¿Inspira el demonio los ataques a la Iglesia?

Fácilmente uno cosecha burlas, o gestos sutiles de desprecio, al hablar del diablo. Negarlo es uno de los síndromes de una modernidad que lo quiere ver como la representación simbólica o mítica del mal, pero no como un personaje real, con inteligencia y poderes propios. Una consecuencia es tratar de explicarlo todo en base a razones o causas naturales. Así los ataques a la Iglesia, tanto en Nicaragua como en otras latitudes, y tanto presentes como pasadas, suelen atribuirse exclusivamente a motivaciones políticas o sociológicas.

En el caso nicaragüense una explicación muy aceptada es que a partir del levantamiento del 2018 el régimen consideró a la Iglesia como instigadora de los disturbios. Las acciones posteriores contra clérigos y religiosos fueron entonces una reacción defensiva, aunque exagerada, de quienes se sentían atacados o adversados por ellos

Otra explicación más sofisticada y brillante apareció en el editorial de LA PRENSA del jueves pasado (“Por qué los dictadores odian la libertad religiosa”) en que cita el artículo del académico británico Azeem Ibrahim: “Nicaragua muestra por qué los dictadores temen a los cristianos”. Su repuesta es que los dictadores “temen cualquier institución capaz de comandar una lealtad que el Estado no controla… Las comunidades religiosas independientes crean espacios en la sociedad en los que la gente se congrega, comunica y organiza, sin requerir permisos del partido dominante”. Esto es anatema para los totalitarios.

No hay duda de que estas explicaciones tienen mucho de verdad. Pero no lo explican todo, en particular cuando los ataques a la Iglesia carecen de la más mínima racionalidad política y más cuando van acompañados de furor y odio. El caso más emblemático lo constituye la expulsión de las Hermanas de la Caridad, las humildes y calladas seguidoras de Santa Teresa de Calcuta que dedicaban sus vidas al auxilio de ancianos y jóvenes problemáticos. El hecho fue cruel tanto para las hermanas como para la pobre gente que atendían. Junto con ellas serían sacadas de forma súbita y sin contemplaciones, monjas de otras congregaciones contemplativas que hacían su labor silenciosa sin salir de los muros de sus conventos, entre ellas las Clarisas, Carmelitas Descalzas, Trapenses, etc. ¿Quién podría temerles?

El cierre masivo de centenares de oenegés tanto católicas como protestantes, acompañadas de la confiscación total de sus instalaciones y bienes, es también síntoma no solo de afán de liquidar cualquier iniciativa autónoma sino de una saña y odio subyacentes cuya motivación va más allá de las posibles causas políticas. A esto habría que agregar los numerosos casos de profanaciones de sagrarios, el incendio en Managua de la imagen de la Sangre de Cristo, y un sinfín de agresiones antirreligiosas.

Fuera de nuestras fronteras hay otros ejemplos de furia irracional contra el cristianismo. En Chile, durante el famoso estallido social de octubre de 2019, muchas iglesias fueron incendiadas e imágenes de Cristo, de María, y muchos objetos religiosos fueron pateados y destrozados en las calles por los manifestantes. Durante la guerra civil española de 1936-1939 no solo fueron incendiadas centenares de iglesias, sino que todo cura, monja o seminarista que caía en manos de la izquierda eran asesinado sin juicio: ¡6,832! Era el odio puro en acción. Actualmente son también miles los cristianos asesinados en países dominados por islamistas fanáticos.

Podrían conjeturarse muchas explicaciones políticas, sociológicas y psicológicas. Muchas de ellas quizás sean válidas. Pero es legítimo preguntarse si no podrá haber una fuerza espiritual maligna, invisible pero real, inspirando muchas de estas acciones. No hay quien odie más a Cristo y a la iglesia que satanás. El problema es que quienes la atacan piensan probablemente que es una amenaza para el estado, una influencia nefasta o una aliada de sus enemigos. Ignoran que le están dando gusto al diablo. Este es experto en disfrazarse e insinuar mentiras en las mentes de los hombres. Jesús lo advirtió en Juan16,2: “Os expulsarán de las sinagogas, y aún viene la hora en que cualquiera que os mate pensará que rinde servicio a Dios”.

No todos los eventos que nos rodean tienen explicación natural. Al lado del mundo visible hay otro invisible, pero no por eso menos real e influyente. El diablo existe. Es maligno e inteligente. Su mayor truco, decía Baudelaire —su mayor éxito podríamos añadir— es convencernos de que no existe. Así ataca mejor.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.

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