Ambientalista Salvadora Morales

La ambientalista de raíces indígena, Salvadora Morales, forzada al exilio. LA PRENSA/CORTESPIA

Prohibido volver al nido: el destierro de la experta en aves, Salvadora Morales

De liderar el reconocimiento de la isla de Ometepe como Reserva de Biosfera Mundial al destierro: la historia de la ornitóloga e investigadora indígena nicaragüense que hoy vive su exilio en El Salvador.

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Durante más de dos décadas, Salvadora Morales enseñó en Nicaragua cómo mirar al cielo y proteger el vuelo y el hábitat de sus aves. Nacida en la comunidad misquita de Wawa Bar, en el Caribe Norte, esta ornitóloga e investigadora, de raíces indígenas, ha dedicado su vida a proteger los refugios naturales de la región.

Lideró la nominación de la Isla de Ometepe como Reserva de Biosfera ante la Unesco, un logro por el cual fue reconocida por el Servicio Forestal de Estados Unidos; impulsó la conservación de aves playeras en el Golfo de Fonseca con la organización Quetzalli, y coordinó proyectos centroamericanos clave junto a redes internacionales de medioambiente.

Sin embargo, en agosto de 2025, el régimen le impidió regresar a su patria tras una gira de capacitación en Estados Unidos.

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Obligada a otro hábitat

De la noche a la mañana, la científica que estudiaba las rutas migratorias y que tiene sus redes sociales copadas de fotos y datos de aves, se convirtió en una nicaragüense desterrada más.

Sin retorno posible, y sin respuesta, eligió El Salvador para rehacer su vida, cobijada por el vínculo histórico de su familia con la Universidad Centroamericana (UCA), donde ella estudió en 1994.

Hoy, como las especies que ha protegido durante 20 años, Salvadora debe construir un nuevo nido en otro hábitat.

Salvadora, cuando piensas en tu infancia y en tus raíces indígenas, ¿cuál es el primer sonido, olor o recuerdo de la naturaleza que se te viene a la mente?

Cuando era niña y no había qué comer, la mamita (Elena Fisher, su abuela) nos llevaba a la playa a recoger almejas y luego nos hacía una sopa de almejas con coco, son recuerdos llenos de felicidad y sabores.

¿Cuándo dejaste ese mundo?

La verdad es que, con la muerte de mi papá a mis 3 años, me tocó ser casi nómada; mi identidad se creó en Wawa Bar entre misquitos. Allí aprendí a leer y escribir, pero luego me mandaron con la mamita a Rivas; con el primo a Masaya, con la tía a Bilwi y con el abuelo a Managua. Tuve como cinco casas, ninguna era mía y me tocó aprender a ser resiliente desde muy pequeña. Yo me había prometido a mí misma que ese hilo se cortaba conmigo y que yo tendría raíces y una cuadra donde crecerían mis hijas.

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Dar el salto desde tu comunidad indígena a la ciudad para estudiar y formarte… ¿Cuándo y cómo ocurrió?

En mi último año de secundaria una vecina me prestaba novelas de Corín Tellado, así empecé a leer hasta que un día me prestó mi primer libro que se titulaba Puedes si crees que puedes (Norman Vincent Peale, 1983); cuando terminé de leerlo decidí que iría a una universidad.

Entonces el universo conspiró: la UCA ofrecía becas para estudiantes costeños en Ecología y Recursos Naturales, apliqué y me gané la beca. Siempre digo que la ecología me escogió a mí, porque antes de esa beca no sabía qué significaba siquiera la palabra ecología. Antes yo soñaba ser embajadora. Quizás porque cuando tenía 7 años conocí al embajador de Alemania, mi mamá trabajaba en su casa y me impresionó tanto que se volvió mi sueño ser embajadora, casi lo logro, porque hoy soy embajadora de las aves migratorias.

Descubrió otras vidas

¿Recuerdas el momento exacto o el primer pájaro que te hizo detenerte y decir: “A esto quiero dedicar mi vida”?

En segundo año de la carrera uno de nuestros maestros nos envió a observar aves en el campus, teníamos que aprendernos 10 nombres científicos. Por primera vez en mi vida, vi una Calocitta formosa (urraca copetona) y sentí la serotonina fluir por mi cuerpo, desde entonces las oportunidades de aprendizaje llegaron a mí y nunca más he dejado de trabajar para ellas.

Para alguien que nunca ha hecho avistamiento de aves por más de 20 años: ¿qué requiere la mirada de una ornitóloga?

Solo estar presente, vivir el aquí y el ahora o se te va el pájaro (ríe). Es una práctica profesional, aunque para algunos es un deporte; hay personas que van por el mundo coleccionando las especies que verán en su vida y además es terapéutico, por eso le llaman “el Yoga de la Naturaleza”.

Para observar aves tienes que vivirlo y estar full en el presente, observas, escuchas, armas el rompecabezas de colores. Te ejercitas y también pones a trabajar la mente, porque debes enfocarte, recordar la identidad del ave que observas y anotarlas en tu lista de vida, ya sea para un sitio o un país. Nunca se deja de aprender. A nivel profesional estableces protocolos científicos, preguntas de investigación, analizas los datos y esos datos son los que se usan para tomar decisiones de manejo y buscar la conservación o el desarrollo sostenible.

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Ometepe como medalla

Hace más de diez años lograste colocar a la Isla de Ometepe en el mapa de la conservación internacional. ¿Te llena el pecho de orgullo ese logro como coordinadora del proyecto?

Ometepe es uno de mis amores en la vida. Es un orgullo, fue un logro de equipo. Fueron siete años de trabajo con científicos forestales, ornitólogos, mastozoólogos, expertos en gobernanza, abogados, construyendo las bases para lograr el reconocimiento de Ometepe como Reserva de Biosfera por la Unesco. Establecimos los primeros guardaparques en la historia del país. Trabajamos de la mano con el Ministerio del Ambiente, la cooperación, alcaldías y actores locales, ha sido mi mejor experiencia de buena gobernanza. Detrás del proceso la meta era crear una categoría de manejo que integrara la conservación con la gente que cohabitaba la isla.

Un día saliste de Nicaragua para una capacitación corta en Estados Unidos, sin saber que te prohibirían volver. ¿Cómo se procesa el instante en que te enteras de que te han cerrado las puertas de tu propia patria?

Es imprecisable… ni siquiera sé si existe la palabra; sigo procesándolo, literalmente es como morir en un accidente sin prepararte, dejar todo tirado. Solo me había llevado mis anotaciones, mi cámara, mis binoculares, mi computadora, un par de pantalones de campo y mis botas, y de repente ya no tienes país, ya no tienes nada. Es un golpe extremo, demasiado fuerte.

¿Alguna vez supiste las razones de tu caso?

La única comunicación que he recibido fue de la línea aérea diciendo textualmente: “Las autoridades migratorias de Nicaragua no han autorizado su ingreso al país”. Al principio no lo podía creer. ¿Por qué yo? Pero cada vez conozco a más personas en la misma dramática situación.

Como ave sin nido

El exilio te despoja del hogar, pero en tu caso, también te alejó del territorio y de las aves que estudiabas en tu tierra. ¿Cómo fue ese proceso de reconstruir la vida y la labor desde este nuevo país centroamericano?

Creo que las aves han sido mi polo a tierra en todo este proceso. Venía trabajando con las aves playeras en el Golfo de Fonseca y me tocaba coordinar con los socios en Honduras y El Salvador, aunque la mayor parte de mi tiempo de campo lo invertía en Nicaragua. Ahora tengo la oportunidad de construir esa relación más cercana con los socios de El Salvador, quienes han sido parte de esa tribu que te ayuda a sobrellevar la carga de la ausencia, de las pérdidas y también te acercan a la esperanza. Yo vivo en modo agradecimiento mientras espero el proceso de refugio.

De toda esta experiencia, ¿cuál ha sido el momento o el peso más duro de llevar y cómo lo has ido enfrentando en el día a día?

Los primeros meses fueron un sube y baja de emociones, cargar con el peso del miedo y el odio, no sabía que era capaz de odiar tanto; la rabia y el dolor desbordante… aun navego entre esas emociones.

Pero ¿cómo escapas a esos pensamientos y emociones?

Me ayudó mucho la psicóloga estatal, con ella hicimos ejercicios prácticos para diferenciar lo que está en mi control y lo que no. La verdad he usado muchas herramientas: hacer la lista de agradecimiento para no dejar de apreciar todo lo bueno, practicar ejercicios de respiración, meditar y por supuesto la observación de aves y la ayuda de todos ellos han sido parte de mi terapia para aprender a vivir un día a la vez. Cuando mis pensamientos se vuelven muy oscuros, me digo “por ahí no es Salvita” y ¡zaz! cambio la dirección de mis pensamientos. Ha sido extremadamente difícil trabajar, concentrarse y escribir, pero tengo días de luz.

Una herida que sangra

Las aves migratorias cruzan fronteras sin pasaporte y siempre encuentran dónde hacer nido. ¿Seguir conviviendo con la naturaleza ha sido tu refugio para sanar la herida del exilio?

Las aves migratorias sobreviven. Mi herida aún está sangrando, a veces siento que estoy de viaje todavía y un día llegaré a casa, pero a veces pierdo toda esperanza. Pero definitivamente en mi proceso, estar en un nuevo país es conocer nuevos sitios, conocer nuevas especies de aves y eso causa mucha ilusión; intento enfocarme en las cosas buenas y la verdad he puesto a la orden mis conocimientos a este país, mientras sigo aprendiendo de las aves.

Hoy en día, desde este nuevo país donde te has radicado, ¿a qué te dedicas exactamente?

He tenido la dicha de seguir siendo consultora para la Red Hemisférica de Reservas para Aves Playeras/Manomet. Logré conseguir apoyo para trabajar con voluntarios y estudiar la anidación de los Ostreros Americanos (Haematopus palliatus) con el permiso de investigación del Ministerio del Ambiente y Recursos Naturales. El Salvador tiene sitios muy importantes para las aves migratorias y residentes. Estoy aprendiendo de los desafíos de las aves, que tienen mucho en común con mi propio desafío, pérdida de hábitat, degradación, perturbación y ahora las veo y digo: “Al menos yo puedo pedir refugio, puedo sanar escribiendo o hablando, pero ellas no tienen voz, tenemos que ser nosotros su voz”.

¿Hay algún día o momento particular en el que sentís ese peso del exilio con más fuerza?

Si. A cada instante. Una de las primeras acciones que hice fue traerme a mis perros, a los cuatro meses de estar aquí murió mi fiel compañero perruno que me acompañó 12 años. Su muerte activó el dolor de todas las pérdidas, el país, mi papá en 1979, mi primera migración forzada después de su muerte, la partida de mi mamá porque se fue a buscar trabajo, la pérdida de mi tribu en Nicaragua, son muchas vidas llenas de pérdidas y nuevos comienzos.

Mirando hacia adelante, después de todo lo recorrido ¿qué significa hoy para vos la palabra «hogar»?

Imagino un hogar como una gráfica de pastel dividida en pedazos que representan el refugio, seguridad, identidad, conexión, pertenencia, descanso, futuro. Bueno a mi hogar le arrancaron un gran pedazo de ese pastel. Pero siempre digo: mi mayor venganza es estar bien, aunque me falte ese pedazo.

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