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Hay una ardilla con cédula nicaragüense. Es una especie de roedor de la familia Sciuridae, única de Nicaragua.
No se encuentra en ningún otro lugar del mundo, aunque se han avistado algunas en Costa Rica, Honduras e incluso en Panamá. Pero, la explicación es obvia. Se trata de ardillas migrantes procedentes de Nicaragua.
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El lugar de residencia en Nicaragua es el centro del país y el Caribe. En el Pacífico se le puede ver principalmente en Jinotega, Matagalpa, León y Madriz. Le gustan las tierras bajas. No habitan en lugares que sobrepasen los 400 metros sobre el nivel del mar.
Y, como toda una gran vegetariana, le encantan las semillas y las frutas, las que normalmente recoge del suelo.

No son ni bajas ni altas. Son medianas. Miden entre 16 y 22 centímetros. Aunque sí, el cuerpo es pequeño. La longitud total va de los 28 a los 36 centímetros. La cola representa entre el 60 y el 70 por ciento del largo del cuerpo. Pesan entre 400 y 700 gramos.
Se les puede identificar fácilmente porque el pelaje es café oscuro y tienen el abdomen de color naranja. La cola es ancha y oscura, con un escarchado naranja pálido. Alrededor de los ojos tienen un anillo de color amarillo opaco.
Tienen manchas blancas o crema en la cara, especialmente alrededor de los ojos y la nariz, que contrastan con el resto del pelaje oscuro. Las orejas son grandes y redondeadas, cubiertas de pelo largo, lo que mejora su audición en bosques con muchos árboles.
Las patas traseras son fuertes y musculosas, con garras afiladas ideales para escalar troncos y ramas finas. Los pies anteriores poseen dedos prensiles altamente sensibles, capaces de manipular objetos pequeños con precisión, lo cual es fundamental durante la captación y la preparación de alimentos.
El descubrimiento
La primera vez que se habló de que existe una ardilla nicaragüense fue en París, Francia, en 1842, en una publicación que se llamaba Nouveau Tableau du Regne Animal.
De las siete especies que mencionaba el escrito, había una asociada a Nicaragua, la Macroxus adolphei (Lesson), que fue capturada en el puerto El Realejo, en el departamento de Chinandega, entre 1837 y 1838, durante la exploración mundial del barco H.M.S. Sulphur, refieren varios autores en un texto publicado por el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional de México (UNAM).
En 1863, apareció en Berlín una nueva publicación describiendo una segunda especie de Nicaragua, pero sin precisar en qué parte del país fue encontrada.
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El zoólogo británico John Edward Gray realizó en 1867 el primer intento formal por examinar las ardillas del continente americano y analizó 18 especies al norte del Darién, incluyendo las dos especies reportadas en Nicaragua y otras nuevas de la región.

Sin embargo, Gray no realizó el mejor trabajo y cometió algunos errores, renombrando a varias especies. Al final, otros investigadores continuaron el trabajo y reconocieron solo siete especies en la región centroamericana, incluyendo las dos nicaragüenses: la Sciurushypopyrrhus Wagler (llamada antes M. adolphei) y la S. aestuans var. hoffmanni Peters.
En 1889, aparecieron nuevos informes por parte de F. W True, curador del US National Museum (usnM), tras estudiar ardillas colectadas en Greytown, Río San Juan.
Finalmente, Charles W. Richmond, asistente curador del usnM, reunió en 1892 una significativa colección de mamíferos que encontró en el río Escondido, en el Caribe sur del país, incluyendo unas ardillas que a la postre fueron identificadas como de las especies Sciurusboothiae belti y la ardilla endémica nicaragüense, la Sciurus richmondi.
Esta última es la netamente nicaragüense, conocida con varios nombres: ardilla nicaragüense, ardilla centroamericana o ardilla de Richmond. De ella se originan otras subespecies.
Salud ecológica
A la ardilla nicaragüense le encanta andar sola. Es muy muy solitaria. Y, especialmente, diurna. Por las noches no realiza actividades.
La mayor actividad la registra en las mañanas y por las tardes, cuando el sol es menos intenso y los depredadores están menos activos.
Según los expertos, la especie desempeña un papel clave en la dispersión de semillas y con ello ayuda a la regeneración de los bosques.

Los especialistas dicen que donde está una ardilla nicaragüense “hay salud ecológica”, pues influye hasta en la vida de otros animales, al proporcionarles refugio con las excavaciones que realiza esta.
La rutina diaria se organiza alrededor de la búsqueda de comida o forrajeo, el cuidado personal, el descanso y la vigilancia.
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Los estudiosos no le han observado ser muy territoriales ni disputas violentas entre ellas mismas. Los machos pueden mostrar agresividad durante la temporada de apareamiento, pero se limitan a posturas amenazantes y vocalizaciones. Las hembras sí tienden a ser más territoriales, especialmente cuando tienen crías. También pueden defender áreas específicas de alimentación y refugio.
Para las crías, la ardilla nicaragüense utiliza diferentes tipos de nidos, construidos con hojas, ramitas y fibras vegetales, generalmente en los huecos de árboles o en ramas fuertes. Estos nidos le sirven tanto para proteger a las crías como para dormir durante el día.
Son muy ágiles. Dan saltos que pueden alcanzar hasta tres metros de distancia entre árboles, utilizando la cola como paracaídas y guía de equilibrio.
De larguito con los humanos
La ardilla nicaragüense rara vez entra en conflicto directo con los seres humanos, ya que prefiere mantenerse alejada de zonas urbanas y agrícolas.
Sin embargo, en fronteras entre bosques y cultivos, puede acceder a huertos de frutas o plantaciones de café, donde se alimenta de frutos maduros, causando daños menores en algunas ocasiones. Se trata de incidentes aislados y no representan una amenaza significativa para la producción.

Nunca se ha reportado ataques de ardillas nicaragüenses a las personas, ni de transmisión de enfermedades.
Su comportamiento es generalmente cauteloso, y cuando detecta presencia humana, huye rápidamente hacia el interior del bosque.