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La política mundial se ha trastocado. Las antiguas grandes potencias ya no parecen controlar el destino de todos. Se han debilitado y desacreditado: Rusia se desintegra progresivamente y la presidencia de Donald Trump ha mermado la posición internacional de Estados Unidos. Puede que las antiguas potencias aún conserven su prestigio, pero sus debilidades han quedado al descubierto.
Las valoraciones sobre lo que importa también están cambiando. Recordemos que en la era de la alta globalización —la década entre el fin de la Guerra Fría y los atentados terroristas del 11-S— el poder parecía haber perdido relevancia. Países pequeños, abiertos y reformistas como Nueva Zelanda, Chile, Irlanda, Israel y los Estados bálticos fueron los grandes triunfadores. Pero con la guerra de Irak de 2003, y especialmente con la crisis financiera de 2008, el tamaño volvió a cobrar importancia. China y Estados Unidos podían implementar generosos paquetes de estímulo fiscal y gestionar las crisis del sector financiero, mientras que los europeos se veían azotados por una creciente crisis de deuda.
La década de 2010, por lo tanto, brindó un nuevo respaldo al realismo clásico en las relaciones internacionales. La famosa observación de Tucídides —»los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben»— se recicló sin cesar, remitiéndose no solo a la antigua Grecia, sino también al siglo XX, cuando el poder económico determinó el resultado de dos guerras mundiales. La Unión Soviética y Estados Unidos derrotaron a la Alemania nazi y al Japón imperial porque pudieron movilizar recursos de manera más amplia y coordinada. Estimar el poder en el mundo se reducía a contabilizar la producción de acero y carbón, la mano de obra o el PIB (que había surgido principalmente como una herramienta de planificación económica en tiempos de guerra).
Estas lecciones del siglo XX se basaron en la transformación provocada por la Revolución Industrial. La producción de acero y carbón generó la capacidad de sustituir la fuerza muscular humana y animal por energía basada en el carbono, una fuente fundamental de fortaleza. Sin embargo, este enfoque en la capacidad industrial resulta cada vez más desacertado. Un nuevo tipo de revolución industrial está trastocando el antiguo cálculo realista. En el nuevo mundo de la coordinación potenciada por la IA, una sólida estructura de mando centralizada se convierte en una fuente de inflexibilidad, en lugar de una herramienta estratégica.
Este nuevo orden tecnológico se evidencia en las dos guerras asimétricas de la década de 2020: la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022 y el ataque estadounidense contra Irán este año. En ambos casos, un Estado más poderoso dio por sentado que las formas tradicionales de poder le asegurarían una victoria rápida, para luego demostrar su vulnerabilidad ante la guerra asimétrica.
En ambos casos, la gran potencia sufrió las consecuencias de que sus decisiones estratégicas dependieran demasiado de los caprichos de un hombre claramente falible. La potencia menor, en cambio, desarrolló rápidamente estrategias para gestionar la coordinación de forma descentralizada. Irán llevaba tiempo preparándose para escenarios en los que el régimen fuera decapitado, y Ucrania logró coordinar rápidamente la información sobre los movimientos de tropas proporcionada por miles de ciudadanos. Ambos países trabajaron con poblaciones altamente cualificadas que fueron movilizadas para contrarrestar una amenaza externa.
Las dos partes también presentaban estructuras de costos contrastantes. Los estados pequeños dependían de armamento relativamente barato, principalmente drones (a menudo fabricados con piezas de plástico importadas), mientras que los estados grandes seguían utilizando sistemas militares extremadamente costosos. Se estima que un dron iraní Shahed-136 cuesta alrededor de 35,000 dólares, mientras que dos misiles Patriot utilizados para interceptarlo cuestan 8 millones de dólares. Además, estos interceptores costosos no pueden reemplazarse al mismo ritmo que los drones de menor costo. Cuando estas diferencias se vuelven lo suficientemente grandes, los débiles parecen mucho más fuertes.
También se hacen cada vez más evidentes las limitaciones a la capacidad de movilización efectiva de las grandes potencias. Rusia sigue negándose a llamar guerra a su guerra, pero no puede extender el servicio militar obligatorio para sostener una simple «operación militar especial». Dado que el régimen no está dispuesto a enemistarse con la población de sus principales ciudades, ha recurrido a los pobres de las zonas rurales y a los presos que buscan reducir sus condenas. De igual modo, Estados Unidos sabe que no puede arriesgarse a sufrir numerosas bajas militares a gran escala como consecuencia de una estrategia de despliegue militar en Irán. Al carecer de la aprobación del Congreso, tal como lo exige la ley federal, la operación se denominó inicialmente «excursión», su propia «operación militar especial».
En conjunto, estas diferencias entre los estados grandes y pequeños sugieren que la sabiduría convencional sobre política internacional está obsoleta. Por ejemplo, el experto en relaciones internacionales John Mearsheimer ha enfatizado constantemente las ventajas rusas en mano de obra, artillería y capacidad de producción. Dado que el Kremlin ha mantenido una importante industria armamentística diseñada para combatir algo «similar a la Primera Guerra Mundial», y dado que la guerra de Ucrania se asemejó a ese conflicto desde el principio, Mearsheimer sugirió que una victoria rusa era inevitable.
La misma doctrina del “realismo ofensivo” marcó el enfoque del gobierno estadounidense hacia la guerra. Como escribe el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, en su nuevo libro: “La brecha entre la capacidad de Ucrania y la de Rusia para proyectar poder militar era enorme, y carecíamos de la capacidad para permitir que los ucranianos la cerraran —y la mantuvieran cerrada— por nosotros mismos”. Fue ese cálculo el que llevó a Vance y a Trump a tender una emboscada al presidente ucraniano Volodímir Zelenski en el Despacho Oval en 2025, anunciando al mundo que Zelenski no tenía la sartén por el mango.
Resulta que Trump, Vance y los «realistas ofensivos» como Mearsheimer eran quienes estaban en desventaja. Las intervenciones militares imprudentes, impulsadas por cálculos obsoletos de poder económico, han desacreditado por completo a las antiguas grandes potencias. Tucídides bien habría comprendido la ironía de un mundo en el que los débiles hacen lo que pueden y los fuertes sufren lo que deben. Y si continúan por este camino, sufrirán aún más.
El autor es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, es autor, entre otras obras, de “Seven Crashes: The Economic Crises That Shaped Globalization” (Yale University Press, 2023).
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