Hugo Ramón García
Si un partido político, cualquiera que sea, aspira a tener fuerza, es preciso que los que se hacen llamar “dirigentes” cuenten con la convocatoria requerida, y para alcanzar esto último, hay que tener la suficiente credibilidad, dicho sea de paso no se compra en los mercados, ni tampoco en las tiendas, sino que se trae consigo mismo.
Se entiende que aquellos que se ufanan de ser “dirigentes” son los que no disponen de credibilidad, ni tienen la gracia de aparentarlo, porque el que maneja con su conciencia, o con su comportamiento mediocre el chisme, la intriga, y hasta la calumnia, a sabiendas de los daños que causa aún a sus mismos correligionarios, ese está muy lejos de considerarse “dirigente”.
Un verdadero dirigente político, aprende a sumar, y no a restar. Las malas conjeturas las usan quienes no entienden la política, porque aunque se diga que la política es sucia, quien la ensucia es el que la ejerce, y para muestra citemos un ejemplo: se dice con reiterada insistencia que la profesión del Derecho es sucia, no, tal apreciación no la comparto, esta carrera no puede ser sucia, porque es una vocación, y es un apostolado; quien la ensucia y la denigra con sus hechos, es el que la ejerce. Son coincidencias tan claras como el agua, y no hay por qué perderse.
En Nicaragua, hablo por mi país, la política la ensucian los “políticos”, y la ensucian simplemente porque no les interesa ser creíbles. Quien practica como deporte, la difamación, no puede llamarse “honesto”, y si no es honesto no puede alcanzar niveles de credibilidad.
La fuerza de un partido no se mide por las cuotas de poder que tenga, sino por la calidad de quienes lo “dirigen”. ¿De qué sirve que un partido cuente en su seno con muchos “cuadros” si por ausencia de credibilidad no reúnen convocatoria alguna? En la generalidad de los casos, los partidos viven sus propias crisis internas cuando sus “dirigentes” no actúan de buena fe. Cuando se guían por los intereses personales al extremo de negarle el derecho a sus “correligionarios”, ya que con una mentalidad egoísta llegan a pensar que solamente ellos tiene la razón en sus “argumentos” y que nadie puede objetarlos.
Pero todo esto lo genera la falta de honestidad que viene a ser sustituida por la audacia de tanto engaño, y mucha mentira que suelen materializar los que con crónica equivocación se dicen llamar “dirigentes” sin reunir a la altura de la lógica los merecimientos de rigor. Por la verdad histórica, nuestro país tiene que curarse de sus grandes males. De esos falsos “dirigentes” que han entrado sin autorización por la puerta ancha de la política no para honrarla como una ciencia, ni para recibir de ella sus cualitativas enseñanzas, sino para sacar de sus entrañas cuanta ventaja pudieren.
El “dirigente” político en Nicaragua, en esta noble Patria a la que ellos consideran su “hacienda”, tienen la pésima costumbre de adular al campesino con demasiada salamería, ofreciendo y prometiendo lo que no cumplen porque no tienen voluntad, y después terminada la campaña electoral cuando han explotado con el voto al que siempre usan de escalera, se “olvidan” de él, y lo anulan como persona en sus derechos.
Abraham Lincoln, prestigiado estadista norteamericano, era franco en sus afirmaciones, su pensamiento sigue teniendo vigencia, y es aplicable también a los que hacen llamar “dirigentes políticos”; a éstos que con tiempo completo practican el engaño en perjuicio de sus víctimas: “Se puede engañar a una persona una vez; a dos personas dos veces; pero no a todos todo el tiempo”.
Con las luces de un nuevo siglo que nos señalan horizontes, y derroteros diferentes, todos los “políticos” significan para Nicaragua un retroceso en la historia, porque además de traicionar los intereses de la sociedad, no representan, ni han representado ninguna alternativa de solución a los grandes problemas nacionales.
* El autor de este artículo es periodista.