En Nicaragua existen ciudadanos, dirigentes y partidos que se identifican con el liberalismo, el conservadurismo, el legado de sectores de la Resistencia Nicaragüense (la Contra) y otras corrientes de derecha. Sin embargo, cabe preguntar si dentro de la oposición cívica y política al régimen de Daniel Ortega existe hoy una estructura amplia capaz de articular a ese sector y darle una voz organizada. La respuesta, lamentablemente, es no.
Pero a la vez conviene replantear lo vital que resulta empezar a crear las condiciones para su estructuración y eficacia. Frente al hormigueo político que da por sentado que el régimen de Daniel Ortega está por agotarse, y por ser el sector de derecha el más numeroso de la reserva electoral democrática, es fundamental que se organice para asumir el rol que le corresponde cuando se oficialice la transición electoral y el reemplazo del sistema actual.
Esta es una de las debilidades más señaladas en el tránsito hacia la democracia. Traerla al debate, sin ánimo de confrontar ni de hacer señalamientos contra alguien en particular, se vuelve necesario ante lo crucial de las circunstancias actuales, a las puertas de un giro político que conviene aclarar que no se está produciendo por el trabajo partidario de la derecha ni de nadie en particular, sino como un logro de la comunidad internacional y, más claramente, de Estados Unidos y la Unión Europea. La represión, el exilio y la cancelación de partidos democráticos han debilitado y sepultado la vida política nacional.
Esta deteriorada situación no es exclusiva de Nicaragua. Es un patrón generalizado en toda Hispanoamérica, que ha provocado la búsqueda de nuevas formas de activación político-partidaria como se observa, por ejemplo, en España con Vox y el liderazgo de Santiago Abascal, y en Chile con el Partido Nacional Libertario impulsado por Johannes Kaiser.
Ambas fuerzas expresan corrientes de derecha con planteamientos firmes y críticos frente al comunismo y a la izquierda, aunque responden a realidades nacionales diferentes.
No se trata de poner la carreta delante de los bueyes. El grado de conciencia de que la prioridad es detener la perversidad represiva institucional de la dictadura Ortega-Murillo y propiciar un cambio es más que evidente, pero por las mismas dificultades enfrentadas día a día se requiere dar el primer paso y, a la vez, formular alternativas que muestren que sí es posible un futuro en paz y desarrollo para los años venideros, con alternabilidad en el poder y reglas claras.
La ausencia de una articulación amplia de la derecha podría aumentar la fragmentación partidaria, cuando llegue el momento de construir una interlocución viable entre la administración actual y la instancia política partidaria, con la observación de la comunidad internacional. Sin representación política organizada, sin capacidad de diálogo y acuerdos, será más difícil avanzar hacia elecciones libres y observadas internacionalmente.
Además, existen otros tropiezos, como el desabrido y mudo rol del sector privado. Este, agazapado en su jungla financiera y sin ninguna presencia en la dinámica que pugna por una salida al conflicto político, ha actuado, al igual que en el pasado con la dinastía Somoza, al lado del gobierno de turno y generando riqueza para sus propios bolsillos.
En este debate sobre la derecha, el empresariado toma distancia, sin más que decir. El caso de la oposición de plataformas, aunque hace ruido en foros internacionales, no ha logrado ni perforar al régimen ni servir de puente para ninguna interlocución.
Es evidente que dentro del país se corren riesgos y se viven dificultades, dada la presión bajo la cual operan empresarios, ejecutivos y trabajadores. Qué valioso sería que quienes puedan hacerlo contribuyan, dentro y fuera del país, a generar conciencia y promover las libertades, la seguridad jurídica y una salida pacífica. En algún momento se deberá dar la cara con mayor precisión frente a la avalancha que, de no buscar una solución, atrapará al final a todos por igual. A fin de cuentas, tarde o temprano los negocios se entrampan cuando operan bajo administraciones severas.
Es momento, pues, de comenzar a construir espacios de encuentro entre liberales, conservadores, socialcristianos, contras, independientes y otras expresiones democráticas, por ahora desde el exilio y en concordancia con algunos filtros internos. No para imponer una sola visión, sino para identificar coincidencias, preservar la identidad de cada quien y preparar una agenda común de libertades.
Esa agenda deberá incluir la restitución de los derechos y las personerías jurídicas de los partidos y la reversión de los atropellos cometidos contra ellos, garantías para el retorno de los exiliados, libertad para los presos políticos y condiciones para un diálogo. E incluso para tender puentes con la izquierda disidente del sandinismo oficial. Ambas corrientes terminarán reencontrándose tanto por las ansias de unidad nacional como por la realidad de que se necesitarán mutuamente para cruzar el Rubicón hacia la libertad.
El autor es nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Escritor, columnista internacional y vocero en el exterior del Partido Liberal Independiente (PLI).