¿Quién explota a quién?

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Pocas realidades reciben tantas críticas como las desigualdades de ingresos entre personas y países. ¡Qué barbaridad!, suele exclamarse, que en Estados Unidos el 10 por ciento más rico de la población acapare casi la mitad de los ingresos (46.8 por ciento) mientras la mitad más pobre reciba el 13.4 ¡Qué barbaridad que su ingreso por habitante sea 320 veces superior al de Burundi! ¡Qué barbaridad que el 1 por ciento más rico posea más de 54 millones de dólares!

Es natural entonces que quienes así se alarmen sean fervientes abanderados de la distribución de los ingresos, pieza fundamental de la llamada justicia social, y exijan que se impongan más y más impuestos a los ricos. La socialista norteamericana, Alejandra Ocasio Cortez (AOC) ha dicho incluso que no debería de haber billonarios. Al igual que su padre ideológico Marx, para ella estos son codiciosos que han amasado fortunas a expensas de la miseria de la mayoría.

Para evaluar la validez o falacia de estas posiciones hay que comenzar preguntándose: ¿son malas de por si las desigualdades? En un aula de clases puede haber dos o tres estudiantes que acaparan las mejores notas mientras otros quedan en medio y otros totalmente en la cola con pésimas calificaciones. ¿Es injusto este resultado? Evidentemente no. Para determinar la justicia o injusticia de cualquier desigualdad lo primero que hay que averiguar es su causa.

En tiempos del imperio romano buena parte de su riqueza venía del espolio de otros pueblos; era riqueza agregada pero no creada. Pero modernamente las grandes fortunas han sido hijas del ingenio empresarial y las innovaciones tecnológicas. La fortuna de Bill Gates ronda los 114 billones de dólares gracias fundamentalmente a su lanzamiento de Microsoft y otros avances tecnológicos. Hoy el mundo no es 114 billones más pobre que antes de Gates sino varios trillones más rico. Jeff bezos, creador de Amazon, es otro de los billonarios que detesta AOC, pero que gracias a su cadena distributiva ha ahorrado millares de horas a sus millones de usuarios. Igual pasó a fines del siglo 19 cuando Isaac Singer inventó la máquina de coser que redujo el tiempo de fabricar una camisa de 16 a 2 horas. No sorprende que entonces se volviera multimillonario.

Es cierto que hay riquezas mal habidas —las de las mafias, los cárteles y la legión de políticos corruptos que nos rodean. Pero en las sociedades que combinan un fuerte Estado de derecho y un capitalismo competitivo la mayor parte de la riqueza es creada no apropiada. Esta perspectiva obliga a invertir en gran parte la forma de ver las desigualdades. En lugar de criticar al 10 por ciento más rico por ostentar la mitad de los ingresos deberíamos de congratularlos por producir la mitad de las riquezas. Más aún cuando con ellas se financia los subsidios que benefician a los pobres. También habría que repensar la aplicación de los adjetivos de explotadores (quienes viven a costa del sudor ajeno) y los explotados.

En EE. UU. ese 10 por ciento más rico paga el 76 por ciento de los impuestos y el vilipendiado 1 por ciento el 38 por ciento de ellos mientras el 50 por ciento de menores ingresos apenas aporta el 3.3 por ciento. El 56 por ciento de la población negra no paga impuestos. Recibe en cambio, junto con buena parte de los latinos, cupones alimenticios, salud gratuita con Medicaid, educación también gratuita y, en muchos casos, transferencias monetarias directas.

Las diferencias de ingreso entre países son similares. No es que unos acaparen o concentren, como dice el eufemismo, muchas más riquezas que otros, sino que son mucho más productivos. El per cápita de EE. UU. es 6.5 veces mayor que el mejicano, pero es que su PIB, o producto, es 17.7 más alto (28.4 trillones vs 1.6). Veamos el caso de Costa Rica y Nicaragua. El ingreso por habitante de la primera es 4.7 veces mayor que el de la segunda, reflejo de que su PIB anual es de 88.4 billones y el de Nicaragua 18.7. A eso se añade el hecho de que los países pobres se benefician enormemente de los avances tecnológicos e institucionales que provienen de los países ricos.

Luego hay que abordar la causa de las causas; ¿qué hace que unos países sean mucho más productivos que otros? No son sus recursos naturales, Japón casi no los tiene y es muy rico y a Venezuela le sobran y es muy pobre. Sencillamente que en unos reina la ley, el capitalismo competitivo y una mayor ética social, mientras en otros manda la fuerza, la ausencia de instituciones y la corrupción.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de “En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019”.

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