Los analistas políticos de Brasil y América Latina abundan en opiniones sobre el triunfo del presidente brasileño de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, en la segunda vuelta electoral del pasado domingo 25 de octubre.
Ante todo, lo califican como un hecho histórico. Y tienen razón, relativamente, pues, aunque esta ha sido la cuarta victoria de Lula en las urnas de votaciones, es la primera vez en la historia electoral de Brasil que un candidato derrotado en la primera vuelta remonta la diferencia para ganar en la segunda ronda llamada balotaje. Lo cual permitirá a Lula ejercer un cuarto período presidencial de cuatro años, a partir del 1 de enero de 2027.
Pero Lula no es el presidente con más reelecciones en la historia de América Latina. El récord es del extinto dictador de Paraguay, Alfredo Stroessner, quien fue reelecto en siete ocasiones. Con la gran diferencia de que las elecciones en Paraguay eran arregladas para favorecer al dictador, pero las de Brasil son libres y competitivas. Al menos formalmente, pues son muchas las sospechas y denuncias de manipulaciones fraudulentas, técnicas y políticas, del sistema electoral brasileño.
Algunos analistas opinan que ahora Lula querrá y podrá imponer la dictadura en Brasil. Pero eso parece imposible por diversas razones, incluso personales, aunque en la política relacionada con el poder no hay nada imposible.
En realidad, lo peor en sí mismo es la prolongada permanencia de Lula en el poder, pues, aunque sea legítima y no pueda controlar el Legislativo, ni el Judicial por completo, para la buena salud de la democracia la alternabilidad en el poder presidencial es mejor que el continuismo.
Además, sigue siendo válido el antiguo apotegma político del historiador británico Lord Acton (1834-1901), de que el poder corrompe y cuando es absoluto (y muy prolongado), corrompe absolutamente. Esto lo ha verificado el mismo Lula con su experiencia personal, pues ya estuvo 580 días en la cárcel tras una condena por corrupción y lavado de dinero, la que fue perdonada por una justicia institucional favorable.
Como sea, para Nicaragua lo más importante de la nueva reelección presidencial de Lula es la influencia que, para bien o para mal, podrá seguir ejerciendo en Nicaragua. Una influencia que no es menor, habida cuenta del gran tamaño y poder económico de Brasil, del rol protagónico que el gigante suramericano desempeña en la política mundial y hemisférica. Y sobre todo por sus diferencias con la política hemisférica de Estados Unidos (EE. UU.), aunque es justo y necesario reconocer que, a pesar de su identificación ideológica con el sandinismo nicaragüense, Lula se ha distanciado claramente de Daniel Ortega y Rosario Murillo por sus excesos represivos y excesiva arrogancia.
Brasil ha pedido ser miembro de la comisión interministerial de la OEA, que comenzará a funcionar próximamente para hacer gestiones ante el régimen de Ortega y Murillo en pro de la liberación de los presos políticos, por el regreso seguro de los exiliados y medidas concretas verificables que conduzcan a una transición democrática. Esto a partir de la realización de elecciones libres y competitivas, con participación de la verdadera oposición.
La participación de Brasil en la gestión diplomática y política de la OEA por el retorno de Nicaragua a la democracia podría ser muy importante dependiendo de lo que quiera hacer el gobierno de Lula. Y el sector de izquierda democrática que forma parte de la oposición nicaragüense podrá cabildear ante su amigo ideológico y político, para que la participación de Brasil en la comisión interministerial de la OEA sea propositiva hacia Nicaragua.
Seguramente que si el candidato de derecha, Flávio Bolsonaro, hubiera ganado la elección presidencial del domingo pasado en Brasil, la situación interamericana sería mejor para la oposición de Nicaragua. Pero quien ganó fue Lula, de la izquierda, esa es la realidad y lo que corresponde es aprovechar sus contradicciones con Ortega y Murillo en favor de la lucha por la democratización de Nicaragua.