A primera vista, la ola de protestas estudiantiles que ha recorrido Francia podría asemejarse a los sucesos de mayo de 1968. En ambos casos, multitudes de manifestantes exigían una reforma educativa, criticaban al gobierno, levantaban barricadas y se enfrentaban a la policía antidisturbios. Ambos también atrajeron a vándalos, que transforman la protesta en destrucción. Pero mientras que los estudiantes de 1968 buscaban derrocar el orden establecido, los manifestantes de hoy quieren que el orden establecido les beneficie.
Para comprender a una generación, hay que considerar el mundo en el que vivían sus miembros al cumplir los 20 años. Los estudiantes de 1968 crecieron con padres que habían sufrido guerras y privaciones. Si bien los sacrificios y las dificultades de la generación anterior inspiraban respeto, sus hijos se rebelaron contra su autoridad y el sistema que defendían.
Los estudiantes de 1968 tenían relativamente pocas posesiones materiales y escasa capacidad para viajar. A las mujeres se las orientaba hacia el matrimonio, no hacia el éxito profesional. Estos jóvenes no esperaban que sus padres ni el Estado eliminaran todos los obstáculos a la prosperidad, y mucho menos que les brindaran oportunidades en bandeja de plata. Simplemente querían evitar que el sistema se interpusiera en su camino.
Esa generación —la mía— sabía que, en última instancia, encontraríamos trabajo y viviríamos mejor que nuestros padres. Lo mismo ocurría con la siguiente. De hecho, la generación que alcanzó la mayoría de edad tras la caída del Muro de Berlín se encontró con un mundo rebosante de posibilidades, en gran parte gracias a la globalización y la rápida innovación tecnológica. Si bien las primeras generaciones de la posguerra crecieron con cierta conciencia de los límites planetarios, subrayados en el informe del Club de Roma de 1972, Los límites del crecimiento, y en la Cumbre de la Tierra de 1992, estaban convencidas de que el mañana sería mejor que el hoy.
La generación actual de jóvenes europeos goza de libertades, recursos materiales, oportunidades para viajar y capacidades tecnológicas que superan con creces lo que podríamos haber imaginado en 1968. Sin embargo, sus demandas son sorprendentemente sencillas: buenas escuelas, empleos seguros, viviendas asequibles y la posibilidad de formar una familia.
Desde la perspectiva de mi generación, parece existir cierto sentimiento de superioridad: mientras que nosotros nos propusimos conquistar un mundo de posibilidades aparentemente ilimitadas, los jóvenes manifestantes de hoy esperan más de las instituciones. Pero también se enfrentan a obstáculos materiales sin precedentes. Europa ha fomentado mayores expectativas entre los jóvenes, mientras que su capacidad para generar la prosperidad necesaria para satisfacerlas se ha deteriorado drásticamente.
Mientras que los rebeldes de 1968 pertenecían a las enormes cohortes de la posguerra, los jóvenes europeos de hoy son una minoría cada vez menor en sociedades envejecidas cuyos sistemas políticos protegen por encima de todo los intereses establecidos. El aumento del coste de la vida y el elevado desempleo juvenil han dificultado que los jóvenes se independicen: según un estudio de Eurostat, los europeos abandonaron el hogar paterno a los 26.3 años de media el año pasado, cifra que superó los 30 en varios países, como Italia y España. Mientras tanto, la aceleración de los impactos climáticos y el auge de la IA generan una profunda incertidumbre sobre el futuro.
Si bien algunos de estos desafíos trascienden las fronteras de Europa, la incapacidad de la Unión Europea para adaptarse a un mundo transformado ha agravado el problema para sus jóvenes. En 2008, el PIB de la UE era comparable al de Estados Unidos; hoy, apenas alcanza el 70 por ciento (en dólares corrientes). El Brexit y las fluctuaciones del tipo de cambio explican en parte esta diferencia, pero las persistentes deficiencias de Europa en productividad, innovación y escala tecnológica se deben a sus políticas.
El expresidente estadounidense, Joe Biden, comprendió que el mundo había cambiado, y la covid-19 puso de manifiesto la vulnerabilidad estratégica que implica la dependencia de proveedores lejanos para bienes esenciales. Por ello, la administración Biden implementó una política industrial, que incluyó incentivos a la inversión y medidas para asegurar las cadenas de suministro críticas, con el fin de reconstruir las capacidades nacionales. Si bien este esfuerzo implicó algunas políticas centradas en el ámbito interno, en última instancia buscaba reforzar el orden institucional global que tan buenos resultados le había dado a Estados Unidos.
Sin embargo, desde su regreso a la Casa Blanca en 2025, el presidente estadounidense Donald Trump ha socavado ese orden de manera drástica, traicionando a amigos y aliados, iniciando guerras comerciales y convencionales, retirándose de organismos y acuerdos internacionales y desmantelando las herramientas del poder blando estadounidense. No obstante, la administración Trump reconoce que la producción industrial, el liderazgo tecnológico y el control de los recursos críticos son vitales para la seguridad y la prosperidad en el siglo XXI.
Estados Unidos ha plasmado esta convicción en políticas concretas. Por ejemplo, para impulsar el procesamiento de tierras raras y la fabricación de imanes, el Departamento de Defensa ha proporcionado financiación, compromisos de compra a largo plazo y precios mínimos garantizados. En lugar de limitarse a subvencionar una o dos fábricas, el Estado ha creado las condiciones de mercado necesarias para que una industria estratégica sea viable, impulsando las industrias clave, fortaleciendo las cadenas de suministro y fomentando la autonomía tecnológica. El expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, documentó la crisis de competitividad de la UE con una claridad demoledora. La Comisión Europea incorporó sus conclusiones en una «brújula de competitividad».
Pero hasta ahora, Europa ha tenido dificultades para convertir la ambición en acción. El fabricante sueco de baterías Northvolt recibió enormes cantidades de financiación pública para desafiar el dominio asiático, pero quebró el año pasado debido a problemas de producción, interrupciones en la cadena de suministro y cambios en la demanda. En defensa, Europa presenta a Airbus como ejemplo de lo que puede lograr la cooperación industrial; sin embargo, a principios de este año, Francia y Alemania cancelaron un proyecto emblemático para construir un avión de combate de última generación.
Europa buscó la integración no como un medio para gestionar el declive, sino como una forma de superar una historia sangrienta y permitir que los países lograran más de lo que cualquiera de ellos podría lograr por sí solo. Hoy, los líderes europeos corren el riesgo de revertir esa ambición: proteger los logros del pasado mientras renuncian a los medios para alcanzar los del futuro.
Los líderes europeos no deben responder a la frustración de los jóvenes con promesas más vagas. Los jóvenes de hoy crecen en un mundo donde el poder, la seguridad y la prosperidad económica se han vuelto inseparables. Necesitan y merecen de sus líderes un programa creíble que garantice vivienda asequible, excelencia educativa, industrias competitivas y empleos dignos.
La autora fue ministra de Asuntos Exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera general del Grupo del Banco Mundial, es profesora invitada en la Universidad de Georgetown.
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