas especiales, los restaurantes se llenan, las floristerías, los mariachis y los tríos tienen dificultad para satisfacer la demanda de sus productos y servicios, en fin, se trata de un legítimo anhelo de hacer sentir bien a quien nos dio el preciado don de la vida. Quienes actualmente sufren en carne propia el flagelo de un desempleo que no les permite comprarle ni regalarle nada a sus madres, tienen cuando menos la posibilidad de visitarlas, en el entendido de que para ellas el regalo más importante es la presencia afectiva, cariñosa y agradecida de los hijos. Y aquéllos que ya no tienen a sus madres en vida, es muy posible que visiten sus tumbas en los cementerios y que las recuerden en sus oraciones.
La maternidad es un preciado don que el Creador le confió a la mujer, y como todo don o regalo divino, tiene mucho de misterio. Sólo una mujer puede experimentar a profundidad la sensación del embarazo, el dolor del parto, y el gozo indescriptible después de él. De ahí que la madre sienta un vínculo con el ser producto de sus entrañas que es independiente del tiempo y de las circunstancias. Por eso es natural observar en ellas una inmensa capacidad de sacrificio y de dedicación al hijo, aún cuando éste se descarríe o no corresponda al amor maternal. La madre comprende, perdona y espera. La madre ama incondicionalmente. Su función como primera educadora de los hijos, con el apoyo del padre a veces, y a veces sola, es insustituible. De ella depende en gran parte la calidad de los futuros ciudadanos.
Es lamentable observar que algunos movimientos feministas radicales hayan intentado desvincular a la mujer del entorno familiar para, según ellos, hacerla autónoma y darle su verdadera dignidad. La maternidad desde esas ópticas radicales viene a ser vista incluso como algo que impide el desarrollo de la mujer. Esos movimientos pierden de vista la función central e indispensable de la familia como el ámbito natural y deseable para el desarrollo armónico del ser humano. Ni el hombre ni la mujer son autónomos. Ambos son seres humanos con igual dignidad que están llamados a amarse, a respetarse a apoyarse y a complementarse en el seno familiar.
La madre y el padre, conjuntamente, deben constituirse en el eje central de la familia, esa institución que no es el producto de un convencionalismo social sino que es connatural al ser humano. Pero es la madre, como ningún otro ser, quien tiene la capacidad de mantener unida a la familia, y como se sabe, una familia unida está más propensa a ser feliz y a enfrentar los embates de la adversidad.
Nuestro cariño, admiración, respeto y agradecimiento a todas las madres de Nicaragua en este día.