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La dictadura sandinista no amenaza por su peso económico o militar. Ha construido un modelo híbrido de control que fusiona poder dinástico, rigidez ideológica y alianzas con potencias adversas, funcionando como plataforma de bajo costo para proyectar inestabilidad en Centroamérica. Bajo la fachada de una falsa revolución, ha convertido un relato de liberación en instrumento de dominación absoluta.
Síntesis aberrante de autoritarismo
La tiranía sandinista combina los rasgos más cerrados de distintos modelos autoritarios: la concentración familiar y hereditaria propia de un sultanato, la rigidez ideológica y el control total heredados del socialismo y el comunismo revolucionarios, la exaltación casi imperial del líder, la vigilancia omnipresente de los Estados totalitarios y la lealtad absoluta de los caudillismos personalistas más extremos. A esto se suman la crueldad sistemática, la desnacionalización masiva y la proyección de violencia más allá de las fronteras. El discurso de la falsa revolución solo sirve para blindar el dominio dinástico y descartar cualquier posibilidad de relevo político. La decisión de cerrar la competencia electoral responde a una lógica interna: permitir el relevo equivaldría a destruir el proyecto mismo. Por eso el sistema de partido único es el desenlace natural de una doctrina que ve en el pluralismo una forma de rendición.
Confrontación y alianzas
Los discursos de confrontación contra Estados Unidos han elevado el tono. Acusaciones de “imperialismo yanqui” y denuncias de actos “terroristas” buscan legitimar el aislamiento y proyectar una imagen de trinchera antioccidental amparada en la falsa revolución. Al ofrecer territorio y lealtad a Rusia, China e Irán, el régimen se convierte en un enclave útil para actores que buscan presencia cerca de Estados Unidos. El reciente informe del Departamento de Estado sobre Cuba revela además el asesoramiento sostenido de la dictadura castrista, que desde el origen de la falsa revolución sandinista ha transferido métodos de control, inteligencia y proyección subversiva. La cooperación militar y de inteligencia crea capacidades de vigilancia que permanecen incluso ante un cambio de liderazgo. Si dispusiera de mayores recursos, no dudaría en amplificar el daño contra las democracias del hemisferio. Su alineamiento con actores hostiles a Estados Unidos y a sus aliados estratégicos, incluido Israel, lo convierte en una base operativa que debe evaluarse con rigor.
Riesgos que trascienden fronteras y violan soberanías
La tiranía sandinista proyecta una red de represión transnacional y utiliza su posición geográfica como corredor de migración irregular, narcotráfico y redes ilícitas. Costa Rica, Honduras, Panamá y el resto de Centroamérica enfrentan estos efectos de forma directa. Investigaciones documentadas registran al menos diez asesinatos de opositores nicaragüenses en Honduras y Costa Rica entre 2019 y 2025. Estos crímenes muestran un patrón de operaciones planificadas desde Managua, con indicios de participación de aparatos de inteligencia, ejecutadas en territorio extranjero tras vigilancia previa. Tales acciones vulneran la soberanía de los países anfitriones y constituyen una agresión extraterritorial que viola el derecho internacional. No pueden quedar en comunicados que se diluyen con el tiempo. Deben investigarse a fondo, sancionarse con rigor y generar consecuencias concretas. La respuesta de las potencias ha sido tardía. Solo recientemente se reconoce que las declaraciones ya no bastan.
Medidas que las naciones deberían adoptar de inmediato
La seguridad hemisférica debe convertirse en el eje central para poner fin a la dictadura sandinista, para la comunidad internacional. Mientras este régimen persista, seguirá siendo un vector de inestabilidad, proyección de influencias adversas y vulneración de soberanías. Las democracias del hemisferio deben actuar con celeridad:
- Convocar sin dilación la Reunión de Consulta de ministros de Relaciones Exteriores de la OEA para adoptar medidas colectivas de aislamiento diplomático, presión institucional y rendición de cuentas por las ejecuciones extraterritoriales.
- Reforzar los mecanismos del Escudo de las Américas: intercambio de inteligencia en tiempo real, vigilancia de flujos ilícitos y presencia coordinada en zonas fronterizas sensibles.
- Implementar controles fronterizos reforzados y protocolos conjuntos entre Estados Unidos, Costa Rica, Honduras, Panamá y socios centroamericanos, con prioridad en la protección de exiliados y la neutralización de redes hostiles.
- Expandir sanciones selectivas y el aislamiento financiero dirigidos a las estructuras de control, las alianzas adversas y las operaciones de represión transnacional.
- Aumentar la cooperación militar y de inteligencia entre aliados para monitorear, limitar y disuadir cualquier presencia de actores extrarregionales o de aparatos represivos del régimen.
Estas acciones constituyen la línea mínima de contención. Poner fin a la dictadura sandinista no es solo una cuestión de derechos humanos: es un imperativo de seguridad hemisférica. La inacción solo multiplica las vulnerabilidades. Las valoraciones a las respuestas coordinadas deberían ser inmediatas, aunque parezcan fuertes para que sean firmes y con voluntad de resolver el problema.
El autor es miembro de la Coordinación Ciudadanos por la Libertad Exilio