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Poco después de que se confirmara que más de 70,000 marroquíes intentaban cruzar al enclave español de Ceuta —muchos de ellos nadando a través del estrecho canal que lo separa de Marruecos—, 22 Estados miembros de la Unión Europea pidieron a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que convocara una reunión de emergencia de los ministros del Interior del bloque. Pero antes de que la reunión pudiera celebrarse, Italia anunció la suspensión temporal de la exención de visado para los viajeros procedentes de España y la reintroducción de los controles fronterizos.
La irracionalidad de esta reacción revela hasta qué punto la crisis migratoria está erosionando la unidad europea. En la última década, ha impulsado el auge de movimientos de extrema derecha que han aprendido a explotar el sentimiento antinmigrante para obtener réditos políticos, al tiempo que han minado la confianza entre los gobiernos europeos cada vez que alguno de ellos se ve presionado.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, cada vez más preocupada por sus menguantes perspectivas electorales, ha liderado la ofensiva contra España, imponiendo controles fronterizos en lugar de mostrar solidaridad con un gobierno europeo. Aún más desalentador fue el respaldo público que recibió de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, dado el apoyo de España a Dinamarca ante las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump de anexionarse Groenlandia.
El contraste con 2021, cuando 8,000 personas intentaron cruzar la misma frontera, es sorprendente. En aquel entonces, la UE respondió con rapidez y decisión, afirmando que el problema afectaba a todo el bloque. En las últimas semanas, en cambio, varios gobiernos europeos han estado a punto de culpar a España de una crisis que no provocó. Mientras tanto, von der Leyen ha evitado posicionarse claramente, prefiriendo mantenerse al margen de la polémica.
La cuestión, entonces, no es cómo tantos migrantes lograron confluir en la frontera al mismo tiempo, sino qué causó la crisis en primer lugar. Como en la mayoría de las crisis, la respuesta reside en tres conjuntos superpuestos de factores inmediatos, contingentes y estructurales.
La causa más inmediata fue una reciente sentencia del Tribunal Supremo español relativa a un migrante que intentó llegar a Ceuta nadando, pero que fue devuelto a Marruecos tras ser interceptado por la policía española. El Tribunal dictaminó que cruzar una frontera por mar no equivale legalmente a cruzarla por tierra, lo que implica un acto deliberado de superar una barrera física.
Se podría debatir interminablemente sobre la pertinencia de esta distinción jurídica. Pero lo crucial es que el Tribunal no dictaminó que los migrantes que intentaban llegar a Ceuta nadando tuvieran derecho a entrar en territorio español. Simplemente sostuvo que una persona que llega por mar no puede ser devuelta de forma inmediata y automática.
Los posibles migrantes, por supuesto, no se detuvieron a considerar esos matices legales. Rápidamente se difundió en las redes sociales la noticia de que cruzar por mar ya no conllevaría la expulsión inmediata. Esa pequeña excepción legal bastó para animar a muchas personas desesperadas a probar suerte. Al mismo tiempo, los partidos de extrema derecha europeos aprovecharon el fallo para reanudar sus ataques contra el Estado de derecho y exigir medidas draconianas sin garantías legales.
Es difícil culpar a los migrantes por no comprender los detalles de la ley española cuando los líderes europeos parecen aún más confundidos. Ceuta y Melilla se encuentran dentro del espacio Schengen (sin necesidad de visado), pero solo para ciudadanos europeos. En otras palabras, entrar en cualquiera de estos enclaves no otorga a un marroquí el derecho a viajar a otros lugares de Europa. Sin embargo, esto no impidió que Italia anunciara restricciones fronterizas temporales.
Luego están los factores contingentes, comenzando con la pasividad inicial de las autoridades de ambos lados. En 2024, una campaña en redes sociales que fomentaba un cruce masivo circuló en TikTok, y un solo video recibió más de 500,000 visualizaciones. Las autoridades marroquíes reaccionaron con rapidez, evacuando a más de 4,500 personas de la frontera.
En esta ocasión, a pesar del número mucho mayor de migrantes involucrados, las autoridades marroquíes no lograron impedir el cruce de decenas de miles. Si esto se debió a negligencia, a que las fuerzas de seguridad estaban ocupadas con las celebraciones del Día del Trono de Marruecos o a un ataque híbrido, solo una investigación podrá determinarlo. Marruecos tenía mucho que perder al orquestar una operación de este tipo, pero algunos comentaristas españoles dudan de su inocencia.
Desde luego, el fallo no fue solo de Marruecos. Los servicios de seguridad españoles tienen una considerable experiencia vigilando los intentos de cruce fronterizo en Ceuta y Melilla. ¿Cómo es posible que no previeran una movilización tan grande y alertaran a las autoridades en Madrid?
No se puede descartar la posibilidad de un sabotaje político. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se encuentra bajo presión en tres frentes: en España, donde la derecha tiene todos los motivos para debilitar a su gobierno; en Europa, donde la derecha está utilizando esta crisis para socavar a uno de los pocos gobiernos de izquierda que quedan en el continente; y en Estados Unidos, donde el presidente Donald Trump pretende debilitar a Sánchez, cuyas políticas le desagradan, y demostrar que el descontento público por la migración es un problema grave que los europeos son incapaces de resolver. Independientemente de lo ocurrido en España y de quién sea el responsable, no cabe duda de que el principal beneficiario de la crisis es el partido antinmigración Vox.
El tercer factor es estructural. Muchos jóvenes marroquíes ven pocas oportunidades en su país, lo que los lleva a buscar un futuro mejor en el extranjero. Casi 1.5 millones de marroquíes de entre 14 y 24 años no estudian, no reciben formación ni trabajan. En un país con más de 38 millones de habitantes, solo unos 2.2 millones de trabajadores están cubiertos por el sistema de seguridad social.
Para colmo de males, el nivel educativo ha aumentado notablemente, pero la creación de empleo no ha seguido el mismo ritmo. Los jóvenes marroquíes con estudios superiores esperan, lógicamente, empleos acordes a su cualificación y un mayor acceso a oportunidades económicas. El PIB per cápita de Ceuta, a pesar de ser el segundo más bajo de España, es más de cinco veces superior al de Marruecos. Solo un desarrollo transfronterizo sostenido podrá cambiar este panorama desalentador.
Para Europa, la crisis de Ceuta resulta especialmente alarmante porque revela la rapidez con la que se desmorona la solidaridad europea cuando las presiones migratorias chocan con los intereses electorales a corto plazo de los líderes. Con las elecciones a la vuelta de la esquina en Francia, Italia y España, la tentación de contrarrestar a la extrema derecha adoptando posturas cada vez más intransigentes en materia de inmigración no hará sino aumentar, empujando a los gobiernos hacia respuestas centradas en la seguridad ante un problema que no puede reducirse únicamente al control de fronteras. Por ahora, al menos, la extrema derecha europea tiene motivos de sobra para estar satisfecha.
El autor es profesor en Sciences Po y coautor (junto con Yves Tiberghien) de The Hedgers: How the Global South Navigates the Sino-American Competition (Cambridge University Press, 2026).
Copyright: Project Syndicate, 2026.
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