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A 47 años de la caída de la dictadura militar de la familia Somoza, los ecos de aquella gran guerra civil aún reverberan en la memoria colectiva de los nicaragüenses. Historias, mitos, leyenda y propaganda reviven una y otra vez entre datos y hechos de aquella funesta fecha.
Entre los viejos combatientes sandinistas, los exoficiales de la Guardia Nacional (GN) e historiadores que reconstruyen el colapso del régimen en julio de 1979, sobrevive una hipótesis histórica que se resiste a morir: la vieja tesis de que si los barcos cargados con ayuda militar enviados por Israel hubieran logrado atracar Nicaragua, el rumbo de la guerra habría cambiado y la revolución sandinista jamás habría triunfado.
En realidad, no era un cuento: fue la última esperanza operativa del propio general Anastasio Somoza Debayle antes de abandonar el búnker de la Loma de Tiscapa en su huida definitiva la madrugada del 17 de julio de 1979.

Registros de los hechos
Veamos los hechos documentados por periódicos de la época como El País de España, The Washington Post, The New Yorker y el Diario LA PRENSA.
Para junio de 1979, la insurrección sandinista había virado hacia una ofensiva total en todo el país.
Los frentes urbanos en Managua, Masaya, Estelí, León y Matagalpa consumían el parque bélico de la Guardia Nacional a un ritmo vertiginoso.
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Según los archivos rescatados del Cuartel General del ejército somocista, y exguardias sobrevivientes a la ofensiva, para finales de junio la Guardia contaba con munición para resistir apenas un par de semanas de combate de alta intensidad.
Un año antes, el gobierno demócrata del presidente estadounidense Jimmy Carter (1977-1981), había impuesto un embargo militar a Nicaragua después de la publicación de informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre masivas violaciones de derechos humanos de la dictadura de la familia Somoza.
En septiembre de 1978, los guerrilleros del Frente Sandinista (FSLN) lanzaron la primera gran ofensiva urbana que obligó a la GN a vaciar sus bodegas de armas y municiones.
“Los oficiales en el terreno estaban consciente de ello y dieron aviso urgente al general Somoza: necesitamos más armas, más hombres, más aviones y más artillería”, dice Luis Moreno, entonces cadete y luego jefe militar de la Resistencia Nicaragüense.

El apoyo de Somoza a Israel
En ese escenario de asedio, vetado por Estados Unidos y aislado internacionalmente por presiones de los países en la Organización de Estados Americanos (OEA), Somoza decide contactar directamente a Tel Aviv para pedirle ayuda militar.
Israel lo entendió, más que como un negocio, como un gesto de gratitud: los Somoza habían apoyado política y militarmente al estado hebreo desde su origen.
El 29 de noviembre de 1947, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas sometió a votación la Resolución 181 para la partición de Palestina y la creación del Estado judío, Nicaragua votó a favor, sumando su peso al bloque latinoamericano que otorgó la mayoría necesaria al naciente Estado (33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones).
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Pero el patriarca de la dinastía, Anastasio Somoza García, fue mucho más allá del gesto diplomático.
En 1948, durante la Guerra de Independencia israelí, Somoza proveyó asistencia político-militar clandestina decisiva para la supervivencia de las milicias judías de la Haganá, la organización militar que posteriormente se transformaría en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
El dictador nicaragüense facilitó la compra y el envío de 5.000 fusiles donados por el Ejército de Estados Unidos a Nicaragua; emitió pasaportes diplomáticos y documentos de identidad falsos para los agentes secretos israelíes en Europa.
Y finalmente permitió que la infraestructura centroamericana de la United Fruit Company se utilizara como plataforma de encubrimiento y contrabando para triangular cargamentos de armas hacia el Medio Oriente.

La gratitud de Israel
Años más tarde, el joven Estado israelí retribuiría con creces ese respaldo vital, vendiendo a Managua 80 automóviles blindados T-17 Staghound, 10 tanques M4 Sherman y varias decenas de carros semioruga M2 y M3A1, una inyección de blindados que convirtió a la Guardia Nacional en el ejército más poderoso de Centroamérica.
De modo que cuando Anastasio Somoza Debayle tocó las puertas de Israel, éste devolvió el favor que le brindó el viejo Somoza.
Entre 1948 y 1977, Nicaragua le compraba el 85 por ciento de su material de guerra a Estados Unidos.
Durante los meses cruciales de 1978 hasta julio de 1979, Israel suministró el 98% del armamento que requería la dictadura nicaragüense para combatir a las guerrillas.
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La llegada de los Galil
La canalización de negocio militar estuvo a cargo del intermediario y agente de armas David Marcos Katz, representante en América Latina de aproximadamente 17 firmas de defensa israelíes, encabezadas por el gigante estatal Ta’as (Industrias Militares de Israel).
A través de las gestiones de Katz, la GN adquirió 5.000 fusiles de asalto Galil de última generación, subfusiles Uzi de 9 mm, cohetes antitanque, morteros de 80 mm, 5,000 granadas de mano, vehículos blindados ligeros, equipos médicos de campaña y hasta el avituallamiento textil de las tropas.
La dependencia nicaragüense del material israelí llegó al punto de transformar el paisaje urbano de la capital en guerra.
A comienzos de 1979, un enviado especial del diario español El País que cubría el colapso del régimen escribió en una crónica que quedó grabada en los anales periodísticos de la época:
“Las calles de Managua se parecen a las de Jerusalén (Al-Quds). El material israelí está en todas partes. Incluso las boinas son ‘Made in Israel’”.

Israel: “Cuentas de honor”
Cuando la prensa internacional y legisladores europeos cuestionaron al primer ministro israelí Menachem Begin sobre la ética de abastecer a un régimen que bombardeaba ciudades, la respuesta del líder conservador fue categórica: “Israel está pagando una antigua deuda del año de su independencia y los israelíes siempre saldamos nuestras cuentas de honor”.
A medida que el calendario avanzaba hacia julio de 1979, la situación táctica de Somoza se volvió desesperada.
Para sostener el Primer Batallón Blindado de la Guardia Nacional Presidencial (cuyas unidades llevaban el acrónimo PBB-GNP en el fuselaje) y abastecer a la infantería que luchaba calle a calle, el régimen adquirió en Israel un paquete de rescate bélico que superaba las 100 toneladas de armamento, incluyendo munición pesada y sistemas antiaéreos para defenderse de una intervención exterior que tenía campamentos en Costa Rica y que recibían armas y hombres desde Panamá.
El cargamento principal fue embarcado en el puerto de Haifa a bordo del buque mercante Liberian Star, un carguero transatlántico que navegaba bajo pabellón de conveniencia de Liberia.
Para burlar las restricciones marítimas internacionales, los manifiestos de carga se falsificaron sistemáticamente, declarando que las bodegas transportaban maquinaria agrícola y equipos industriales de irrigación con destino a puertos centroamericanos.
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Intervención de la CIA
Lo que Somoza y sus operadores en Tel Aviv ignoraban era que la inteligencia estadounidense (CIA), en estrecha coordinación con las agencias de seguridad europeas y centroamericanas, había rastreado cada eslabón de la cadena logística.
Para la administración de Jimmy Carter y el Consejo de Seguridad Nacional, la caída del régimen era inminente e irreversible.
Y permitir que llegarán más de 100 toneladas de explosivos y armas a las manos de un ejército desesperado por sobrevivir no salvaría a la dictadura, sino que prolongaría inútilmente la agonía del régimen y multiplicaría exponencialmente la destrucción y muerte de la población civil.
En los primeros días de julio, la red encubierta de reabastecimiento comenzó a desmoronarse en tres continentes de manera simultánea.
El 4 de julio de 1979, elementos de la Guardia Civil española intervinieron un carguero procedente de Haifa en el puerto de Algeciras (Cádiz).
El operativo, que utilizó un sistema de escaneo de alta resolución financiado por Estados Unidos para revisar la carga en tránsito, descubrió un cargamento clandestino de 400 armas de fuego largas y cortas, ocultas entre mercancías comerciales que tenían como destino final Managua.
Casi en paralelo, agentes de inteligencia rastrearon e inmovilizaron un buque con armamento israelita en Argentina, mientras que en Guatemala se bloqueó el zarpe de otro mercante que se alistaba para realizar un puente de cabotaje urgente hacia Corinto.

Cerco naval en el Caribe
El golpe de gracia ocurrió en aguas internacionales.
Cuando el Liberian Star se aproximaba al mar Caribe, navegando a máxima velocidad hacia el litoral atlántico nicaragüense con reservas bélicas, buques de la Marina de los Estados Unidos (US Navy) le cerraron el paso.
El capitán del Liberian Star notificó a Nicaragua que no atracaría.
Desde su búnker en Managua, Somoza reaccionó con desesperación y gestionó un permiso diplomático de emergencia con el gobierno militar de Guatemala para desviar el buque hacia un puerto guatemalteco.
Sin embargo, en ese momento se activó la diplomacia de máxima presión de Washington.
El Departamento de Estado y los emisarios de Carter advirtieron formalmente al primer ministro Menachem Begin y a su gabinete de defensa sobre las consecuencias de desafiar el embargo en el Caribe.
Ante la gravedad de la crisis internacional y comprendiendo que la suerte de Somoza estaba echada, Begin emitió una orden estricta de retorno hacia el puerto de Haifa.

Guerra perdida
La Guardia Nacional se quedó con los depósitos vacíos.
La noticia de que los barcos israelíes había dado media vuelta en alta mar rompió la moral del alto mando somocista, confesaría años después el mismo Somoza.
Durante sus meses en el exilio antes de ser asesinado en Asunción, Paraguay, en septiembre de 1980, Anastasio Somoza Debayle plasmó su versión de aquel episodio en su libro autobiográfico Nicaragua Traicionada, escrito en colaboración con el periodista estadounidense Jack Cox.
En esas páginas, el depuesto dictador no oculta su resentimiento hacia el gobierno estadounidense ni su convicción inquebrantable de que el cargamento flotante poseía la clave de su salvación política y militar.
“Mientras estábamos inmersos en estas feroces batallas, esperábamos un barco de Israel cargado de armas y municiones. Esto, por cierto, se había pagado antes de que el barco zarpara de Israel. Nuestro problema más monumental fue la adquisición de armas y municiones. El Sr. Carter había agotado casi todas las fuentes. Finalmente pudimos completar una transacción con Israel. Y, a nuestro parecer, la llegada de ese barco podría cambiar fácilmente el rumbo de la guerra”. (Nicaragua Traicionada, p. 239).
Anastasio Somoza Debayle

Somoza se lamenta
Líneas más adelante, en la misma página, el exmandatario detalla la intervención de la inteligencia estadounidense que frustró el desvío hacia territorio guatemalteco:
“Cuando el barco se acercaba a la costa atlántica de Nicaragua, recibimos la noticia de que no atracaría. Se informó que el capitán temía que algo le sucediera al barco. Tras recibir ese informe, ordenamos al barco que se dirigiera a Guatemala”.
“Habíamos obtenido permiso del gobierno de Guatemala para descargar allí el barco. Para Nicaragua, entonces ocurrió un desastre. El barco, con nuestras armas y municiones de salvamento, no continuó hacia Guatemala, sino que regresó a Israel”.
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“Sospechábamos la razón del repentino cambio en los planes de envío, y más tarde nuestras sospechas se verificaron. La inteligencia estadounidense había averiguado el destino de este barco y obtuvo información sobre la carga que transportaba”.
“Debido a la extrema presión ejercida por los Estados Unidos, Israel tomó la decisión de devolver el barco a su puerto de origen. En algún lugar de Israel existe un gran cargamento de armas y municiones que podría haber salvado a Nicaragua”, escribió.
El 19 de julio de 1979, dos días después de la fuga del dictador, las columnas del Frente Sandinista entraron triunfantes a la Plaza de la República en Managua.
En los cuarteles abandonados, los vencedores encontraron las evidencias tangibles del estrecho puente bélico con Tel Aviv: miles de fusiles Galil capturados, cajas de munición con inscripciones en hebreo y una quincena de tanquetas Staghound y carros blindados que lograron sobrevivir a los combates urbanos.

Nada salvaba a Somoza
¿Cambiaría el rumbo de la guerra aquel arribo de barcos? Dos sobrevivientes al conflicto, uno de cada bando, no lo creen.
“A esas alturas las circunstancias de la dictadura no dependían de la cantidad o calidad de su armamento. La dictadura de los Somoza, como ahora la de los Ortega Murillo, estaba en su crisis final, una crisis política, de legitimidad”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Tellez.
“La caída de la dictadura se retardó por la persistencia de los Somoza en mantenerse a sangre y fuego. Al igual que los Ortega Murillo actualmente, que se sostienen exclusivamente por el uso de la represión. Así que nada hubiera salvado a los Somoza. Su tiempo había pasado”, expresa
Y del otro lado, el excadete de la GN y luego prominente jefe rebelde de la Contra, Luis Moreno, alias Mike Lima, tampoco cree que había salvación en aquellas circunstancias.
“Si hubieran llegado, lo más probable es que hubiéramos resistido más tiempo y el baño de sangre hubiera sido peor de lo que fue, pero de nada nos hubieran servido más armas si ya nos estábamos quedando sin tropas y sin apoyo político”, dice Moreno.
De su generación de 19 oficiales, graduados en plena ofensiva guerrillera, tres murieron de inmediato, algunos fueron capturados y todos terminaron heridos y exiliados.
“A esas alturas ya la guerra estaba perdida, más armas hubieran otorgado un tiempo extra de resistencia, pero a un costo insuperable de bajas y destrucción”, dice.
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