La Revolución Sandinista y la dictadura orteguista: “De aquellos polvos vienen estos lodos”

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En los últimos años, al conmemorarse el aniversario de la Revolución Sandinista de 1979, se discute intensamente si la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo es la continuación —segunda parte— del régimen sandinista de los años ochenta del siglo pasado; o si es distinto e incluso totalmente contrario.

“La Revolución Sandinista fue gloriosa, pero la dictadura de Ortega y Murillo es odiosa”, dicen algunos para ilustrar metafóricamente su opinión de que este régimen no tiene nada que ver con la Revolución Sandinista de los años ochenta. Más bien —dicen—, por su forma grotesca de un poder político cleptocrático y familiar con pretensiones dinásticas, la dictadura de Ortega y Murillo se identifica con el somocismo.

El tema es interesante y amerita un estudio amplio y profundo, para una mejor comprensión de la realidad política e histórica de Nicaragua de los tiempos recientes. Así como para determinar la verdadera naturaleza de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que se identifica como sandinista, se declara continuadora de la Revolución de 1979 y es dueña absoluta de la simbología y toda la parafernalia del sandinismo.

Pero, aunque en un espacio limitado como el de este editorial no podemos extendernos ni profundizar sobre el tema, podemos señalar enfáticamente que la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo no nació de la nada, ni por generación espontánea como dicen algunas personas.

La dictadura de Ortega y Murillo es continuación, segunda parte o versión 2.0 de la primera dictadura sandinista, la de 1979 a 1990. Que también fue absolutista, represiva, enemiga de la libertad y la democracia liberal y del Estado de derecho auténtico. Pero no llegó a los extremos de irracionalidad y sevicia, como su segunda versión de ahora que también, como la anterior, es encabezada por Daniel Ortega.

En realidad, se trata del mismo dictador sandinista y revolucionario marxista de los años ochenta, solo que más astuto e inescrupuloso, y que ahora no manda junto con los otros comandantes de la Revolución (algunos de los cuales ya están muertos o fueron purgados), sino con su cónyuge, Rosario Murillo, acompañados por el coro de sus numerosos hijos y herederos.

No es por casualidad, ni por simple oportunismo político, que la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo se hace representar por la bandera rojinegra del Frente Sandinista, a la que incluso le ha dado el rango constitucional de bandera nacional como la azul y blanco que representa la libertad y la independencia de Nicaragua, y la necesaria convivencia pacífica de los nicaragüenses.

Tampoco es por casualidad que la dictadura de Ortega y Murillo utiliza toda la simbología y la parafernalia del sandinismo histórico, en algunos casos solo retocada para ajustarla a los caprichos “artísticos” y las inclinaciones esotéricas de la codictadora.

Además, Ortega y Murillo son tan antimperialistas, antiyanquis y antieuropeos, occidentales, tercermundistas, pro socialistas y aliados de los países comunistas y autoritarios de izquierda, como lo eran los sandinistas de los años ochenta.

No hay cómo ni para qué equivocarse. La verdad es que “de aquellos polvos vienen estos lodos”, como reza el popular refrán español, cuyo significado es que “las situaciones negativas o problemas del presente son la consecuencia directa de acciones, descuidos o decisiones que se tomaron en el pasado.” Se funda en el concepto de causa y efecto e indica que todo lo que ocurre hoy tiene su raíz en causas y eventos previos o anteriores.

Sí. La dictadura de Ortega y Murillo no es algo ajeno ni extraño, y mucho menos contrario, a la Revolución Sandinista. Es solo su continuación, la segunda parte y la consecuencia de la dictadura sandinista de los años ochenta del siglo pasado. Eso no hay manera de negarlo, al menos no de manera razonable y convincente.

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