Humberto Belli Pereira
Hace poco el gobierno redujo la jornada laboral de los empleados públicos de ocho a cinco horas (casi en un cuarenta por ciento), usando una argumentación asombrosa: Que dicha reducción no disminuiría la producción o aporte global de su fuerza laboral, que no afectaría la calidad de los servicios, y que más bien generaría un ahorro neto de 40 millones de córdobas en agua, luz y teléfonos. La argumentación es asombrosa porque sólo podría ser válida si se admite que burocracia estatal es ineficiente al extremo.
Efectivamente, cualquier empresario privado sabe que la hora hombre de cada trabajador tiene cierta productividad y cierto costo. Si a un trabajador se le pagan veinte córdobas la hora, se suele asumir que esa hora vale, o produce, al menos eso. Normalmente el empleado produce algo más de lo que se le paga. Lo contrario llevaría a la quiebra.
Si la hora de trabajo de los empleados públicos valiera los aproximadamente veinte córdobas que sugiere el presupuesto de la república, una reducción de tres horas diarias, multiplicadas por el número total de horas–hombre anuales que tiene el Estado, debería resultar en una pérdida neta de unos mil millones de córdobas anuales. Asumiendo, claro está, que dichas horas son productivas.
Expresándolo de otra forma, lo que la masa de empleados públicos produce cada tres horas, debería ser mucho mayor que los gastos de oficina que ocasionan durante ese período. Si se piensa que reducir la jornada en el Estado en casi el cuarenta por ciento no ocasiona ningún costo o pérdida, es porque inevitablemente se asume que el aporte o productividad económica de esos millones de horas anuales que se están recortando, es cero, o muy cercano a cero.
Esto es lo que parece confirmar, efectivamente, el segundo argumento usado por el gobierno: Se reducirá la jornada de los servidores públicos en casi el cuarenta por ciento, pero la calidad de los servicios que prestan seguirá siendo la misma. El problema es que es difícil imaginar, cómo empleados que trabajan su jornada con intensidad, eficiencia y productividad, puedan reducir su esfuerzo, en un cuarenta por ciento, y seguir haciendo lo mismo. Esto sólo podría ocurrir si alguna innovación masiva y excepcional dentro del Estado hubiese súbitamente incrementado la productividad de su mano de obra. Si no es así la conclusión es que dichas horas sobraban.
En los próximos meses veremos qué pasa con los servicios públicos. Si no hay deterioro en la calidad de los mismos, tendremos que concluir que al menos el cuarenta por ciento de la jornada estatal no servía para nada y se pagaba de balde.
Y es muy probable que así sea. El gobierno probablemente no se equivoca al estimar en tan poco el aporte productivo de la jornada laboral estatal. Hace pocos días Joaquín Absalón Pastora, (“La Jornada Laboral,” LA PRENSA, l6,5,01), describía con perspicacia el ambiente laxo, pausado y feliz, de muchos ministerios. En justicia hay que advertir que el problema de la ineficiencia del Estado no es especial de Nicaragua. La verdad es que en el ámbito mundial, el escepticismo sobre las virtudes o capacidades del Estado como administrador, o ejecutor, ha sido una de las notas dominantes de la conciencia contemporánea y del pensamiento liberal.
Lo que debería sorprender más es que la correcta percepción del gobierno sobre la baja productividad de su fuerza laboral no haya producido todas sus consecuencias lógicas. El Estado se percató que más de un tercio de su fuerza laboral sobra o que trabaja con mucha ineficiencia. Podría entonces haberse propuesto lanzar la necesaria reestructuración y ahorrarse unos mil millones de córdobas, que pesan sobre los contribuyentes y que producen un insostenible déficit fiscal. En cambio se propuso ahorrar sólo 40 y premiar a su personal con un aumento de sueldo masivo. Pues si hoy me pagan por cinco horas lo que ayer me pagaban por ocho, ¿No han aumentado mi remuneración por hora en un 37.5 por ciento?
En Nicaragua, no cabe duda, aún queda pendiente una ambiciosa y radical re-ingeniería del Estado, que lo reduzca a una fracción, pequeña pero más eficaz, de lo que es hoy día, y que traslade a la sociedad civil, o al sector privado, muchas de sus recursos y prerrogativas. Allí donde las horas de trabajo cuentan y rinden más. En parte porque allí la eficiencia tiene mayores consecuencias, y en parte porque se suda más por hora.
* El autor es presidente de Ave María College of the Americas.