Como estaba previsto, porque todas las encuestas lo anticiparon, el Partido Republicano fue derrotado en las elecciones legislativas de medio tiempo en Estados Unidos (EE. UU.), este martes 3 de noviembre.
Como consecuencia de los resultados de esas votaciones, en enero próximo el Partido Demócrata tendrá el control de las dos cámaras, de representantes y senadores. Además, los demócratas ganaron las gobernaciones en importantes estados de la Unión que eran bastiones republicanos.
El revés político del Partido Republicano ha sido una grave derrota personal para el presidente Donald Trump, aunque este no haya querido reconocerlo.
Es una derrota personal para él, primero porque las elecciones de medio tiempo siempre son una valoración pública ciudadana del presidente que está en ejercicio. Y casi siempre lo desaprueban, de manera que su partido pierde el control de una o las dos cámaras. Y segundo, porque sabiendo esto y debido a su personalidad carismática y dominante, Trump se involucró de manera total y apasionada en la campaña electoral, aunque su nombre no estaba en las boletas de votación.
Ahora bien, por el gran poder de EE. UU. y su rol protagónico en la geopolítica mundial, el resultado de las elecciones estadounidenses impacta en todas partes del mundo. En unos países más que en otros, según los vínculos de distinta clase que los unen y los intereses estadounidenses, pero en todos de manera inevitable. Y con mayor razón en su periferia.
Las elecciones del martes pasado han invertido el balance de poder en EE. UU. Al perder los republicanos la mayoría en las dos cámaras legislativas, Trump ha quedado renco para la segunda parte de su mandato presidencial. “Lame duck” (pato cojo) le dicen al presidente estadounidense que queda en esa situación.
Y no es para menos, porque el Congreso (diputados y senadores) es el que aprueba el presupuesto de la nación, autoriza el gasto en defensa y seguridad fronteriza, regula el comercio y puede investigar o frenar las acciones ejecutivas. Por ejemplo, ahora al menos será muy difícil, y en algunos casos incluso imposible, que Trump apruebe nuevas leyes de restricciones migratorias, aranceles adicionales a los que ya ha impuesto y otros asuntos que en todo caso lo obligarán a entrar en complicadas y desgastantes negociaciones permanentes.
Es cierto que el presidente puede dictar decretos (órdenes ejecutivas). Pero no puede de esa manera crear nuevos impuestos ni sustituir leyes aprobadas por el poder Legislativo.
También el presidente tiene el poder de vetar las leyes aprobadas por el Congreso y otros acuerdos legislativos. Por eso, desde antes de las votaciones del martes pasado, Trump anticipó que él sería el “presidente veto”. Pero a su vez el Congreso puede investigar a fondo toda la ejecutoria del presidente, incluso montarle un impeachment como llaman en EE. UU. al proceso legal de destitución presidencial.
Esas son cuestiones muy gruesas, pero solo del interés doméstico. En lo que se refiere a Nicaragua (tanto a la dictadura de Ortega y Murillo por lo que les concierne, como a los nicaragüenses que quieren y necesitan un cambio democrático en el país) es importante tener en cuenta que Trump conserva sus poderes presidenciales en política exterior. Además, la política de EE. UU. en relación con Nicaragua es bipartidista, acordada por los dos partidos. Y, además, en este caso ha sido muy importante que conservaran sus escaños los congresistas republicanos, María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz Balart, activos promotores del restablecimiento de la libertad y la democracia en Cuba y Nicaragua.
Sin embargo, para los observadores nicaragüenses pesimistas la derrota electoral Trump ha hecho desaparecer la posibilidad de una pronta salida de los Ortega Murillo del poder. Ahora, dicen, Nicaragua será como Cuba: una dictadura para siempre.
Los escépticos, por su parte, sostienen que esa derrota política interna de Trump no tiene mayor importancia para Nicaragua. Consideran que, aunque haya un consenso político en EE. UU. con respecto a Nicaragua, y que los Ortega y Murillo desagradan tanto a republicanos como a demócratas, eso no los motiva a impulsar acciones contundentes contra la dictadura de El Carmen. Aparte de que, dicen, EE. UU. tiene objetivos de política exterior más importantes y apremiantes, como la guerra contra Irán y la de Rusia contra Ucrania, y otros problemas de enorme envergadura geopolítica.
Sin embargo, otros nicaragüenses que son simpatizantes de Trump y lamentan su derrota electoral, creen que ahora tendrá más tiempo y capacidad para ocuparse de resolver problemas “menores” pero muy insidiosos para EE. UU., como Cuba y Nicaragua.
Además, EE. UU. liderará al grupo interministerial creado por la OEA para buscar una salida de la crisis política de Nicaragua. Allí, muy pronto se verá lo que el gobierno estadounidense está dispuesto a hacer para alcanzar ese objetivo que no solo es muy importante para los nicaragüenses, sino también para la seguridad hemisférica.
De manera que muy pronto podremos ver quiénes tienen la razón.