Por Ariel Montoya
De esta mesa donde el mediodía crece en la jungla del cilantro,
y diciembre nuevamente apacigua plateados calores de Managua
bajo un sol que dora
fermentados soplos de historia entre comensales y oficinas,
abro hasta ahora mi día como un cofre sorprendido por la depredación.
Ni tobillos de laureadas ejecutivas almorzando me sorprenden
ni lascivos bienestares de pájaros pisándole talones al ajardinado viento
sino el declive de tu sonrisa saliendo de tu boca como de una fuente de guirnaldas.
Aun no termino la ensalada,
que entre telares de lechuga
monedas de tomate,
y rayos de zanahoria rebosando en el rocío de la vinagreta,
me arrastran a paraísos de placenteras cosechas,
donde tu cabellera es capaz de crecer por encima de la espiga.
Es la hora del pescado en el vaciante plato y un suspiro de mar, un oleaje lacustre
y un interminable y caudaloso río desciende por la garganta
hasta el océano de encimas
floreadas por mil mariposas que revolotean en mi estómago.
Busco en el postre indebidos chocolates, atrevidos flanes de espinosa dieta
pero quizás sea en tus pechos de mármol, en la barra de tu silueta,
en la fibra de tu espíritu,
en el vestido de tu contemplación,
donde mieles necesarias habiten sin tiempo sin edad ni conciencia.
Afuera
el arco del mediodía anuncia el estadio de la tarde,
el desparpajo cerebral
el ronroneo de buses sobre vegetales avenidas
por donde transiten tus días entre emboscadas y encantos.
Yo bajaré del alto aire de tus tacones,
y sabré tu nombre,
hembra de la coincidencia y la hermosura
oculto en la impasible mudez de tu insomnio.
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