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Existe un amplio consenso entre los analistas de Rusia: el país se enfrenta a un prolongado período de estanflación. Es improbable que el crecimiento este año supere el 1%, y la inflación se mantiene estancada en el 6% (o más). Además, la opción más prometedora para reactivar la economía es la menos probable de implementarse, ya que requiere la voluntad del presidente Vladimir Putin de poner fin a la guerra en Ucrania.
Los riesgos a la baja son innumerables. Las tropas rusas apenas han avanzado en Ucrania este año, y Rusia no puede aumentar su gasto militar sin provocar inestabilidad financiera. Mientras tanto, Ucrania ha llevado la guerra a Rusia, con sus drones devastando instalaciones de petróleo y gas e incluso almacenes de comercio electrónico, lo que ha generado resentimiento entre los rusos hacia la guerra de Putin. Un amigo ruso en el exilio describió recientemente la difícil situación de Putin como un «Zugzwang», un término ajedrecístico que describe la situación en la que las únicas opciones de un jugador lo dejan en una posición aún peor.
La vulnerabilidad más evidente reside en el gasto público. El presupuesto de 2026 sorprendió a los analistas al destinar 183,000 millones de dólares a la seguridad y defensa nacional, una cifra similar a la de 2025. Esto implicaba que Putin había aceptado una guerra de desgaste, en lugar de intentar aumentar el gasto y lograr una victoria decisiva. Pero, ¿aceptaría realmente tal limitación? De hecho, si bien mantuvo un déficit presupuestario de alrededor del 2 % del PIB durante los tres primeros años de la guerra, este porcentaje aumentó al 2.6 % en 2025, y en los primeros siete meses de 2026 permitió que el déficit se disparara hasta el 2.8 % del PIB, casi el doble de lo previsto.
Semejante desequilibrio es fiscalmente insostenible. Rusia no tiene más fuentes de financiación pública que los impuestos y los préstamos internos. Ni siquiera China le ofrece créditos, y sus ingresos federales se mantienen en torno al 18 % del PIB a pesar de los repetidos aumentos de los impuestos corporativos, el IVA y el impuesto sobre la renta personal. En este punto, nuevas subidas de impuestos serían totalmente perjudiciales. El último recurso de Putin parece ser la escasa liquidez del Fondo Nacional de Bienestar Social.
Como resultado, el gobierno ha estado emitiendo bonos del Estado a bancos estatales. Tal como ha demostrado Craig Kennedy, del Centro Davis de Estudios Rusos y Euroasiáticos de la Universidad de Harvard, los bancos estatales también otorgan grandes préstamos a fabricantes de armas rusos, al tiempo que reciben préstamos de recompra del banco central. Este método indirecto de emisión de dinero podría explicar la discrepancia entre la inflación anual oficialmente reportada (6 % en junio) y las expectativas de inflación entre la población (14.7 %).
Rusia se ha jactado durante mucho tiempo de que su deuda pública ronda el 15 % del PIB. Sin embargo, esta baja deuda se debe prácticamente a que el gobierno no puede obtener préstamos de ningún otro lugar fuera de Rusia. Además, dado que el banco central mantiene un tipo de interés del 14 %, el coste del servicio de la deuda pública rusa es elevado, lo que hace insostenible cualquier gasto militar. Por lo tanto, si el Kremlin mantiene su política fiscal actual, es probable que acabe con una inflación mucho mayor, una crisis financiera o ambas.
Sin embargo, Putin parece estar arriesgándolo todo. Se prevé que Rusia celebre elecciones a la Duma Estatal del 18 al 20 de septiembre, y ante la ausencia de oposición, ya circulan rumores de que Putin ordenará una movilización militar poco después. La última vez que lo intentó, en septiembre de 2022, jóvenes con buena formación emigraron en masa. Otra movilización probablemente provocará una estampida similar. Con la mano de obra ya escasa, esto supondría un duro golpe para la economía.
Pero Putin se encuentra en un aprieto, pues la alternativa es buscar un alto el fuego, lo que podría resultar aún más peligroso para su régimen. Si bien solo 15,000 soldados soviéticos murieron durante la fallida guerra del Kremlin en Afganistán en la década de 1980, esto bastó para provocar una fuerte reacción en Rusia, que terminó siendo asolada por bandas criminales formadas por veteranos. En esta ocasión, se estima que casi 500,000 soldados rusos han muerto en Ucrania, y es seguro que el número de veteranos de guerra que sufren trastorno de estrés postraumático es mucho mayor. Este grupo es, presumiblemente, una de las mayores preocupaciones de Putin, y el riesgo que representa hace improbable que busque la paz.
Sin embargo, no puede ganar la guerra que él mismo inició, porque Rusia no puede competir tecnológicamente. Con su economía más libre, Ucrania ha logrado avances enormes en el despliegue de drones y otras nuevas tecnologías, mientras que la industria armamentística rusa sigue concentrada en la inerte empresa estatal Rostec, dirigida por Sergei Chemezov, cuya única cualificación es haber servido con Putin en la KGB en Dresde hace décadas.
Aunque la mayoría de los rusos de clase media aún no se han visto obligados a luchar, sus oportunidades profesionales y económicas se están reduciendo debido al aumento de los precios, y los incesantes bombardeos ucranianos han provocado escasez de combustible y otros suministros. No es de extrañar que Putin esté aterrorizado, desplazándose rápidamente (en tren blindado) entre sus diversos búnkeres.
El temor de Putin se extiende a su círculo íntimo. En mayo de 2024, destituyó a su otrora popular ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, y varios de sus adjuntos fueron arrestados por cargos de corrupción y condenados a largas penas de prisión. Ese mismo mes, también destituyó a su antiguo aliado Nikolai Patrushev de su cargo como secretario del Consejo de Seguridad de Rusia.
En julio de 2025, el ministro de Transportes, Roman Starovoit, se suicidó tras ser destituido de su cargo. En septiembre de ese mismo año, Dmitri Kozak, subjefe de gabinete presidencial y antiguo colaborador de Putin, conocido por su oposición a la guerra, dimitió repentinamente. En junio de ese año, otro allegado, Sergei Ivanov, falleció a los 73 años. Konstantin Makhov, mano derecha de Arkady Rotenberg, uno de los amigos más antiguos de Putin, fue arrestado por corrupción, y otro aliado, Ilya Traber, antiguo líder de la banda que controlaba el transporte marítimo de petróleo de San Petersburgo, fue arrestado por asesinato.
A pesar de esta inestabilidad, Putin parece dispuesto a arriesgarse también con la desestabilización financiera. Su situación aún no es desesperada, pero no tiene buenas opciones.
El autor es escritor de El capitalismo de amiguetes en Rusia: El camino de la economía de mercado a la cleptocracia * (Yale University Press, 2019).
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