Sobre la unidad y el dilema de la transición en Nicaragua

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Introducción

No escribo estas líneas desde la postura de un experto en ciencia política ni como un teórico de los procesos sociales. Reconozco, con toda honestidad, la modestia y las limitaciones de mi conocimiento en la materia. Sin embargo, hay momentos en la historia de un país en los que el amor por la patria y la preocupación por el futuro nos obligan a detenernos a pensar.

Al observar la realidad de Nicaragua, resulta evidente una verdad dolorosa: dentro del país no existe disposición alguna ni cooperación por parte del régimen para facilitar un proceso electoral legítimo, libre y transparente. Esta constatación me ha llevado a reflexionar profundamente sobre el «día de mañana»: sobre qué futuro nos espera si continuamos atrapados en la parálisis. Este ensayo nace como mi aporte personal, una mirada sencilla pero preocupada sobre los verdaderos obstáculos que frenan una transición democrática real.

La falsa expectativa de la cooperación “oficial” (la dictadura)

Mi primera conclusión ante esta realidad es que no podemos construir el futuro del país sobre ilusiones. La falta absoluta de voluntad para abrir el sistema electoral demuestra que un régimen autoritario no regalará libertades ni cederá el poder por simple buena fe. Pensar que el cambio llegará por inercia o esperando una concesión del sistema es un error. Esa es la gran debilidad externa que enfrentamos: un entorno donde las reglas del juego están diseñadas para cerrar las puertas a la democracia. Sin embargo, comprender esto nos obliga a mirar hacia donde sí deberíamos tener control: la organización de la alternativa política.

La gran debilidad interna es la incapacidad de unirse

Lo que más me inquieta cuando pienso en el mañana no es solo la dureza del régimen, sino la actitud de la propia oposición. Como ciudadano, resulta desalentador ver cómo la causa por la libertad se debilita desde adentro por la incapacidad de construir una sola fuerza coherente. Una transición política exige unidad, pero la oposición no la está ofreciendo por razones que debemos señalar con franqueza:

Egos y personalismos: Prevalece la búsqueda de cuotas de poder individual, el protagonismo y las aspiraciones personales por encima del dolor y la necesidad colectiva del pueblo.

Discrepancias e intransigencia ideológica: Las diferencias entre sectores (conservadores, izquierda democrática, liberales, empresariado, la religiones y movimientos sociales) se han convertido en muros infranqueables en lugar de espacios de diálogo, priorizando el veto mutuo sobre el bien común.

El olvido del territorio y sus autonomías: Se comete el error sistemático de pensar la política desde un enfoque centralista, excluyendo las demandas del interior del país, de las regiones autónomas y las luchas ancestrales de los pueblos indígenas y afrodescendientes de la Moskitia.

La dispersión estratégica: La falta de una hoja de ruta única —donde unos apuestan solo a la presión internacional, otros a la resistencia silenciosa y otros a la vía electoral sin condiciones— deja a la ciudadanía desorientada y sin un liderazgo en el cual confiar.

Entre la geopolítica y la inercia: la dependencia externa

Al analizar las fuerzas que podrían acelerar un cambio, resulta innegable el peso del escenario internacional. No obstante, caemos con frecuencia en el error de depositar una confianza ciega en los organismos internacionales. Si bien estas instancias emiten condenas, sanciones y declaraciones diplomáticas, la experiencia nos demuestra que suelen actuar de forma lenta, burocrática y sin los mecanismos punitivos suficientes para forzar la apertura de un régimen que está completamente cerrado.

En este contexto, debemos ser pragmáticos: dentro del mapa geopolítico, la posición más contundente y con capacidad real de impacto sigue siendo la política exterior de los Estados Unidos. Para muchos analistas y ciudadanos, la firmeza proyectada por la administración de Donald Trump representa, en la práctica, la opción más sólida y realista de presión externa para debilitar las estructuras del autoritarismo en la región. Las sanciones económicas, las restricciones financieras y la presión diplomática directa han demostrado ser palancas de fuerza que ningún organismo multilateral ha podido equiparar.

Sin embargo, aquí radica un grave dilema ciudadano: La presión externa, por muy efectiva o necesaria que sea, no puede sustituir el trabajo político interno. Esperar que la Casa Blanca o la diplomacia internacional resuelvan solas la crisis nicaragüense genera una peligrosa actitud de pasividad y de dependencia. Las políticas exteriores responden a los tiempos e intereses estratégicos de potencias extranjeras, no necesariamente al calendario de necesidades de nuestro pueblo. Una sanción o una política de mano dura exterior puede abrir una ventana de oportunidad, pero si no hay un liderazgo nacional organizado listo para aprovecharla, el sacrificio resulta estéril.

La reflexión sobre «el día de mañana»

Esta situación me hace pensar inevitablemente en el futuro. ¿Qué país le vamos a heredar a las próximas generaciones si quienes aspiran a liderar el cambio prefieren la división? La fortaleza de una transición democrática no depende únicamente de la debilidad de quien ostenta el poder, sino de la madurez y cohesión de quienes proponen un nuevo camino. Si la oposición no es capaz de mostrar unidad hoy en la adversidad, difícilmente podrá ofrecer la estabilidad y la confianza que el país necesitará para reconstruirse mañana.

La mayor reserva de Nicaragua sigue estando en su gente: en el ciudadano de a pie, en las comunidades que resisten y en un pueblo que no renuncia a su dignidad. Pero esa fuerza necesita una guía de liderazgo organizado y responsable.

Un llamado a la madurez política

Mi aporte con esta reflexión es recordar que la unidad no exige pensar exactamente igual en todo; exige la madurez de acordar puntos mínimos innegociables: el restablecimiento de las libertades fundamentales, el respeto a los derechos humanos, la inclusión real de todos los sectores y territorios, y la voluntad sincera de anteponer a Nicaragua sobre cualquier interés personal o de grupos inflados de ego.

El día de mañana no se construye por arte de magia; se empieza a edificar hoy con las decisiones que tomemos. Es momento de entender que la historia no juzgará las aspiraciones individuales, sino la capacidad que tuvimos para unirnos y devolverle la esperanza a nuestra nación.

El autor es miembro del Movimiento Político Restauración de la Moskitia

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