Masaya, 9 de junio de 1979. Soldados del Primer Batallon Blindado dela Guardia Nacional combaten en el centro de la ciudad contra guerrillas sandinistas atrincheradas en casas y edificios. Imagen del libro Nicaragua, de Susan Meiselas.

Masaya, 9 de junio de 1979. Soldados del Primer Batallon Blindado dela Guardia Nacional combaten en el centro de la ciudad contra guerrillas sandinistas atrincheradas en casas y edificios. Imagen del libro Nicaragua, de Susan Meiselas.

La última esperanza de Somoza: los barcos con armas de Israel que nunca llegaron a Nicaragua

Casi sin municiones contra los sandinistas, Somoza compró armas a Israel con la esperanza que ese cargamento cambiara el rumbo de la guerra. Tel Aviv respondió mandando barcos con armas y municiones, pero algo ocurrió en altamar…

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A 47 años de la caída de la dictadura militar de la familia Somoza, los ecos de aquella gran guerra civil aún reverberan en la memoria colectiva de los nicaragüenses. Historias, mitos, leyenda y propaganda reviven una y otra vez entre datos y hechos de aquella funesta fecha.

Entre los viejos combatientes sandinistas, los exoficiales de la Guardia Nacional (GN) e historiadores que reconstruyen el colapso del régimen en julio de 1979, sobrevive una hipótesis histórica que se resiste a morir: la vieja tesis de que si los barcos cargados con ayuda militar enviados por Israel hubieran logrado atracar Nicaragua, el rumbo de la guerra habría cambiado y la revolución sandinista jamás habría triunfado.

En realidad, no era un cuento: fue la última esperanza operativa del propio general Anastasio Somoza Debayle antes de abandonar el búnker de la Loma de Tiscapa en su huida definitiva la madrugada del 17 de julio de 1979.

El general Anastasio Somoza Portocarrero recibe un informe de las operaciones de la EEBI en 1979.
El general Anastasio Somoza Portocarrero recibe un informe de las operaciones de la EEBI en 1979. LA PRENSA/ARCHIVO.

Registros de los hechos

Veamos los hechos documentados por periódicos de la época como El País de España, The Washington Post, The New Yorker y el Diario LA PRENSA.

Para junio de 1979, la insurrección sandinista había virado hacia una ofensiva total en todo el país.

Los frentes urbanos en Managua, Masaya, Estelí, León y Matagalpa consumían el parque bélico de la Guardia Nacional a un ritmo vertiginoso.

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Según los archivos rescatados del Cuartel General del ejército somocista, y exguardias sobrevivientes a la ofensiva, para finales de junio la Guardia contaba con munición para resistir apenas un par de semanas de combate de alta intensidad.

Un año antes, el gobierno demócrata del presidente estadounidense Jimmy Carter (1977-1981), había impuesto un embargo militar a Nicaragua después de la publicación de informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre masivas violaciones de derechos humanos de la dictadura de la familia Somoza.

En septiembre de 1978, los guerrilleros del Frente Sandinista (FSLN) lanzaron la primera gran ofensiva urbana que obligó a la GN a vaciar sus bodegas de armas y municiones.

“Los oficiales en el terreno estaban consciente de ello y dieron aviso urgente al general Somoza: necesitamos más armas, más hombres, más aviones y más artillería”, dice Luis Moreno, entonces cadete y luego jefe militar de la Resistencia Nicaragüense.

Soldados de la Guardia Nacional, provistos de armamento israelí, durante una "operación limpieza". Junio de 1979
Soldados de la Guardia Nacional, provistos de armamento israelí, durante una «operación limpieza». Junio de 1979. LA PRENSA/MATTHEW NAYTHONS

El apoyo de Somoza a Israel

En ese escenario de asedio, vetado por Estados Unidos y aislado internacionalmente por presiones de los países en la Organización de Estados Americanos (OEA), Somoza decide contactar directamente a Tel Aviv para pedirle ayuda militar.

Israel lo entendió, más que como un negocio, como un gesto de gratitud: los Somoza habían apoyado política y militarmente al estado hebreo desde su origen.

El 29 de noviembre de 1947, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas sometió a votación la Resolución 181 para la partición de Palestina y la creación del Estado judío, Nicaragua votó a favor, sumando su peso al bloque latinoamericano que otorgó la mayoría necesaria al naciente Estado (33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones).

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Pero el patriarca de la dinastía, Anastasio Somoza García, fue mucho más allá del gesto diplomático.

En 1948, durante la Guerra de Independencia israelí, Somoza proveyó asistencia político-militar clandestina decisiva para la supervivencia de las milicias judías de la Haganá, la organización militar que posteriormente se transformaría en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).

El dictador nicaragüense facilitó la compra y el envío de 5.000 fusiles donados por el Ejército de Estados Unidos a Nicaragua; emitió pasaportes diplomáticos y documentos de identidad falsos para los agentes secretos israelíes en Europa.

Y finalmente permitió que la infraestructura centroamericana de la United Fruit Company se utilizara como plataforma de encubrimiento y contrabando para triangular cargamentos de armas hacia el Medio Oriente.

Somoza García
El general Anastasio Somoza García, aliado incondicional de Israel. LA PRENSA/ARCHIVO.

La gratitud de Israel

Años más tarde, el joven Estado israelí retribuiría con creces ese respaldo vital, vendiendo a Managua 80 automóviles blindados T-17 Staghound, 10 tanques M4 Sherman y varias decenas de carros semioruga M2 y M3A1, una inyección de blindados que convirtió a la Guardia Nacional en el ejército más poderoso de Centroamérica.

De modo que cuando Anastasio Somoza Debayle tocó las puertas de Israel, éste devolvió el favor que le brindó el viejo Somoza.

Entre 1948 y 1977, Nicaragua le compraba el 85 por ciento de su material de guerra a Estados Unidos.

Durante los meses cruciales de 1978 hasta julio de 1979, Israel suministró el 98% del armamento que requería la dictadura nicaragüense para combatir a las guerrillas.

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La llegada de los Galil

La canalización de negocio militar estuvo a cargo del intermediario y agente de armas David Marcos Katz, representante en América Latina de aproximadamente 17 firmas de defensa israelíes, encabezadas por el gigante estatal Ta’as (Industrias Militares de Israel).

A través de las gestiones de Katz, la GN adquirió 5.000 fusiles de asalto Galil de última generación, subfusiles Uzi de 9 mm, cohetes antitanque, morteros de 80 mm, 5,000 granadas de mano, vehículos blindados ligeros, equipos médicos de campaña y hasta el avituallamiento textil de las tropas.

La dependencia nicaragüense del material israelí llegó al punto de transformar el paisaje urbano de la capital en guerra.

A comienzos de 1979, un enviado especial del diario español El País que cubría el colapso del régimen escribió en una crónica que quedó grabada en los anales periodísticos de la época:

“Las calles de Managua se parecen a las de Jerusalén (Al-Quds). El material israelí está en todas partes. Incluso las boinas son ‘Made in Israel’”.

Guardias Nacionales, 1979, Nicaragua.
Miembros de la Guardia Nacional fuertemente armados en un retén militar. Julio de 1979. LA PRENSA / MATTHEW NAYTHONS

Israel: “Cuentas de honor”

Cuando la prensa internacional y legisladores europeos cuestionaron al primer ministro israelí Menachem Begin sobre la ética de abastecer a un régimen que bombardeaba ciudades, la respuesta del líder conservador fue categórica: “Israel está pagando una antigua deuda del año de su independencia y los israelíes siempre saldamos nuestras cuentas de honor”.

A medida que el calendario avanzaba hacia julio de 1979, la situación táctica de Somoza se volvió desesperada.

Para sostener el Primer Batallón Blindado de la Guardia Nacional Presidencial (cuyas unidades llevaban el acrónimo PBB-GNP en el fuselaje) y abastecer a la infantería que luchaba calle a calle, el régimen adquirió en Israel un paquete de rescate bélico que superaba las 100 toneladas de armamento, incluyendo munición pesada y sistemas antiaéreos para defenderse de una intervención exterior que tenía campamentos en Costa Rica y que recibían armas y hombres desde Panamá.

El cargamento principal fue embarcado en el puerto de Haifa a bordo del buque mercante Liberian Star, un carguero transatlántico que navegaba bajo pabellón de conveniencia de Liberia.

Para burlar las restricciones marítimas internacionales, los manifiestos de carga se falsificaron sistemáticamente, declarando que las bodegas transportaban maquinaria agrícola y equipos industriales de irrigación con destino a puertos centroamericanos.

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batallon blindado
Tropas de infantería de la Guardia Nacional y unidades del Primer Batallón Blindado, durante la guerra de 1979. LA PRENSA/ARCHIVO.

Intervención de la CIA

Lo que Somoza y sus operadores en Tel Aviv ignoraban era que la inteligencia estadounidense (CIA), en estrecha coordinación con las agencias de seguridad europeas y centroamericanas, había rastreado cada eslabón de la cadena logística.

Para la administración de Jimmy Carter y el Consejo de Seguridad Nacional, la caída del régimen era inminente e irreversible.

Y permitir que llegarán más de 100 toneladas de explosivos y armas a las manos de un ejército desesperado por sobrevivir no salvaría a la dictadura, sino que prolongaría inútilmente la agonía del régimen y multiplicaría exponencialmente la destrucción y muerte de la población civil.

En los primeros días de julio, la red encubierta de reabastecimiento comenzó a desmoronarse en tres continentes de manera simultánea.

El 4 de julio de 1979, elementos de la Guardia Civil española intervinieron un carguero procedente de Haifa en el puerto de Algeciras (Cádiz).

El operativo, que utilizó un sistema de escaneo de alta resolución financiado por Estados Unidos para revisar la carga en tránsito, descubrió un cargamento clandestino de 400 armas de fuego largas y cortas, ocultas entre mercancías comerciales que tenían como destino final Managua.

Casi en paralelo, agentes de inteligencia rastrearon e inmovilizaron un buque con armamento israelita en Argentina, mientras que en Guatemala se bloqueó el zarpe de otro mercante que se alistaba para realizar un puente de cabotaje urgente hacia Corinto.

Comando de la Guardia Nacional en 1979
Guerrilleros del FSLN en cuartel de la Guardia Nacional en Peñas Blancas, Rivas, en 1979. LA PRENSA/ARCHIVO.

Cerco naval en el Caribe

El golpe de gracia ocurrió en aguas internacionales.

Cuando el Liberian Star se aproximaba al mar Caribe, navegando a máxima velocidad hacia el litoral atlántico nicaragüense con reservas bélicas, buques de la Marina de los Estados Unidos (US Navy) le cerraron el paso.

El capitán del Liberian Star notificó a Nicaragua que no atracaría.

Desde su búnker en Managua, Somoza reaccionó con desesperación y gestionó un permiso diplomático de emergencia con el gobierno militar de Guatemala para desviar el buque hacia un puerto guatemalteco.

Sin embargo, en ese momento se activó la diplomacia de máxima presión de Washington.

El Departamento de Estado y los emisarios de Carter advirtieron formalmente al primer ministro Menachem Begin y a su gabinete de defensa sobre las consecuencias de desafiar el embargo en el Caribe.

Ante la gravedad de la crisis internacional y comprendiendo que la suerte de Somoza estaba echada, Begin emitió una orden estricta de retorno hacia el puerto de Haifa.

Un soldado de la Guardia Nacional se cubre del fuego guerrillero de los sandinistas en uno de los barrios de Managua. LA PRENSA / OLIVER REBBOT
Un soldado de la Guardia Nacional se cubre del fuego guerrillero de los sandinistas en uno de los barrios de Managua. LA PRENSA / OLIVER REBBOT

Guerra perdida

La Guardia Nacional se quedó con los depósitos vacíos.

La noticia de que los barcos israelíes había dado media vuelta en alta mar rompió la moral del alto mando somocista, confesaría años después el mismo Somoza.

Durante sus meses en el exilio antes de ser asesinado en Asunción, Paraguay, en septiembre de 1980, Anastasio Somoza Debayle plasmó su versión de aquel episodio en su libro autobiográfico Nicaragua Traicionada, escrito en colaboración con el periodista estadounidense Jack Cox.

En esas páginas, el depuesto dictador no oculta su resentimiento hacia el gobierno estadounidense ni su convicción inquebrantable de que el cargamento flotante poseía la clave de su salvación política y militar.

“Mientras estábamos inmersos en estas feroces batallas, esperábamos un barco de Israel cargado de armas y municiones. Esto, por cierto, se había pagado antes de que el barco zarpara de Israel. Nuestro problema más monumental fue la adquisición de armas y municiones. El Sr. Carter había agotado casi todas las fuentes. Finalmente pudimos completar una transacción con Israel. Y, a nuestro parecer, la llegada de ese barco podría cambiar fácilmente el rumbo de la guerra”. (Nicaragua Traicionada, p. 239).

Anastasio Somoza Debayle
General Anastasio Somoza García.
General Anastasio Somoza García, director de la Guardia Nacional, en 1979. LA PRENSA/ARCHIVO.

Somoza se lamenta

Líneas más adelante, en la misma página, el exmandatario detalla la intervención de la inteligencia estadounidense que frustró el desvío hacia territorio guatemalteco:

“Cuando el barco se acercaba a la costa atlántica de Nicaragua, recibimos la noticia de que no atracaría. Se informó que el capitán temía que algo le sucediera al barco. Tras recibir ese informe, ordenamos al barco que se dirigiera a Guatemala”.

“Habíamos obtenido permiso del gobierno de Guatemala para descargar allí el barco. Para Nicaragua, entonces ocurrió un desastre. El barco, con nuestras armas y municiones de salvamento, no continuó hacia Guatemala, sino que regresó a Israel”.

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“Sospechábamos la razón del repentino cambio en los planes de envío, y más tarde nuestras sospechas se verificaron. La inteligencia estadounidense había averiguado el destino de este barco y obtuvo información sobre la carga que transportaba”.

“Debido a la extrema presión ejercida por los Estados Unidos, Israel tomó la decisión de devolver el barco a su puerto de origen. En algún lugar de Israel existe un gran cargamento de armas y municiones que podría haber salvado a Nicaragua”, escribió.

El 19 de julio de 1979, dos días después de la fuga del dictador, las columnas del Frente Sandinista entraron triunfantes a la Plaza de la República en Managua.

En los cuarteles abandonados, los vencedores encontraron las evidencias tangibles del estrecho puente bélico con Tel Aviv: miles de fusiles Galil capturados, cajas de munición con inscripciones en hebreo y una quincena de tanquetas Staghound y carros blindados que lograron sobrevivir a los combates urbanos.

19 DE JULIO DE 1979 EN NICARAGUA
Al amanecer del 19 de julio de 1979, los hangares de la fuerza áerea en Managua lucían desolados tras la desbandada de la Guardia Nacional. LA PRENSA/ARCHIVO.

Nada salvaba a Somoza

¿Cambiaría el rumbo de la guerra aquel arribo de barcos? Dos sobrevivientes al conflicto, uno de cada bando, no lo creen.

“A esas alturas las circunstancias de la dictadura no dependían de la cantidad o calidad de su armamento. La dictadura de los Somoza, como ahora la de los Ortega Murillo, estaba en su crisis final, una crisis política, de legitimidad”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Tellez.

“La caída de la dictadura se retardó por la persistencia de los Somoza en mantenerse a sangre y fuego. Al igual que los Ortega Murillo actualmente, que se sostienen exclusivamente por el uso de la represión. Así que nada hubiera salvado a los Somoza. Su tiempo había pasado”, expresa

Y del otro lado, el excadete de la GN y luego prominente jefe rebelde de la Contra, Luis Moreno, alias Mike Lima, tampoco cree que había salvación en aquellas circunstancias.

“Si hubieran llegado, lo más probable es que hubiéramos resistido más tiempo y el baño de sangre hubiera sido peor de lo que fue, pero de nada nos hubieran servido más armas si ya nos estábamos quedando sin tropas y sin apoyo político”, dice Moreno.

De su generación de 19 oficiales, graduados en plena ofensiva guerrillera, tres murieron de inmediato, algunos fueron capturados y todos terminaron heridos y exiliados.

“A esas alturas ya la guerra estaba perdida, más armas hubieran otorgado un tiempo extra de resistencia, pero a un costo insuperable de bajas y destrucción”, dice.

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COMENTARIOS

  1. Hace 1 mes

    La historia tiene una extraordinaria virtud: con el paso del tiempo va despojándose de la propaganda y deja al descubierto los hechos. Las pasiones permanecen, las ideologías sobreviven y los resentimientos muchas veces también, pero los años permiten observar los acontecimientos con una serenidad que difícilmente existe mientras se están viviendo.

    Hace unos días leí un interesante artículo de La Prensa sobre el barco cargado de armamento israelí que, según el propio Anastasio Somoza Debayle escribió en su libro Nicaragua Traicionada, habría podido cambiar el rumbo de la guerra de 1979. Sin embargo, más que la historia del barco, lo que realmente captó mi atención fue la conclusión del reportaje.

    Dos personas provenientes de trincheras completamente opuestas coinciden prácticamente en el mismo análisis.

    Por un lado, Dora María Téllez, una mujer cuya trayectoria histórica nadie puede desconocer. Integró la comandancia política de la Operación Chanchera, que culminó con la toma del Palacio Nacional en 1978. Tras el triunfo de la Revolución fue ministra de Salud y, cuando doña Violeta Barrios de Chamorro asumió la Presidencia en 1990, el ministro que recibió esa institución declaró públicamente que encontraba un ministerio funcionando, al punto de afirmar que no hacía falta ni una sola jeringa. Se podrá coincidir o discrepar con sus posiciones actuales, pero su prestigio y su papel en la historia de Nicaragua son innegables.

    Del otro lado aparece Luis Moreno, conocido durante la guerra como Mike Lima, exteniente de la Guardia Nacional y posteriormente uno de los más aguerridos e históricos comandantes de la Resistencia Nicaragüense.

    Y ambos llegan prácticamente a la misma conclusión: para julio de 1979 la guerra estaba perdida para la Guardia Nacional. La llegada de aquel barco quizá habría prolongado el conflicto, pero difícilmente habría cambiado su desenlace.

    Esa coincidencia merece ser escuchada.

    Cuando yo era niño también estaba lleno de prejuicios.

    Había crecido escuchando que la Guardia Nacional era asesina y criminal. Y debo decir algo con absoluta honestidad: parte de esa percepción tenía fundamento. La administración del presidente Jimmy Carter impuso el embargo militar precisamente por las constantes denuncias de violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen de Somoza.

    El asesinato del periodista estadounidense Bill Stewart, ejecutado por una patrulla de la Guardia Nacional frente a las cámaras de televisión, no fue propaganda. Fue un crimen que vio Nicaragua y el mundo entero. Existieron abusos. Existieron violaciones a los derechos humanos. Existió una brutalidad que sería absurdo negar.

    Años después, durante mi servicio militar en el Batallón de Lucha Irregular Miguel Ángel Ortez, el nombre de Mike Lima era presentado como el de un enemigo peligroso, alguien contra quien había que combatir sin vacilaciones.

    Si uno observa hoy los videos y entrevistas de los antiguos comandantes de la Resistencia, se aprecia con claridad la doctrina militar que utilizaban. Casi todos describen la misma táctica: recibir a las tropas sandinistas con granadas, ametralladoras y fuego concentrado, para luego retirarse antes de quedar atrapados por la enorme superioridad numérica del Ejército Popular Sandinista.

    Esa doctrina tenía sentido frente a un ejército que heredó buena parte de la doctrina soviética, donde muchas veces el objetivo militar se imponía sobre el costo humano. Lo vemos incluso hoy, décadas después, en la guerra entre Rusia y Ucrania, donde para conquistar una trinchera se sacrifican enormes cantidades de soldados.

    Esa fue también la tragedia de muchos de nuestros muchachos del Servicio Militar Patriótico.

    Los que fuimos enviados al frente lo hicimos convencidos de que servíamos a la patria. Muchos murieron creyendo sinceramente que cumplían con su deber. Sin embargo, con el paso del tiempo uno comprende que quienes tomaban las grandes decisiones muchas veces no dimensionaban el enorme costo humano de aquellas ofensivas.

    Pero los años también cambian la manera en que uno mira al enemigo.

    Hoy puedo decir, sin ningún problema, que siento respeto por Mike Lima. Estuvo en la trinchera opuesta a la mía, defendiendo las ideas que consideraba correctas. Lo mismo puedo decir de Dora María Téllez. Podemos discrepar políticamente con cualquiera de ellos, pero ambos forman parte de la historia de Nicaragua y ambos merecen reconocimiento por haber sostenido con honestidad sus convicciones.

    Mi propia experiencia me lleva a pensar que aquel barco jamás habría cambiado el resultado de la guerra.

    Lo digo porque lo viví.

    En septiembre de 1978, durante la insurrección de Las Américas Uno en Managua, hubo fuertes combates alrededor del Colegio San Francisco de Asís, hoy Instituto Miguel Bonilla. Mi padre se encontraba trabajando en Estados Unidos y mi abuelo decidió llevarnos a Matagalpa para protegernos.

    Allí me encontró la insurrección final.

    Recuerdo perfectamente cuando comenzaron los grandes combates en Matagalpa.

    La Guardia Nacional terminó prácticamente cercada.

    Primero resistió en el comando departamental, cerca del Parque Central. Después parte de sus tropas se refugió en la Catedral. Más tarde ocuparon el Hospital San Vicente y finalmente terminaron atrincherados en el cerro La Virgen.

    Quienes sobrevivían ya no combatían con posibilidades reales de ganar la guerra. Combatían intentando retrasar un desenlace que parecía inevitable.

    Por eso me cuesta escuchar hoy algunos relatos que pretenden presentar a la Guardia Nacional como un ejército invencible que únicamente fue derrotado por una supuesta traición internacional.

    No fue esa la realidad que yo vi.

    La Guardia fue completamente desbordada.

    Y quiero ser muy cuidadoso al decir esto, porque no escribo estas líneas para glorificar a los vencedores ni para ridiculizar a los vencidos.

    Escribo únicamente lo que vi.

    La fuerza que terminó derrotando al régimen no fue solamente el Frente Sandinista. Fue el pueblo de Nicaragua. Miles de estudiantes, campesinos, obreros, comerciantes y ciudadanos comunes que, prácticamente sin miedo a morir, se incorporaron a la insurrección. La magnitud de aquella movilización popular fue simplemente abrumadora. La Guardia ya no tenía capacidad material ni política para revertir lo que estaba ocurriendo.

    Por eso considero que tanto Dora María Téllez como Mike Lima llegan, desde posiciones totalmente opuestas, a una conclusión históricamente correcta.

    Aquel barco probablemente habría permitido resistir algunos días o quizá algunas semanas más.

    Pero también habría significado más muertos.

    Más destrucción.

    Más familias destrozadas.

    Nada más.

    Hoy, casi medio siglo después, creo que la historia debe escribirse sin convertir a unos en héroes perfectos ni a otros en demonios absolutos.

    Los vencedores cometieron enormes errores después del triunfo. Los vencidos también cometieron graves abusos durante la dictadura.

    La historia no necesita propaganda.

    Necesita honestidad.

    Y esa honestidad obliga a reconocer que, para julio de 1979, la guerra ya tenía un vencedor. El barco que esperaba Somoza probablemente habría prolongado la tragedia, pero difícilmente habría cambiado el desenlace.

    Esa no es una conclusión nacida de una consigna política.

    Es la reflexión de un hombre que vivió aquellos días siendo un niño de nueve años y que, cuarenta y siete años después, sigue creyendo que la verdad histórica vale mucho más que cualquier bandera o cualquier ideología.

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