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Berta Valle vive hoy su segundo exilio. El primero fue en 1984, cuando tenía apenas diez meses de nacida y su madre cruzó con ella la frontera hacia Estados Unidos huyendo de la guerra; el segundo comenzó en 2018, cuando debió salir de Nicaragua junto a su hija Alejandra en medio de amenazas contra su familia.
Entre uno y otro destierro transcurrió una vida construida en el país: la infancia y adolescencia en Ciudad Darío; los estudios becados de Economía Empresarial en la Universidad Católica (Unica) y una maestría en administración de empresa en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae).
Un concurso de belleza en 2003 la llevó a la fama y desde ahí construyó una carrera como presentadora y productora de televisión, recuerdos aquellos que atesora como un pasado feliz, no exento de sufrimientos, pero tan buenos tiempos fueron que un sueño suyo es recuperar aquellos videos de la pantalla chica en el antiguo Canal 2.
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Inicio del calvario
Cuando Maradiaga fue detenido y encarcelado por el régimen de Daniel Ortega en 2021, Valle se convirtió en una de las voces más visibles del exilio en la defensa de los presos políticos nicaragüenses.
Denunciaba ante organismos internacionales la situación de su esposo y de cientos de compatriotas en similar condición.
Ese papel de defensora de derechos humanos se sostuvo en una fe profunda que, según cuentaBerta, se profundizó precisamente durante los meses de cautiverio de Félix y se convirtió en ancla frente a la incertidumbre.
Para enfrentar la soledad propia del destierro, confiesa que encontró sostén en la oración y en el ejercicio constante de convertir el dolor personal en causa colectiva.

Raíces de guerra
Berta Adelma Valle Otero nació en Juigalpa, Chontales, el 14 de enero de 1984, en plena guerra civil.
Antes de cumplir el año, su madre la llevó en brazos y cruzaron la frontera hacia Estados Unidos, como lo hicieron miles de familias nicaragüenses en esa década.
Vivieron en California hasta que ella cumplió siete años. Con la llegada de la paz, sus padres decidieron regresar y en 1991 la familia se estableció en Ciudad Darío, Matagalpa, el pueblo que Valle identifica como el verdadero territorio de su infancia y adolescencia.
Allí cursó primaria y secundaria en el Colegio Franciscano, en una etapa que describe como intensa: voluntariado, bandas musicales, concursos artísticos, certámenes de belleza.
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Se graduó en el año 2000 y, tras ganar una beca del Banco Central de Nicaragua, se trasladó a Managua para estudiar Economía Empresarial en la Unica.
Fue en tercer año de universidad cuando, casi sin buscarlo, participó en el certamen Reina del Carnaval Alegría por la Vida 2003.
Una sonrisa espontánea, una mirada cálida con sus ojos color miel y una personalidad que irradiaba simpatía le llevaron al éxito.
Esa experiencia terminó abriéndole las puertas de la televisión nacional y marcó el inicio de una etapa profesional completamente distinta.

En pantalla chica
Sus años frente a cámaras (primero en Canal 2, luego en Vos TV y Canal 14) son, dice, recuerdos que atesora: le permitieron crecer profesionalmente y conocer de cerca la realidad de un país que hasta entonces solo conocía a medias.
Pero detrás de esa imagen de éxito y plenitud había, según relata, “una etapa de tristeza” y “un vacío que ninguna de esas cosas lograba llenar”.
Fue justamente en esos años cuando tuvo, en sus palabras, “un encuentro personal con Cristo” que reordenó el sentido de su vida y la llevó a entenderla “desde una dimensión distinta, basada en la fe”.
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En esa etapa televisiva descubrió que su gran pasión es comunicar. “Puedo comunicar las noticias del día, defender una causa, contar una historia o compartir el Evangelio”, explica Valle.
Al mirar en retrospectiva a la joven que sentía tristeza y nostalgia bajo las luces del estudio, y compararla con la mujer que es hoy tras atravesar el calvario desde 2018, Berta asegura estar en el mejor momento de su vida.
“No porque todo sea perfecto, sino porque hoy tengo mucha más claridad sobre lo que vale la pena cuidar, agradecer y disfrutar”, confiesa.

20 años de matrimonio
Berta y Félix están casados desde el 7 de enero de 2006. Llevan dos décadas compartiendo vida y a ratos, en los medios, se interpretó que Maradiaga, menos conocido, le “robaría cámara” a ella que ya era toda una figura de la televisión nacional.
Berta no lo interpreta así.
Antes de 2018, además, ella y Maradiaga ya habían tomado decisiones que anticipaban lo que vendría.
En 2016, ambos con carreras consolidadas —él como alto ejecutivo de una firma internacional, ella como gerente general de un canal de televisión— optaron por dejar la comodidad del sector privado, dice Berta, “porque para nosotros era insostenible guardar silencio con el rumbo de la dictadura”.
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Félix asumió la dirección de un centro de investigación y ella se involucró más en política y llegó a anunciar su intención de ser diputada por Managua, en una coalición opositora a la que el régimen terminó impidiéndole competir en las elecciones de noviembre de ese año.
“Desde mucho antes del 2018 yo estaba muy clara de los costos que implicaba alzar la voz contra Daniel Ortega y Rosario Murillo”, afirma Valle.
Maradiaga fue detenido y golpeado en 2021, acusado de “menoscabo a la integridad nacional”.
Lo condenaron en audiencia secreta a 13 años de prisión en julio de 2022 y lo sometieron a torturas y aislamiento hasta su destierro en febrero de 2023.

El segundo exilio
El desplazamiento forzado de 2018 partió en dos la vida de Berta Valle.
En Nicaragua quedó, dice, una vida cotidiana que hoy valora mucho más: los lugares conocidos, la familia, la sensación y seguridad de sentirse en casa.
El exilio la obligó a replantearse el concepto mismo de seguridad y pertenencia, algo que muchas veces se asocia a una casa, una rutina o una red cercana de apoyo.
“Hoy entiendo que todo eso puede cambiar de un momento a otro y perderlo todo”, reflexiona ella.
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“Mi seguridad ahora radica mucho más en algo interior: en mi fe, en mi familia y en la certeza de que, no importa dónde esté, puedo volver a empezar”, razona Valle.
Los momentos más duros llegaron, cuenta, después de las jornadas de mayor intensidad en la incidencia internacional por la liberación de los presos políticos.
Durante cientos de giras, reuniones o entrevistas, funcionaba con adrenalina: había que hablar, explicar, convencer, tocar puertas. Comunicar con entereza.

Unidad y contradicción
Pero al volver a casa esa energía caía de golpe y aparecía otra preocupación, la de su hija Alejandra, a quien debía dejar varios días mientras viajaba a Europa, Washington o algún foro internacional.
“Estaba luchando por reunir a mi familia, pero esa misma lucha me obligaba muchas veces a separarme temporalmente de mi hija», describe Valle como la contradicción más dolorosa de esos años.
Confiesa que era una lucha interna agotadora sostener la estabilidad emocional de Alejandra en medio de la incertidumbre; hubo días, dice, en que la liberación de Félix “parecía realmente imposible”.
Y solo fue posible mantener el equilibrio, confiesa, gracias a una red que nunca les faltó en el destierro: amigos cercanos, sus padres y su suegra, que se hacían cargo de la niña en cada viaje.
“Sin esa red de apoyo, mucho de lo que logramos durante aquellos años simplemente no habría sido posible”, reconoce.
La otra ancla a la realidad fue la fe: la iglesia se convirtió en su refugio y la oración, en una manera de “entregar a Dios aquello que estaba completamente fuera de mi control”.

Lecciones y frutos
De todo lo vivido, Berta Valle identifica una herida particularmente difícil de sanar: el tiempo perdido.
Los casi dos años sin ningún tipo de comunicación con Félix, los momentos familiares que Alejandra creció sin poder compartir con su padre, los proyectos personales y familiares que jamás llegaron a concretarse.
“El tiempo no se recupera”, dice ella con resignación. Pero de ese dolor, asegura, también surgieron frutos que no había imaginado: cofundó el equipo de apoyo a familiares de presos políticos dentro del World Liberty Congress, con el que ha desarrollado manuales y herramientas para acompañar a familias que atraviesan una detención arbitraria.
Berta es, además, cofundadora de End ArbitraryDetention, iniciativa vinculada a la Universidad de Virginia orientada a poner fin al uso político de esa práctica.
A voz propia
Valle es consciente de que buena parte de la narrativa mediática, en el contexto post 2018, la ha vinculado a ella en función de su papel en pro de la liberación de Maradiaga.
Sin embargo, lejos de sentir que eso eclipsa su propia trayectoria, Valle sostiene que ambos liderazgos se complementan y uno no ensombrece al otro.
“No siento que (la lucha por la libertad de Félix) haya borrado o sustituido mi trayectoria anterior; más bien amplió mi camino y me llevó hacia espacios y causas que terminaron convirtiéndose también en parte de mi propia vocación”, explica.
Abogar por la libertad de su esposo y de los demás presos políticos ha sido, dice Berta, “un honor asumido con humildad y gratitud», y un camino que la llevó a fortalecer la fe y su fuerza interna.

La activista de hoy
Valle hoy preside la Fundación para la Libertad de Nicaragua, un rol que describe como una etapa distinta dentro de su activismo.
Confiesa que no solo se siente en paz, sino incluso plena con la mujer en la que se ha convertido, aunque no oculta el desgaste de trabajar permanentemente en torno a violaciones de derechos humanos, represión y presos políticos.
“Es precisamente la injusticia la que se convierte en un motor para continuar”, dice, en lo que ella llama una paradoja: saber que hay personas sufriendo hace difícil mirar hacia otro lado.
Al frente de la Fundación, sin embargo, busca ir más allá de la denuncia inmediata: «reconstruir tejido social, fortalecer comunidades, formar liderazgos, crear oportunidades y pensar en el país que queremos ayudar a construir».
Esa dimensión constructiva, dice, es lo que le da esperanza.
Vivir el día
Berta Valle dice que entre sus intereses actuales está la exploración de tecnologías como herramientas para defender los derechos humanos.
Dice que busca entender cómo la tecnología puede proteger la libertad, la privacidad y la capacidad de acción de personas y organizaciones que trabajan en contextos represivos.
Preguntada por la etapa más genuinamente feliz de su trayectoria, Berta elige el presente: “Hoy estoy viviendo el mejor momento de mi vida”.
Eso lo atribuye a la madurez alcanzada a través de la traumática experiencia, que le permite entender con más claridad qué es lo esencial para ella.
“Hoy puedo mirar a mi familia y decir que los amo profundamente y que ellos me aman a mí. Para mí, eso es suficiente para sentirme realizada», dice.
Esa cotidianidad, de hecho, ocupa buena parte de sus días: acompañar a Alejandra en sus actividades escolares y extracurriculares, estar presente en esta etapa de su crecimiento, y disfrutar el tiempo junto a Félix como familia, algo que —dice— adquiere un valor enorme después de todo lo vivido.

Sueños por cumplir
De cara al futuro, Valle enumera proyectos estrictamente personales, desmarcados de cualquier exigencia externa.
Quiere volver a estudiar en una universidad, porque asegura que siempre ha disfrutado aprender y siente que aún hay mucho por explorar.
También desea recuperar espacios de recreación como el buceo y la guitarra y, por qué no, viajar a distintos rincones del mundo.
Pero, sobre todo, dice que regresar de alguna forma a la comunicación, aunque todavía no sabe en qué formato ni cuándo.
“Comunicar sigue siendo una de mis grandes pasiones”, dice. “Me gustaría volver a encontrar un espacio donde pueda contar historias, conectar con las personas y utilizar todo lo que he aprendido y vivido en estos años”, confiesa.
Volver, volver
En el plano más liviano, Valle confiesa que encuentra paz al oír música cristiana, pero no por ello deja de escuchar de vez en cuando a Alejandro Sanz y Juan Luis Guerra. Es tan relajante, como ver The Chosen, una serie que ha visto varias veces sin cansarse y en la que siempre encuentra algo nuevo.
A veces, cuando reflexiona sobre lo pasado y sufrido, Valle dice que se asombra del poder de la Biblia, el libro que más huella le ha dejado, sin dejar aparte El mundo de Sofía.
Con más de ocho años en el exilio y Nicaragua en la memoria, Berta no descarta volver alguna vez a la Laguna de Apoyo y cocinar allá el platillo que mejor le sale: las costillas con achiote.
Y allá hay algo que querría recuperar y no es precisamente un objeto de su casa: el material videográfico de sus años en televisión, que quedó archivado en Canal 2.
“Me encantaría poder recuperar ese archivo algún día”, confiesa.
“Son imágenes de una etapa muy importante de mi vida profesional y también de una época de Nicaragua que forma parte de mi historia”, dice.
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