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La semana pasada, en una de las charlas frecuentes que acostumbro con mi amigo Arnoldo Castillo, con ese orgullo que nos caracteriza a los padres cuando nuestros hijos sobresalen en algo, me dio la noticia de que entre el 27 de julio y el 5 de agosto recién pasado, su hijo varón Arnoldo junior había estado en Cooperstown convocado al certamen anual de pequeñas ligas que se realiza en esa ciudad cada año. A ella asisten los más destacados jugadores de todos los estados de la Unión Americana, y por Florida, su hijo Arnoldo fue invitado a participar en el campeonato juvenil, en el que participan más de 100 equipos durante un mes, me explicó que tuvo que hacer un alto en sus negocios para acompañar al junior con toda la familia: su esposa Mariela y su hija Victoria Valentina.
Me comentaba que su hijo practica el béisbol con mucha disciplina desde niño y que, hace cinco años, mientras asistían a la despedida de los jugadores seleccionados en esa ocasión, su hijo le dijo: “Papá, te prometo que yo voy a ser convocado algún día”, y lo cumplió.
La importancia del evento que les estoy comentando radica en que una gran parte de las estrellas del béisbol que hoy brillan en el mejor béisbol del mundo pasó por la experiencia de haber sido convocadas a ese evento. Antes de comenzar a escribir este artículo, me di a la tarea de investigar si antes había sido escogido algún joven de origen nicaragüense y puedo asegurarles que Arnoldito es el primer hijo de nicaragüenses en participar en dicho evento beisbolístico.
Me comentaba mi amigo que, entre partido y partido, visitaron el Salón de la Fama y les llamó la atención al ver la foto de Roberto Clemente. Me comentaba que tuvo que contarle la historia de Roberto con Nicaragua y cómo un accidente de aviación lo privó de la vida mientras traía ayuda para las víctimas del terremoto de 1972; me comentó que sintió que le impactó que una estrella de esa categoría se hubiera interesado en ayudar a los damnificados de su país.
Como triunfos personales de su hijo, me comentó que el equipo en el que participó quedó en 18vo lugar de 104 equipos que participaron durante el mes que duró el torneo. Que Arnoldito había conectado dos jonrones, pero lo más destacado de su actuación fue que, como él juega la posición de pitcher, los anotadores y los encargados de llevar las estadísticas de los futuros prospectos le dijeron que, durante los juegos en que lanzó, lo hizo lanzando la bola entre 72 y 80 millas por hora y que esa velocidad para un joven de apenas trece años era digna de tomarse en cuenta.
Finalizo comentándoles otra promesa hecha por Arnoldito a sus padres y hermana. Les dijo: “En diez años o antes, voy a estar jugando en grandes ligas”, promesa hecha en uno de los salones de Cooperstown, y no me cabe la menor duda de que pondrá todo su empeño y esfuerzo en cumplir dicha meta.
He querido compartir con ustedes, amigos lectores, el sueño hecho realidad de este joven, porque, así como el hijo de mi amigo el empresario Arnoldo Castillo ya comienza a destacarse en el deporte que lo apasiona, hay una buena cantidad de jóvenes hijos de compatriotas en el extranjero destacándose en muchas otras disciplinas tanto deportivas como académicas.
Termino prometiéndoles que, si Dios me presta vida, compartiré con ustedes cómo Arnoldito logró llegar a su primer juego en el mejor béisbol del mundo. Por el momento, mis mejores deseos para que mi amigo siga cosechando éxitos en sus negocios, porque las clínicas de béisbol y el costo de entrenadores de calidad cuestan un ojo de la cara en los Estados Unidos.
El autor es analista político y fanático del deporte rey de los nicaragüenses.