Ortega: el vicario de la maldad

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Un vicario es aquel que actúa en representación de una voluntad superior, el encargado de ejecutar, administrar y sostener aquello que se le ha confiado. En Nicaragua, ese concepto adquiere un matiz oscuro: Daniel Ortega se ha convertido en el vicario de la maldad, el operador de un sistema que ha infligido al pueblo nicaragüense sus peores heridas. No es solo un gobernante autoritario; es el ejecutor disciplinado de un aparato que ha cancelado libertades, perseguido voces disidentes, fracturado familias y convertido el miedo en política de Estado. En él se encarna la administración cotidiana del daño que ha marcado a generaciones enteras.

Llamarlo vicario no es un recurso literario, sino una forma de describir cómo ha operado dentro de un sistema que convirtió el poder en instrumento de daño. Ortega no creó por sí solo todas las fuerzas que hoy oprimen a Nicaragua, pero sí las ha representado con celo: ha sido el ejecutor de la censura, el custodio de las cárceles políticas, el administrador del exilio forzado y el garante de la impunidad. Bajo su mando, la maldad dejó de ser un acto aislado para transformarse en una estructura que permea instituciones, leyes y decisiones cotidianas. Así, el pueblo nicaragüense no solo ha sufrido a un gobernante autoritario, sino a un operador que ha sabido sostener y perfeccionar los mecanismos que perpetúan su dolor.

La confirmación de ese rol se hizo evidente el pasado 19 de julio, cuando Ortega declaró que en Nicaragua no volverán a haber elecciones, condenando al país a un sistema mega totalitario y ordenando a toda su feligresía trabajar en función de esa premisa. Sus palabras desataron la indignación de opositores, organizaciones civiles y de la comunidad internacional, que vio en ese anuncio la negación absoluta de la democracia y del retorno al Estado de derecho. Mientras tanto, él se repliega en su catedral del mal, desde donde observa y alimenta el odio que su discurso proyecta sobre todos nosotros, insistiendo en la persecución, en la continuidad del miedo y en la condena de un pueblo que exige volver a ser república. En esa decisión, en ese gesto, se revela nuevamente su papel de vicario: el ejecutor de una voluntad que busca perpetuar el daño y sofocar cualquier esperanza de libertad.

En su papel de vicario del mal, Ortega ha dirigido un odio particular contra la Iglesia, persiguiendo a sacerdotes, encarcelándolos y atacando la espiritualidad que sostiene a millones de nicaragüenses. Ha intentado confundir al pueblo usando palabras de la Biblia como herramienta política, presentándose como un falso cristiano mientras desmantela todo aquello que la fe auténtica defiende: la dignidad, la verdad y la libertad. Pero ese odio no puede destruir la fuerza espiritual de Nicaragua, porque Dios (el verdadero Dios) no se somete a los designios de ningún tirano. Y será precisamente esa luz la que dicte la sentencia final: la peor derrota que él y su familia enfrentarán, consecuencia inevitable del abismo al que han conducido al país y de la resistencia moral que nunca han podido quebrar.

Al final, la figura de Ortega como vicario de la maldad no es solo una metáfora: es el retrato de un hombre que decidió administrar el daño como política de Estado y convertir el miedo en su principal herramienta de control. Ha perseguido la fe, ha negado la democracia, ha fracturado familias y ha condenado a Nicaragua a un abismo que ningún poder terrenal puede sostener indefinidamente. Pero la historia enseña que ningún régimen construido sobre el odio, la mentira y la persecución puede resistir la fuerza espiritual de un pueblo que se sabe hijo de la libertad. La luz de Dios, el verdadero Dios, siempre termina por imponerse sobre quienes intentan suplantarla con falsos discursos y prácticas destructivas. Por eso, la derrota que le espera no será solo política, sino moral y espiritual: la caída inevitable de quien se erigió como administrador del mal y arrastró a su familia y a su país hacia la oscuridad. Nicaragua volverá a ser república, volverá a ser dignidad, volverá a ser esperanza. Y cuando ese día llegue, el vicario de la maldad quedará como un capítulo doloroso, pero superado, en la memoria de un pueblo que nunca dejó de creer en su propia luz.

El autor es expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha. Concertación Democrática Monte Verde. Miembro conservador de Ciudadanos por la Libertad (CxL) Exilio.

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