Bush en la mira

Roberto Porta Córdoba

Las críticas contra el Presidente estadounidense George W. Bush en sus primeros cuatro meses han sido implacables. De Beijing a Bagdad, pasando por Moscú y Bruselas, se le ha tildado de soberbio, insensible y de idiota con botas. Pero, ¿es esta animadversión totalmente justificada?

Retirarse del acuerdo de Kyoto fue el primero de dos detonantes. Bush lo explica aduciendo tres puntos: que el calentamiento global es una teoría basada hasta ahora en ciencia especulativa y proyecciones imprecisas; que no es justo que se le requiera a los EE.UU. recortar un 7% de sus niveles de emisión de CO2, en su carácter de país desarrollado, mientras potencias como China y la India están exentos de reducir sus niveles de emisión, al catalogárseles como países en vías de desarrollo en los términos del acuerdo, y que una reducción en los niveles de emisión perjudicaría en estos momentos a la economía estadounidense.

En realidad, aunque existe evidencia circunstancial que vincula la emisión masiva de CO2 al daño en la capa de ozono, no hay evidencia científica contundente para culparlo exclusivamente, y aunque no se puede obviar que el 25% de toda la emisión de CO2 del mundo se origina en EE.UU., los criterios utilizados en Kyoto conceden injustificadas ventajas a algunas de las naciones industrializadas. La explicación difícil de aceptar es la económica, pues si bien la economía estadounidense está resfriada, le sería más fácil absorber los costos implícitos del acuerdo si no fuera por la latente crisis energética en algunas regiones del país, causadas parcialmente por desregulaciones mal conducidas, y por la carencia de fuentes energéticas alternas, producto de miopía política pasada. En ambas situaciones, los gobiernos estadounidenses tienen responsabilidad directa. No obstante, conviene aclarar un punto: los EE.UU. no se han retirado de los acuerdos de Kyoto. Simplemente, nunca estuvieron en ellos. En 1997, el Senado estadounidense votó 95 a 0 en contra de su ratificación citando el tema de los requerimientos desiguales, lo cual hace que la postura de EE.UU. en el tema sea una política de Estado y no exclusivamente una Republicana.

El segundo detonante de disensión con Bush ha sido su alegada belicosidad, específicamente sus planes para un escudo antimisiles y su tratamiento hacia China. Se argumenta que como Republicano, Bush favorece la escalada armamentista en su política exterior y que el escudo podría activar nuevas confrontaciones bélicas. Sin embargo, fue durante la Administración de Clinton que el escudo se puso inicialmente a prueba. Los EE.UU. defienden su adopción bajo el argumento de que el escudo es un medio defensivo ante la amenaza de naciones hostiles, y que EE.UU. tiene derecho a fortalecer la seguridad de sus ciudadanos unilateralmente. Aunque la distinción de países hostiles puede ser manipulable, no es un secreto que cuando la diplomacia fracasa las diferencias entre adversarios pueden tornarse en aventuras peligrosamente impredecibles, de las que EE.UU. quiere estar protegido.

Con respecto a China, Bush actuó con respeto pero con firmeza durante el incidente del avión espía y en la venta de armas a Taiwan. En el primero, regateó las disculpas, esperando quizás que Beijing analizara el riesgo de perder un partner tan conveniente como los EE.UU. con quien China mantiene un balance comercial favorable y donde asisten miles de estudiantes chinos a las universidades. Al final, las diferencias se resolvieron y Bush lució bien en casa. En el segundo, Bush aprobó la venta de una cantidad inusitada de armas a Taiwan, pero vetó la venta de los controversiales barcos equipados con el radar Aegis, lo cual tranquilizó a China y complació a los sectores duros de ese país.

Donde sí erró Bush fue en haber declarado posteriormente que los EE.UU. estaban obligados a defender a Taiwan en caso de una agresión de China. Además, de irritar a Beijing nuevamente, sus declaraciones rompieron con la ambigüedad deliberada y exitosa que había mantenido la política exterior estadounidense en la región desde la época de Nixon.

Ciertamente, Bush no ha tenido la sutileza política de Clinton, pero no se comprueba aunque sus acciones respondan a valores y objetivos ajenos al establecimiento tradicional estadounidense. Al menos en estos momentos, cuestionar a Bush es prácticamente cuestionar a Estados Unidos. Quizás es necesario que se documente mejor, que telefonee más a sus colegas y suene más conciliatorio. Bush tendrá esa oportunidad en las próximas semanas, cuando visite Europa por primera vez como mandatario y ponga a prueba su entereza política. Por ahora, sus resultados han sido mejor de lo esperado y tal vez sea muy temprano para juzgarlo.

* Politólogo nicaragüense.  

Editorial
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