La luna estaba atravesada, se estrellaba en la ventana del cuarto de David, pero se detuvo con un recuerdo asombrado y vertiginoso. En ese instante de un verano, unos ladronzuelos querían entrar a robar a su casa, pero la luna con su luminosidad, como espada atravesó sus ojos, que los dejó por instantes ciegos y descontrolados, hasta que se desaparecieron, pero como a la hora les volvió la vista, estos se encontraban a la orilla de una breve lucha, no menor que el odio. Entonces, Rafael le dijo a José: “Fíjate que me siento limpio y no deseo volver a robarle a la gente”. Eso mismo me está sucediendo a mí, le contestó José. Sorpresivamente el universo físico a Rafael y José se les detuvo y discurrían: “El tiempo de tu labor ha sido otorgado, y que los sueños y la vida de los hombres pertenecen a Dios”. Los dos amigos se volvieron hombres de bien y a los que en sus años de ladrones les habían robado, de manera indirecta buscaban como retribuirles el bien. Cuando ambos amigos dialogaban se decían, parece que Dios se nos manifestó con la luminosidad de luna. ¡Verdad!