No más superpoderes

A medida que el término “potencias intermedias” ha cobrado mayor relevancia este año, nos vemos obligados a preguntarnos qué países pertenecen realmente a este grupo. Al fin y al cabo, ¿no deberían describirse así la mayoría de los Estados?

En su discruso en el Foro Económico Mundial de Davos en enero, el primer ministro canadiense, Mark Carney, reavivó el debate sobre la transformación de las estructuras de poder en el mundo actual. Considera que estamos presenciando una “ruptura” en el orden global, que exigirá la cooperación de las potencias medianas para resistir la coerción económica y la dominación política de otras. Si bien no mencionó a Estados Unidos, el presidente Donald Trump intuyó de inmediato, con razón, que algunas de las declaraciones de Carney iban dirigidas contra él.

Pero, de nuevo, ¿cómo distinguir, si es que se puede distinguir, a las potencias intermedias que Carney tenía en mente de las demás potencias de nuestra época? Quizás deberíamos empezar por hablar de esas otras potencias. Hace tiempo que el término “superpotencia” se aplicaba a los Estados-nación que ejercían un poder muy superior al de cualquier otro en el escenario mundial. Tras la Segunda Guerra Mundial, este término se utilizó para describir no solo a Estados Unidos y la Unión Soviética, sino también, durante un breve periodo, al Imperio Británico.

En las décadas siguientes, las dos superpotencias indiscutibles se definieron por sus enormes arsenales nucleares —cada una con decenas de miles de ojivas— y su capacidad para desplegarlos en cualquier parte del mundo en cuestión de minutos, sin posibilidad de defensa ante un ataque. Cada una tenía el poder de aniquilar a la otra en media hora.

Con el tiempo, otros estados adquirieron armas nucleares, pero ninguno tenía la capacidad ni la voluntad de desarrollar arsenales que los pusieran al mismo nivel que las dos superpotencias. Luego llegó el colapso de la Unión Soviética, tras el cual el término superpotencia comenzó a caer en desuso. A Estados Unidos todavía se le describía ocasionalmente como tal, pero durante esta breve «era unipolar», también se le otorgó un nuevo término: Hubert Védrine, ministro de Asuntos Exteriores de Francia entre 1997 y 2002, lo llamó hiperpotencia.

Hoy en día, Estados Unidos sigue siendo muy poderoso, y Rusia aún cuenta con enormes recursos militares, incluido el mayor arsenal nuclear del mundo. Sin embargo, el poderío de ambos países se define cada vez más por sus evidentes limitaciones. A pesar de haber movilizado su vasto arsenal convencional, Rusia no ha logrado someter a su vecino, Ucrania, considerablemente más pequeño. Y a pesar de que Trump alardea constantemente del poderío militar de su país, su guerra contra Irán hasta ahora solo ha producido un aumento en los precios del petróleo y un estancamiento desestabilizador.

El hecho de no haber logrado la victoria en sus respectivas guerras demuestra que Estados Unidos y Rusia ya no pueden considerarse superpotencias. ¿Acaso son grandes potencias, o pertenecen, en última instancia, a la misma categoría general de potencias medianas?

En cualquier caso, la era de las superpotencias ha terminado. Incluso los países nominalmente más poderosos están muy limitados. Los límites de su poder han quedado al descubierto, independientemente de que aún no se den cuenta.

Si bien las potencias medianas se presentan en diversas formas y tamaños, la mayoría son conscientes de su estatus. Ni India, ni Brasil, ni Canadá pueden utilizar el poder militar para moldear su entorno político a su antojo. En cambio, deben recurrir a la cooperación económica y al establecimiento de relaciones políticas para ejercer influencia. Lo mismo ocurre con Estados Unidos, Rusia y otros actores más grandes y poderosos, como la Unión Europea.

El fallecido Joseph Nye aún tiene mucho que enseñar a las potencias medianas actuales. Introdujo el concepto de “poder blando” para distinguir entre persuasión y coerción en las relaciones internacionales. Mientras que la capacidad militar confiere “poder duro”, el poder blando —lo que Nye denominó “poder de atracción”— proviene de las exportaciones culturales, los lazos económicos, la diplomacia, la buena voluntad y la confianza forjada a lo largo de muchos años. Quizás las potencias medianas del mundo puedan definirse en este sentido, es decir, como aquellas que deben depender principalmente del poder blando.

Por supuesto, algunos países seguirán albergando visiones de grandeza, convencidos de que la fuerza bruta basta para doblegar a los demás a su voluntad. Quizás tarden en comprender su menguante influencia. Pero, independientemente de lo que se digan en Moscú o Washington, lo cierto es que el mundo ha cambiado. Ya no existen las superpotencias.

El autor es un ex primer ministro y ex ministro de Asuntos Exteriores de Suecia.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
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